23 de abril de 2009

El sueño de Ramses.

Esta noche mi cama ha estado más fría y más vacía que nunca. Esta madrugada no se ha venido sobre mi pecho, buscando caricias, regalándome su calor. Algunas veces se sentía tan solo como me siento yo ahora, y entonces dejaba la pequeña manta donde dormía y se venía a mi lado. Otras madrugadas era mi soledad la que lo despertaba, y entonces acudía en mi ayuda, y acercaba su nariz a la mía, y dejaba escapar un pequeño maullido y mis dedos se perdían entre su pelo.

Ayer, cuando Oscar, un veterinario que llegó hace tiempo al pueblo huyendo de una vida anterior, lo vio, me dijo que Ramses, mi gato, estaba muy mal, que no podía hacer nada por él. -Esta raza es delicada, lo más cariñoso del mundo, lo más bueno, pero inmensamente débil.

Si existe, he debido hacerle mucho mal al dios del que habla el cura, porque me roba a todo ser que amo, porque me quita todo aquello que me hace feliz. Ayer quiso dar un paso más y quitarme a Ramses, el gato más dulce, más cariñoso que jamás he visto. Oscar tuvo que dormirlo, para siempre, para que no sufriese más.

Esta noche Ramses no ha venido a la cama, ni me ha despertado con su peso sobre mi pecho, ni con su ronroneo, ayer se durmió, poco a poco, mirándome como lo hacía cuando tenía sueño y yo lo acariciaba, diciéndome adiós a medida que sus ojos se cerraban y él luchaba por mantenerlos abiertos y seguir cruzando nuestras miradas tristes.

Seguramente, si existe el dios del que ese cura tanto habla, lo tendrá en su regazo, acariciando su cuello, su cabeza, oyendo sus maullidos de gatito bueno y cariñoso… No tiene sentido quitármelo, quitarle la vida, si él no va a disfrutar de su compañía.

El viejo farero.

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