22 de abril de 2009

La luz de mi faro.

Algunas veces, en anocheceres como este, yo envidio a mi faro y a su luz. Algunas veces, al atardecer, me subo a lo más alto, y me asomo al balcón, y pretendo ver las mismas cosas que él ve, y quiero que todos me vean a mi igual que ven su silueta.

Algunas noches me asomo a la ventana que está a mitad de camino entre el suelo y la estrella que es su linterna, y miro la luz que sale de ella, y quisiera llegar donde llega esa luz, y tocar las cosas que ella toca, y que me vean igual que la ven a ella, pero yo no soy el faro, ni me ven, ni veo las cosas que él ve, ni llego cada noche donde llega su luz.

Yo, muchas veces, envidio a mi faro, porque tu mirada llega hasta él cada noche, porque te asomas a tu ventana y lo ves, y yo quisiera sentir igual que él la caricia de tu mirada en mi piel cada noche. Yo envidio a su luz, porque se escapa, y vuela, y llega a tu habitación, y rodea tu cuerpo, y lo cubre y lo baña de besos. Lo abandona un instante y regresa en un ciclo lleno de llegadas y despedidas, y cada reencuentro es una pasión desatada, vivida en cada segundo, porque la cita es inmensamente breve, y cada despedida es el comienzo de un breve camino que la lleva otra vez hasta ti.

Ojalá yo fuese esa luz, ojalá fuese al menos la sombra que proyecta, para quedarme un segundo en la habitación contigo, para fundirme a ti cuando la luz se va, para estar pegado a tu espalda cuando miras el faro, para estar unido a tu pecho cuando das la vuelta y regresas a tu cama. Yo, esta noche, envidio más que nunca a la luz de mi faro.

El viejo farero.

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