23 de abril de 2009

Margarita negra.

Desde el faro lo he visto andar despacio por la playa, cogiendo de vez en cuando algo de la arena y tirándolo al mar. Es la primera vez que mi pequeño amigo se acerca al faro sin su bicicleta, la primera vez que lo veo andar despacio, sin esa vitalidad que se le escapa por los ojos, por las manos, por cada poro.

He bajado y le he encontrado sentado en la playa, mirando el mar. Me ha parecido una persona mayor más que un crío, y me he acercado a él de manera que me viese desde lejos; lo veo tan metido en sus pensamientos que seguramente se hubiese asustado al verme de repente a su lado.

Hoy Miguelito me ha saludado con una sonrisa más triste que alegre. Me apoyo en su rodilla para sentarme junto a él y mi pequeño amigo toma mi brazo par ayudarme. – Ya estoy viejo, Miguelito… Un día de estos necesitaré un ayudante que suba al faro a comprobar que todo está bien.

Se iluminan por un segundo sus ojos, pero es solo eso, un segundo, igual que la luz de mi faro para los barcos, y después desaparece de nuevo. ¿Dónde estará la alegría que hace apenas unos días le rebozaba por todas partes? Y sin saber que hacer le pregunto por su bicicleta, y el niño que quiere ser farero me cuenta que la ha dejado en casa, y me empieza a hablar de una niña del pueblo, un poco mayor que él, que ya va al instituto de un pueblo más grande que el nuestro, y me cuenta que le gusta, y que creía que él le gustaba a ella, pero ayer, sin quererlo casi, vio en su cuaderno un corazón pintado en rojo, y una flecha que lo atravesaba, y dos letras, una era la inicial del nombre de la niña, la otra no era la M de Miguelito. Y mi amigo niño pasó una hoja, y leyó un pequeño poema que la niña había escrito a alguien cuyo nombre coincidía con aquella tortuosa letra del corazón.

Me va contando cosillas y tirando conchas y piedrecillas al mar, como si estuviese deshojando una margarita, una margarita negra en cuyos pétalos solamente escribieron la palabra no.

Pienso por un momento que va a llorar, pero mi amigo se hace el hombre y lo oculta, y mientras se limpia los ojos me dice que le ha entrado arena. –Si Miguelito, a mi me pasa eso mismo de vez en cuando… me entra arena en los ojos. – Me mira, los dos sabemos de que estamos hablando, y Miguelito, que es ya un hombre se levanta, me ofrece su mano para ayudarme y me hace una pregunta: Farero… ¿Tienes zumo en el faro?

El viejo farero.

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