23 de abril de 2009

Humo.

En cuanto me rodeó y me dejó olerlo y llenarme de él, el humo que salía de aquella hoguera me llevó de nuevo a mi niñez. Estaba Enrique quemando hierbas y algunas ramas que había podado unos días antes y que poco a poco había ido amontonando. Anoche una fina lluvia lo mojó todo, y esta mañana, el humo, volaba lento y pesado, denso y blanco, con vagueza, paralelo al suelo, sin ganas aparentes de alejarse de la tierra. Si una leve corriente de aire lo alejaba hacia las nubes, el humo parecía sentir melancolía y volvía a bajar y a hacer un vuelo raso, como el de las golondrinas, pero inmensamente lento.

Me metí en él y volví a ser el niño que cogía a escondidas una caja de cerillas en casa para hacer fuego. Teníamos los chavales normas para casi todo, una especie de ley no escrita que era respetada por todos sin la menor objeción. En el tema de las candelas para arrimarse a ella y calentarse había que traer leña, ramas, palos... había que contribuir.

Daba igual la época del año, pero la mejor era el invierno, era cuando más apetecía arrimarse, acercar las manos con las palmas hacia el fuego, frotarlas... A mi me gustaba poner un palo a modo de mástil, y ver como las llamas iban avanzando por él, como si a la cucaña jugasen.

Se ha hecho más denso el humo, y he dejado olvidadas aquellas candelas y se me ha venido a la mente el amor, y es que este humo blanco, denso, para mí, viene a ser como este sentimiento. Me ha rodeado poco a poco, ha hecho que vea las cosas de otra manera, todo inundado de él, me ha cegado por un momento, ha hecho que de mis ojos se escape alguna lágrima, he disfrutado con él, se ha pegado a mi piel, a mis ropas... Ahora que ya no está conmigo cierro los ojos y lo huelo, lo tengo dentro de mí, me ha invadido... Mañana, antes de lavar la ropa, seguramente la acercaré a mi cara y la oleré, igual que hice mil veces con mis manos cuando ella las acarició.

El viejo farero.

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