23 de abril de 2009

El faro de cabo Alcrisgod.

Tal vez sea esta vida mía de farero lo que me ha ido haciendo cada vez más solitario ó, tal vez, mi necesidad de buscar la soledad me haya llevado a ser un viejo farero. Tal vez el vivir en mi propio faro ha hecho que olvide que existen otros faros.

Algunas veces mi alma, de la misma manera que yo salgo del faro y bajo al puerto a buscar la luz de los ojos de María, abandona mi cuerpo y se va buscando otras luces. Busca amaneceres, puestas de sol, estrellas, lámparas que iluminan un dormitorio que no es el mío... Se fugó mi alma y voló lejos de mí, quiso dejar mi cuerpo y mi faro, y, al tiempo, volvió llena de otra luz.

Me contó que existe un faro diferente al mío, un faro que no irradia luz, que su linterna tiene forma de corazón y que de ella sale afecto, ternura, detalles, compañerismo, amistad, solidaridad... Pensé que mi alma se estaba contagiando de la locura de mi corazón, no puede haber un faro que sea así.

Se puso mi alma a dibujar un mapa, a pintar una isla, un cabo que se adentra en el mar como una flecha y, en el extremo donde las olas lo besan, un faro. Incrédulo he buscado a un buen amigo marinero y le he enseñado el mapa y le he pedido que me lleve. Tiene razón mi alma, existe ese faro, no da luz, no guía a barcos, no tiene lentes ni espejos en su linterna, tampoco los necesita. Es el faro de cabo Alcrisgod, el mejor faro que jamás existiera, el único que irradia afecto, ternura, detalles, compañerismo, amistad, solidaridad... El único faro que, una vez, me hizo dejar mi soledad y acudir a su llamada.

El viejo farero.

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