22 de abril de 2009

Las puertas del Cielo.

Hay puertas que no están enmarcadas entre 3 listones de madera y un suelo, puertas que no tienen bisagras ni cerraduras, que no abrimos ni cerramos a voluntad, puertas que dan a donde no dan las demás puertas del mundo.

Cerca de mi faro tengo una de esas puertas. Al cielo, yo, entro cada mañana bajando por el camino que va desde la entrada del faro hasta la playa; ese camino que parece, visto desde lo alto, una serpiente que abandonó el mar y quiso irse a la montaña, que se quedó dormida entre acantilados para seguir oyendo la música de las olas. Al cielo se entra por la playa, y al cielo se entra mirando unos ojos que te miran, acariciando unas manos que juegan nerviosas con las tuyas, acariciando una cara, besando unos labios... Las puertas del cielo las abre un "te quiero" que te dicen al oido, un corazón que palpita nervioso y agitado oculto en un pecho que vibra desnudo bajo nuestro pecho desnudo.

Se entra al cielo a través de una puerta que abre la serenidad, la comprensión, a través de la puerta de saber que no se hace daño intencionadamente a nadie.

Al cielo se entra por una sala de espera de un aeropuerto, por una estación de trenes en cuyo andén te espera el ser amado. Las puertas del cielo las abre una canción, un café compartido de madrugada, un paseo cogidos de la mano viendo un río, un beso robado a la noche entre callejuelas. Las abre cada prenda que cae al suelo y te acerca un poco más a lo más íntimo de quien amas, el roce con su piel, su voz, sus besos, sus caricias...


El viejo farero.

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