23 de abril de 2009

La llave del faro.

Tiene más de 100 años y, desde que mi amigo Quique la reparó, va como la seda. - Esta no hay quien la abra farero, es mejor que una de esas nuevas de seguridad.
Quique es un hombre que arregla cualquier cosa, y cuando una tarde charlando en el puerto se enteró de que la puerta del faro tenía la cerradura estropeada me prometío arreglar una que tenía en su casa y regalármela.

La cerradura tiene una llave grande, vieja, negra. Hay quien dice que puesta bajo la almohada quita los dolores de cabeza, otros, al verla, aseguran, igual que Quique, que el faro estará bien seguro, pero yo no la pongo bajo mi almohada, ni la echo cuando dejo el faro solo. ¿Quien va a venir aqui a robarme nada? Y si alguien entrase, ¿Que iba a llevarse? Lo único que merece la pena es esa colección de faros que quienes me quieren me han ido regalando y que, algunas noches, iluminan mi dormitorio, pero ¿Quien iba a querer una colección de faros? Todo lo demás valioso no pueden robarlo, ¿Cómo iban a llevarse sus recuerdos, el olor a ella que se quedó impregnado en estas paredes y en estas sábanas? ¿Acaso alguien podría robarme el eco de su risa, de sus "te quiero"?

Bajo al pueblo y dejo la puerta del faro encajada, sin llave, dentro solo quedan mis faros, todo lo demás que me es valioso lo llevo conmigo, el recuerdo de su cara, el sabor de sus labios... Y la llave se queda colgada, sin que Quique lo sepa, de un clavo en una pared. Lo que podían robarme ya me lo robaron, y yo bajo cada tarde al café de María, a ver los ojos que me cautivaron mientras su corazón me robaba el mío.

El viejo farero.

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