23 de abril de 2009

Lo real y lo ficticio.

Dicen que la huella que dejan las personas en nuestra vida no depende tanto del tiempo que estuvieron en ella como del momento en que lo hicieron y la intensidad con la que las sentimos. Que no son las palabras sino el roce, el contacto, el compartir los momentos, unas veces los buenos y casi siempre los malos, ese café que se deja sin acabar para, a escondidas, comerse a besos.

Dicen que la vida real está en la gente que nos susurra un te quiero al oido, que lo demás, lo que sólo se vive en la distancia, lo que sólo tiene como lazo de unión una pantalla, un teclado, un teléfono móvil, es ficticio, que quien te besa, quien cena y a la mañana siguiente desayuna contigo es quien forma parte de tu vida real.

Tal vez por eso este viejo farero es ficticio, irreal, algo que no existe, que jamás ha existido, que no es verdad, como tantas cosas que nunca lo fueron. Y tú, que necesitas esa realidad de carne y hueso borras palabras de tus oidos y de tus ojos y dejas que tu piel se llene de caricias nuevas.
Dicen que eso es lo único que en verdad existe, que lo demás no tiene valor.

El viejo farero.

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