22 de abril de 2009

Llora el violín.

Llegó hace unos meses en un pequeño barco extranjero y dicen que bajó de él con una mochila en la espalda y un violín en las manos. Alquiló una casa cerca del puerto; es joven, al menos a mi se me hace joven, tiene el pelo corto y rubio como el trigo de Castilla, los ojos azules como el cielo de Andalucía y una mirada triste y melancólica, como el otoño de cualquier sitio. Es delgada, menuda, con aires de niña, pero no tiene la alegría de una niña.

Una tarde lluviosa pasé junto a su casa, me gusta pasear los días grises de otoño cuando las nubes lloran, me gusta oler la tierra mojada, ver las gotas de lluvia romper la imagen de las farolas que se refleja en los charcos, sentirlas leve en mi cara. Se hacía de noche y el día llegaba a su fin, y de su ventana salía una cálida luz que se estiraba, pintando un camino de color y calor de una acera a otra. Tan leve como la lluvia, a través de los cristales, junto con la luz, se escapaba el sonido de un violín. Me paré para oir aquella música que no sabía si era íntima o triste. Miré por los cristales y la vi, sentada en una mecedora, de espaldas a la ventana, mirando los troncos que se consumían en la chimenea.

Un amanecer la vi asomada al borde de los acantilados. Me asusté, salí del faro y fui donde ella. Sería mi paso, acelerado y nervioso, pero ella me miró y sonrió. - No se preocupe, no saltaré... solo miro el mar. - Hacía frío, la invité a cafe y charlamos, un poco de todo, un poco de nada.
-Hace unos días te oi tocar el violín, lo haces muy bien, suena muy bien - Ella me miró, después acarició el borde de la taza, - Mi violín, farero, no suena, llora. - No dijimos nada más, tomó mis viejas manos entre las suyas, las apretó y se marchó.

Hoy he vuelto a su calle, a oir su violín. Mi corazón ha vibrado con sus notas igual que lo hacen sus cuerdas. Su música, melancólica, acompaña la tristeza de la tarde, y se espaca en un vuelo lento y raso, como el humo de las chimeneas.

Esta tarde la he visto sentada junto a la ventana, acariciando las cuerdas de su violín, llenando la calle de ternura y de intimidad. Ha levantado su mirada de otoño que andaba perdida y ha mirado mis ojos, solo han sido unos segundos, pero ella ha visto mi soledad y la tristeza que me invade en tardes como esta. Yo he visto la suya, su soledad, su melancolía... Tambien he visto lágrimas brotando de sus ojos. Una ha corrido por su mejilla y ha buscado su violín. Se ha deslizado por su cuerpo, al compás de sus lamentos, temblando, y se ha perdido entre los pliegues de su falda. Ella se ha vuelto hacia la chimenea, para que no viera sus lágrimas, pero hoy la he entendido, lo he visto, hoy he visto llorar al violín.


El viejo farero.

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