22 de abril de 2009

Perséidas, lágrimas y estrellas fugaces.

Se acercó Ramón con su hijo a la mesa donde, hasta entonces, estábamos tranquilamente tomando el fresquito del anochecer. Me gusta charlar con los chavales, ver su manera de entender las cosas, su modo de mirar el mundo. Ni ellos cambiarán la mía ni yo intentaré jamás hacerlo con la de ellos, simplemente me atrae ver otros puntos de vista. El hijo de Ramón, que también se llama Ramón, estudia en la ciudad. Algunas veces parece que cuando marchó a la universidad salió de este mundo y se fue a vivir a otro que está por encima del nuestro, y que nos mira desde arriba, no sé si con desdén o con cierta lástima por lo que él llama nuestra incultura. Hay quienes dicen que el niño se ha vuelto un pijo insoportable, pero solo tienen razón a medias: No creo que sea un pijo. Mi amigo Antonio dijo que pronto llegarán las lágrimas de San Lorenzo, María sonrió – Para mi son estrellas fugaces Antonio – Pero al marinero, desde niño, le habían dicho que eran las lágrimas de San Lorenzo. – Son las lágrimas María, eso no son estrellas, es San Lorenzo que llora - Lo dice tan serio, tan convencido de que es cierto que nadie quiere llevarle la contraria, nadie excepto el hijo de Ramón. -Verá usted, señor Antonio, es absurdo creer que un santo llore. No son lágrimas de nadie, ni estrellas fugaces, son simplemente partículas de polvo que los cometas van dejando tras de sí. Cuando la tierra atraviesa una de esas órbitas algunas partículas entran en la atmósfera y es cuando dejan ese trazo brillante en el cielo. Técnicamente se llaman meteoritos, y se les llama Perseidas porque las vemos en una zona del cielo donde está la constelación de Perseo.- Miro al muchacho que viene de un mundo superior, y a su padre, que tiene una sonrisa de orgullo tan grande como la estupidez de su hijo, y a Antonio, que no sabe que decir, y a María, que me mira y se muerde por unos segundos la lengua. Solo unos segundos. – Antonio, el chaval sabe que tus lágrimas de San Lorenzo no son más que polvo que dejó atrás un cometa, yo sé que eso de lo que él habla son estrellas fugaces, pero tú sabes que sus restos de cometas y mis estrellas fugaces son las lágrimas de San Lorenzo. ¿Qué cambia?- Y Antonio mira a María, y me mira a mi... -¿Qué cambia, farero? el nombre, ¿verdad? – Sigue el carrusel de miradas, y la mía se cruza con la de María. – La diferencia no está en el nombre, la diferencia está en lo que queremos ver, en lo que buscamos. Todos lo ojos ven lo mismo, pero cada corazón busca una cosa, y eso es lo que ve, esa es la diferencia, él ve polvo de cometa, tú ves las lágrimas, María estrellas fugaces...-

Más silencios, un gesto de desprecio hacia mis palabras por parte del muchacho intelectual, una nueva pregunta de mi amigo. - ¿Y tú que ves, farero?- Y yo, miro a María y ambos sonreímos, y cuando mi mirada regresa a los ojos de Antonio descubro en su cara otra sonrisa.


El viejo farero.


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