23 de abril de 2009

La maestra.

Tiene 60 años, pero la llaman señorita. No representa esta palabra un estado civil, pues está casada desde hace mucho, desde que era una jovencita de cuerpo delgado y ojos vivarachos; es más bien un nombre, un título lleno de respeto y cariño.

Siempre le gustaron los críos, pero la vida le negó la alegría de ser madre, lo intentaron de mil maneras, pero nunca hubo un corazoncito que latiese dentro de su vientre.

Los chiquillos, cuando se cruzan con ella por la calle, la saludan alegremente como si hiciera mucho tiempo que no la ven, los padres también la saludan, los pequeños la llaman seño, para los mayores es la maestra.

Una mala enfermedad la ha jubilado antes de tiempo y la ha querido alejar de la que ha sido su vida durante tantos años, y por eso, porque necesita seguir viviendo, entra al pequeño y viejo colegio algunas tardes, cuando no hay nadie, y se impregna de los olores a lápices, a gomas de borrar... Pasa sus manos sobre las mesas de los que hasta hace poco fueron sus niños, porque para ella no eran sus alumnos, eran sus niños, y le parece verlos, leyendo, dibujando, charlando y jugando a escondidas creyendo que ella no los veía... Cierra los ojos y aspira y se llena de aire, como queriéndose llevar la esencia de aquella clase.

Ha sido la maestra del pueblo, la maestra de todos los pocos niños que hoy corren por las calles y juegan entre las barcas y las redes, la maestra de sus padres y la de sus madres.

Ha venido a sustituirla un hombre joven que se hace llamar D. Pedro. A los niños les cuesta y muchas veces le dicen maestro, pero corrigen, él es D. Pedro, el profesor. Ella, en cambio, siempre fue la maestra.

Ahora, jubilada, mira desde detrás de sus cristales su colegio, ve a sus niños entrar cada mañana, los oye en el revuelo del recreo. Ve a los padres de sus niños, también ellos fueron sus niños. Ellos, al verla por la calle, le sonríen y la saludan con su eterno nombre de maestra.

El viejo farero.

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