23 de abril de 2009

No es el final.


Hace tiempo, Maite, una buena amiga, decidió dedicarse en sus ratos libres a hacer piezas de cerámica. En una habitación que hasta entonces hacía de trastero puso su tallercito, un torno, unas estanterías, una silla, una mesa, y en un rincón del patio un pequeño horno, y comenzó a darle forma y color a platos, tazas, jarrones…

-Ojalá el destino pudiese modelarse a nuestro antojo como se modela el barro entre las manos farero, darle a nuestra vida la forma que deseásemos- Pero Maite sabe que la vida no es un trozo de barro, que, en todo caso, ella, la vida, y nuestras vivencias son las alfareras y nosotros las piezas a las que van dando forma.

Al principio regalaba sus trabajos a los amigos, pero un buen día alguien la animó a montar un puestecillo en la plaza los fines de semana, cuando viene la gente de la ciudad. Algunos turistas creen llevarse un tesoro cuando compran alguna pieza, porque está hecha a mano, porque no tiene la perfección de las que pare una máquina, porque en el barro se han quedado para siempre las huellas de las manos de Maite. No saben que no son sus huellas las que hacen de cada plato un tesoro, es el cariño con el que le da forma, las caricias con las que transforma un trozo de barro en una pieza de cerámica.

Este verano mi amiga Maite me regaló un faro hecho por ella. Al pié hay una frase que, según mi amiga, escuchó en una película, le gustó y la hizo suya. Muchas veces cuando paso junto al faro me paro y la leo, la sé de memoria, pero me gusta volver a leerla: Al final todo termina bien, si no es así, no es el final.

Mi amiga Maite se equivoca, igual que los turistas, ella cree que me ha regalado un faro con una frase bonita debajo, pero es mucho más que eso. Me ha regalado una ventana abierta a la ilusión, a la esperanza de que todo puede tener una segunda oportunidad. La vida me ha enseñado que no siempre es así, pero mi corazón es terco, un eterno alumno que nuca termina de aprender, y cuando leo la frase sonríe y me dice: ¿Ves? No es el final.

Casi se me ha echado encima la noche de regreso al faro. En el pueblo se han quedado mis amigos marineros, el puerto, los barcos, María… Abro la puerta y, por unos segundos, me imagino a esta mujer a la que amo saliendo a mi encuentro, abrazándome, dándome un beso de bienvenida a casa, de reencuentro… pero María no está, solamente la soledad del faro me espera. Y mis ojos vuelven a leer la frase que mi amiga Maite me regalo: Al final todo termina bien, si no es así, no es el final. Y mi corazón, sonriendo, me repite una vez más: ¿Ves? No es el final.

El viejo farero.


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