22 de abril de 2009

Manos de harina.

Pensaba ir a la fuente en la que la roca vive el parto continuo de un arroyo que antes de llegar al valle se habrá hecho mayor y será ya río, pero la tormenta también quiso visitar la montaña, la roca, y la fuente. Se le adelantó, y cuando ella retiraba el tazón del desayuno una cortina de agua rodeaba la vieja cabaña y ocultaba poco a poco el sendero que llevaba al manantial.

Hoy no se sentaría bajo los robles a oír el viento en sus ramas, ni tiraría piedrecitas al agua, ni botaría un barco con forma de rama para verlo como se alejaba arroyo abajo.

Por un momento se entristeció, casi se enojó con el mal tiempo que desde hacía una semana se echaba encima de repente. Un relámpago, otro trueno, otro diluvio entre ella y la montaña, el sendero embarrado… Se acercó a la ventana y con su vaho empañó el vidrio, dibujó un corazón y puso dos iniciales, el mismo corazón y las mismas iniciales que tantas veces había dibujado cuando lo echaba de menos.

Apoyó su frente sobre el frío cristal y comenzó a recordarlo, a necesitar sus besos, sus caricias, sus susurros, su respiración entrecortada cuando le hacía el amor. Cerró los ojos y quiso sentir su abrazo, el calor de su cuerpo. El frío del cristal invadió su cuerpo y Adela cruzó sus brazos sobre su pecho queriéndose dar calor a sí misma.

Tenía que salir de aquella necesidad permanente que tenía de su presencia, encendió la chimenea y decidió emplear el tiempo en algo que la distrajese. Rosquillas, haría rosquillas, la tarde sería fría y vendrían bien para tomarlas con chocolate frente al fuego.

Mezcló la harina, el azúcar, el aceite, los huevos... añadió la raspadura de limón, apareció de nuevo el recuerdo de un beso, de otra caricia. La chimenea había calentado la pequeña cabaña, se puso cómoda y solamente un pantalón vaquero y una camisa de Pedro cubrían su cuerpo. Espolvoreó la harina sobre la mesa y recordó aquella tarde junto a la fuente cuando ella estaba tendida en la hierba y él creó una lluvia de pétalos sobre su cuerpo. Llenó sus manos de harina y comenzó a dar forma a la masa.

Sintió la respiración de su hombre junto a su cuello, sintió su boca sobre su nuca sintió sus labios y su lengua recorriendo su oreja. Ella seguía con sus manos blancas de harina, dando forma a la masa, él seguía pegado a ella, diciéndole que la amaba, abriendo botón a botón su camisa… Ella volvió a sentir escalofríos, siguió con sus manos llenas de harina, siguió sintiendo las de él recorrer su espalda, sus costados, buscando cada una un pecho. Sintió unas manos bajo la camisa, unos dedos que jugaban con sus pechos, que acariciaban unos pezones cada vez más tersos. Se agitó su respiración, apretó sus ojos y sus piernas, sintió una explosión de placer dentro de ella… Un segundo, cinco, un minuto, una vida… no supo cuanto tiempo estuvo con los ojos cerrados, pero cuando los abrió seguía estando sola, con sus manos blancas, con su camisa abierta, con sus pechos impregnados de harina…

El viejo farero.

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