22 de abril de 2009

El espantapájaros.

Lo vi venir hacia mí por el camino que viene desde el pueblo hasta el faro. Desde lejos, por su manera de andar y por la carga que traía a sus espaldas supe que Emilio venía enfadado, así que, faltando aún una treintena de metros para cruzarme con él me paré y, sonriendo, esperé a que llegase hasta mí. “No te rías, farero, que no está la mañana para risas", me dijo desde lejos. Imposible evitarlo, aquella sonrisa mía se convirtió en una risa abierta y un tanto escandalosa. - Anda, ven y siéntate aquí un ratito... y relájate, hombre.
Lo que Emilio traía a cuesta era un espantapájaros. Lo había construido hacía un par de meses para, colocándolo en su pequeño huerto, evitar que la aves se lo estropearan, pero aquel primer intento no dio el resultado que Emilio esperaba. A los pocos días lo quitó para remodelarlo: Un sombrero más grande, unas manos más grandes... una camisa más rota para que se moviera más...
Así hasta tres veces, pero se ve que las manos de Emilio no estaban hechas para crear miedo. ¿Qué le vas a hacer ahora? le pregunté... podías quitarle ese sombrero roto y ponerle un tricornio... seguro que entonces los pájaros no se acercaban... Emilio me miraba de tal manera que otra vez me era imposible no reírme. "Fuego voy a meterle... si no sirve para espantar a los pájaros va a servir para prender la lumbre". Y Emilio era capaz de hacerlo.
Regálamelo a mi, le dije... permíteme indultarlo y llevármelo al faro... “Tú, farero, cada día estás más loco. ¿Para que quieres un espantapájaros en el faro? ". No le respondí, no me hubiera entendido. Me lo dio, caminé sobre los mismos pasos que me trajeron donde Emilio y volví al faro a dejarlo.
Lo he vestido lo mejor que he podido. Sobre su cabeza tiene un sombrero de paja viejo, atado a su cuello por una cinta verde. Una camisa de cuadros, abierta al viento, deja ver su cuerpo como si de un hombre de verdad, cansado de trabajar en el campo se tratara. Un pantalón vaquero, que perdió su azul oscuro y que ahora es de un celeste casi blanco, roto por las rodillas, completa su atuendo.
Lo he puesto a los pies del faro, al resguardo de éste, a mitad de camino entre las rocas donde rompen las olas y la playa donde acuden las gaviotas a mirar el mar. Un pequeño invento me ha servido para que gire cuando el viento lo azota, para que no lo derribe, y, así, con sus brazos extendidos, es más una veleta que lo que en realidad es.
Salgo al balcón y lo miro, sé que es el viento quien lo hace, pero a mi me gusta imaginar que es él, que le paso lo que a mi... que unas veces le gusta mirar el mar, otras los acantilados, otras a las gaviotas que andan por la pequeña playa... Esta tarde, casi con el sol puesto, lo ha visitado la primera de ellas. Es una gaviota pequeña, joven... curiosa y confiada. Se ha posado en su brazo izquierdo. Las demás se van acercando cada día un poco más, pero ella lo ha tocado. La pequeña playa se me hace ahora un barco marineros con aires de gaviotas, y ella, sobre el palo mayor, un vigía que mira al horizonte en busca de tierra, de un puerto donde refugiarse.
Emilio no lo sabe, pero su muñeco de paja y trapos viejos hace su trabajo a la perfección, Emilio lo construyó bien, muy bien... Emilio tampoco sabe que no hizo un espantapájaros...


El viejo farero.

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