22 de abril de 2009

El arbol.

Pensé que se había ido muriendo lentamente; un día fue el viento el que le arrancó algunas hojas, otras veces fue el frío, otras la lluvia… Al final, el árbol que hay a la entrada del camino perdió todas sus hojas y se quedó desnudo, con su alma helada, al descubierto e indefensa.

Su savia se fue parando poco a poco, helándose igual que su alma. Casi dejó de ser un árbol para convertirse en un simple montón de ramas secas abrazadas a un tronco tan seco como ellas. Y así ha pasado los días, sin hojas, sin el color verde que le da vida.

Debajo de la tierra que piso cuando me acerco a él para acariciar su tronco hay otra parte de mi árbol. Sus raíces se han empeñado en que siga vivo. Están escondidas donde nadie las ve, donde todos las ignoran, pero sin las que lo mantienen unido a la tierra y a la vida.

Hoy he creído que la mañana se había equivocado y, con las prisas, se había puesto un vestido de primavera. ¿Dónde vas, mañana, llena de luz y con tu aliento cálido, qué haces vestida de primavera en febrero? Pero la mañana no me ha respondido, me ha tendido su mano y cogido de ella he salido del faro y he ido junto a mi árbol.¡ Siiii…tiene un brote nuevo, no está muerto ¡ Y me he sentado bajo sus ramas, y he pensado en sus raíces y he visto su brote nuevo.

Se ha ido mi mente como tantas veces y se ha puesto a pensar en mi corazón, y sin darme cuenta, mirando el brote nuevo de mi árbol, una sonrisa leve y cálida como esta mañana vestida de primavera se ha pintado en mi boca.

El viejo farero.

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