24 de abril de 2009

Desnudo.

Se ha enfadado el mar esta madrugada y, en un ataque de ira, ha estrellado cientos de olas contra los acantilados. Parecía un hombre que se ha vuelto loco y tira y rompe todo cuanto hay al alcance de sus manos. Me ha despertado el estruendo de las olas y el lamento del viento que asustado quería colarse por entre los postigos, como buscando refugio dentro de mi dormitorio. Me he acercado a la ventana y he mirado por ella, pero unas nubes negras han secuestrado a la luna y han dejado a mi faro solo, siendo la única luz en esta noche negra y fría como las mismas nubes.

Así, medio inconsciente por el sueño, no me he dado cuenta y me he dejado todas mis corazas dormidas sobre la almohada, y sentado al borde de la cama me he mirado en el espejo que cubre una de las puertas del viejo ropero y me he visto desnudo. He querido taparme, pero ya era tarde, he visto los miedos que oculto durante el día, la soledad que tantas veces me invade y me hace daño, el dolor que aun vive en mi. He visto a ese niño ingenuo que sigue confiando en todo el mundo, el que se cree casi todo. Se ha cruzado mi mirada con mi propia mirada y he visto dentro de mi las heridas que la vida me ha ido dejando y que algunas veces vuelven a sangrar sin que nadie las vea, porque una leve sonrisa pone sobre ellas un velo que las cubre.

Me he mirado y he visto mis debilidades, mis fracasos, las palabras que se quedaron dentro y que jamás dije, las que algunas veces se vuelven locas y revolotean dentro de mi cabeza, de mi corazón, queriendo salir sin saber que ya es tarde, que son semillas que nunca darán su fruto, porque el tiempo de la siembra ya pasó y no me atreví a lanzarlas a la tierra de su corazón.

Avanza la madrugada y sigue enfurecido el mar, estrellando olas y más olas contra las rocas, y yo me asomo una vez más a la ventana, esperando un amanecer que llene de luz esta habitación, triste y oscura algunas veces, llamada corazón.

El viejo farero.

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