22 de abril de 2009

Cerrojos.

Lleva ahí años y años y hasta esta mañana no me había fijado en él. Está tan viejo y oxidado que es casi imposible descorrerlo y abrir la puerta. El tiempo, la lluvia, el aire que viene de la mar, la falta de uso… Todo ha colaborado a que ese viejo cerrojo cierre esa puerta para siempre.

Hace tanto tiempo que la cerré que ya no recuerdo que hay dentro, tantos años sin ni siquiera mirarla que hasta me he olvidado de ella. Miro la puerta de madera, vieja como yo, como queriendo ver a través de ella qué se esconde dentro pero es imposible, jamás pude ver a través de los tableros de las puertas.

Me he venido al faro pensando en esa puerta, en ese cerrojo. Mañana podría engrasarlo y forzarlo, y terminar viendo que hay dentro de esa habitación, pero no lo haré. Dentro se quedarán para siempre las cosas que un día dejé cuando cerré la puerta y eché el cerrojo. Nadie entrará a ver que guardo ahí.

Me he quedado dormido unos minutos y he soñado con otro cerrojo, uno que ponía en mi corazón, para cerrarlo para siempre, para que nada nuevo entre, para que nada de lo que hoy encierra salga. Seré egoísta y me quedaré para mí sus palabras, sus caricias, sus besos. Y teniendo sus palabras, sus caricias y sus besos lo tengo todo, por eso nada ha de entrar, por eso hoy pondré un cerrojo en mi corazón y haré al suyo prisionero del mío. ¿Querrá serlo?


El viejo farero.


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