23 de abril de 2009

Los celos de María.

Me había parado en la plaza a saludar a una amiga y charlar un ratillo con ella cuando Pasó María. Venía de la tienda de Encarna, de comprar cuatro cosas para la casa. Sabía lo que pasaría, pero esperé a ver su cara, sería, alterada, enfadada. Para mi, María está guapa siempre.

María es celosa, un poco celosa, y se enfada cuando me ve charlando con otra mujer. Hoy casi no me saludó, le dije de ayudarle a llevar las bolsas pero tampoco quiso, y me quedé unos minutos charlando con mi amiga, mirando de vez en cuando, a escondidas, la calle por la que María se alejaba.

Camino del bar me la imaginaba poniendo las cosas de mala manera, nerviosa, me sonreía al imaginarla celosa de cualquier mujer, de todas las mujeres. Sabe que solo son conocidas, vecinas del pueblo, amigas, sabe que a ninguna la miro a los ojos como la miro a ella, que ninguna me pone los vellos de punta si roza mis manos como me pasa si lo hace ella, pero es así, un poco celosa, y no puede evitarlo.

Entro al bar y la veo detrás del mostrador, con un trapo en las manos limpiando algo que ha derramado. -¿Te ayudo? – No, no hace falta… me apaño sola… - Y María sigue limpiando la madera del mostrador, y más que dejarlo tira el paño, y me mira a los ojos de pasada, y me pregunta que si ya he terminado de charlar con mi amiga.

Está guapa así, con ese brillo en los ojos, con esa cara seria, con esos labios apretados. – No hacía falta que dejases la charla para venir aquí…- Y yo tomo sus manos, y le digo una vez más que no es la charla, sino la vida, y el mar, y el faro… lo que dejaría por venir donde ella. Y María dibuja en su boca un intento de sonrisa, y cojo una servilleta de papel y le escribo que la quiero, que la amo, que hay muchas mujeres en el pueblo, pero que yo solo veo a una, y solo sueño con una, y solo amo a una.

Sonríe María y salimos y nos sentamos en la puerta, y pasa Luisa, una amiga de los dos, y nos saluda, y pellizca mi cara en señal de cariño, y María me mira, y va a decir algo, pero sello sus labios con los míos, y al retirarlos se me escapan dos palabras…


El viejo farero.

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