22 de abril de 2009

Espejos.

Hoy, el tiempo, el mal tiempo, ha querido darnos un respiro a todos y, por unas horas, ha dejado de diluviar. Está el camino lleno de charcos, algunos incluso lo invaden por completo y lo ocultan bajo una capa de agua embarrada, y el sendero es una serpiente que entra y sale, que se esconde y aparece, y se vuelve a esconder. Son charcos que sueñan con ser lagos, mares, y se han quedado esperando que las nubes los amamanten y los hagan más grandes, se han quedado esperando, mirando al cielo, como si fuesen pajarillos que esperan en su nido a una madre gris, oscura, con forma de nube, que les traiga más comida para hacerse más y más grandes.

Son ya tres días sin bajar al pueblo, tres días sin verla a ella. Hay veces que tres días son un suspiro, otras, esos mismos tres días, son una eternidad. Pero ni la eternidad es eterna, y se termina, como todo en la vida, y este tiempo de espera, este tiempo sin ella, se ha terminado también. He llegado a la cantina y María estaba detrás del mostrador, sola, ordenando unos vasos en la estantería, de espaldas a la puerta. Cuando la ha escuchado abrirse ha mirado por el espejo que hace de fondo a las repisas donde están los vasos, y las copas, y algunas botellas… Se ha quedado parada, con el vaso que tenía en las manos suspendido en el aire, sin llegar a dejarlo en la balda. Yo me he quedado también quieto, con una mano sujetando el tirador de la puerta, con mis ojos yendo de su cuerpo al espejo donde veía sus ojos, del espejo a su cuerpo. Como si ambos obedeciéramos a una misma voz ella ha dejado el vaso y yo he cerrado la puerta, se ha vuelto despacio, mirando al suelo. He seguido su mirada hasta que ha llegado a mis ojos. Me he acercado a ella, igual de lento que ella se acababa de dar la vuelta. He perdido la noción del tiempo, no sé si han sido unos segundos o ha sido una vida entera lo que ha pasado desde que no la veía. He sentido sus manos en las mías y las he recordado tan cercanas que he sabido que han sido segundos. He sentido sus labios temblorosos en los míos, los había echado tanto de menos que he sabido que han sido siglos sin ella.

-¿Un café? –
-¿Cierras y damos un paseo? –
-¿Tomamos un café y cerramos, y damos un paseo?- -¿Tomamos un café, y cerramos…? -

De regreso al faro veo las nubes blancas que se dibujan en los charcos. Miro al cielo y se me hacen gaviotas que vienen a dar de beber a estos hijos que están dormidos en el suelo, esperando crecer con el agua que ellas han de traerles. Llegando, uno de ellos me regalo un faro, quiere jugar a ser espejo, como el de la cantina de María, y me regala un faro que está al revés. ¿Cuántas cosas hay en el mundo que son como este faro nuevo, que están al revés? Y me paro ante él, y le hago otra pregunta: ¿Por qué no haces magia, charco, y juegas a ser un espejo mágico, y me pintas en tu superficie la cara de María? Pero el charco no me responde, ni me pinta su cara, y yo abro la puerta, entro, y termino mi camino, sentado, delante de su fotografía.
El viejo farero.

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