24 de abril de 2009

Marinero en tierra.

Cada día me es más fácil ver a algunos de mis amigos marineros paseando por el puerto, sentados en un banco en la plaza, delante del ayuntamiento o en el bar de María, jugando a las cartas o al dominó. Verlos, saludarlos, charlar con ellos es una alegría, pero la causa por la que pasean, juegan o simplemente dejan pasar las horas muertas me entristece.

Esta mañana, en el bar, habían más amigos marineros de lo que es normal, de lo que hasta hace un tiempo era normal. Antes, a ciertas horas, el café de María estaba casi solo, alguno de los carpinteros del puerto, un concejal que no tenía otra cosa que hacer…

Los hombres están en el puerto, pero los barcos, los pocos que van quedando, están todos en la mar. No son barcos fantasmas que naveguen solos, empiezan a ser barcos con un patrón español y tres marineros extranjeros.

Si hubiese una cara que representase a los marineros de este pueblo sería la cara de Anselmo. El sol, la sal y el viento la han ido marcando día tras día, año tras año. Sus manos agrietadas y quemadas parecen rudas, pero cuando acaricia a sus nietos son de seda. No quiso que su hijo fuese marinero y trabajó lo indecible para darle unos estudios y una profesión mejor y menos sacrificada. Ahora Anselmo ve desde el puerto como el barco en el que trabajaba se hace a la mar con dos marineros senegaleses y uno de Mozambique.

Discuten sobre quien tiene la culpa de todo esto, uno dice que el gobierno, que permite que estos extranjeros trabajen sin papeles por un sueldo mísero, otro que los países ricos que han hundido a los países cada día más pobres de África, otros que los empresarios, que se están volviendo negreros y aprovechando del hambre y la indefensión de estos hombres para ganar dinero, otro que los extranjeros que se ofrecen a trabajar por cuatro perras gordas, sin dignidad, aceptando jornadas interminables, mandando al paro a los que exigen sus derechos, ellos son los que dan pié a los jefes, si pidieran lo suyo no jugarían con ventaja.

-¿Qué más da de quien sea la culpa? –dice Anselmo – Este gobierno tiene que dar una solución a esto antes que la gente pierda los papeles y se tome la justicia por su mano. Yo no tengo nada en contra de esos hombres negros porque sean negros, lo tengo porque no tiene vergüenza, porque van a lo suyo y punto. Si dices algo te llaman racista, y mientras tanto cada vez más paro en España, más españoles parados, y más extranjeros trabajando.

Alguien le dice a Anselmo que este país nuestro mandó miles de de trabajadores a Europa, que es lo mismo, pero al revés, pero Anselmo dice que no tiene nada que ver, que aquellos españoles llevaban su contrato de trabajo, que iban a trabajar a países donde hacía falta mano de obra. Me acerco al mostrador para estar más cerca de María, y ella los mira con esa mirada triste que algunas veces se escapa de sus ojos.

-Yo no sé quien tiene la culpa de todo esto farero, pero si se quien está pagando las consecuencias. Y María, desde detrás del mostrador, vuelve a mirar a mis amigos marineros, los hombres que están en el bar, en paro, mientras los barcos faenan con hombres de otras tierras abordo.

El viejo farero.


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