23 de abril de 2009

Receta.

Tiene María un don especial para la cocina. Tiene esta mujer algunos defectos y muchas virtudes, pero en el bar, para los clientes, que en realidad son todos amigos, lo que más destaca es su manera de cocinar, de hacer esos platos y esas tapitas. A mi, en el bar, en el puerto, rodeados de gente o a solas, lo que me cautiva de ella es su ternura.

Tiene María 5 ó 6 mesas fuera y otras tantas dentro de su cantina; pocas veces por no decir nunca están todas ocupadas, pero hoy, será cosa del buen tiempo, no quedaba una mesa ni una silla libre. Amigos marineros en la barra, gente del pueblo en alguna mesa, y gente que vienen de la ciudad los fines de semana llenando el resto.

Andaba María a toda prisa de la cocina a la barra, de aquí volvía a la cocina, se detenía de nuevo en el mostrador a poner una cerveza, y salía con una bandeja llena de tapas y bebidas. La miro y la veo un poco desbordada, y me permito cambiarme de equipo, y me paso al otro lado del mostrador. Se ríen algunos amigos mientras Luis me pregunta que si busco pluriempleo. –Venga María, te echo una mano. Y María me pregunta que como pienso cobrar, y la miro sin decir nada, dibujando una leve sonrisa en mis labios.

Se va la tarde, se va la gente, y nos quedamos a solas María y yo. Me hace sobre la marcha una comida de su invención, especialmente rica, especialmente para mí, tomamos un café y María me pregunta por el precio de mi media jornada de camarero.

-Mmm… Vamos a ver… Pensaba pedirte la receta de esta comida, pero es que han sido muchos turistas los que he tenido que aguantar, así que… además de la receta, un beso. - Y María sonríe, y me llama sinvergüenza, y acerca sus labios a los míos y me lleva al cielo, y siento sus manos jugando en mi nuca, y el beso se hace eterno e inmensamente breve a la vez.

Nos quedamos unos instantes mirándonos y María me dice que soy un buen camarero, el mejor que jamás ha tenido a sus ordenes. - ¡Pero si nunca has tenido a ninguno a tus ordenes! Y se ríe, y multiplica su paga por 100.

Intento, a solas en la cocina del faro, hacer la cena cuya receta me ha dado María siguiendo paso a paso cada instrucción. Me hace gracia esta manera que tienen las mujeres de medir las cantidades a la hora de dar una receta: Un poquito de sal, un chorrito de aceite, otro de vinagre, unas hojas de laurel…

Al final la pruebo, he seguido cada paso, cada anotación, pero esta comida no sabe igual que la que me hizo María. Reviso todo, añado otro poquito de sal, la remuevo…

Es una buena excusa esta para llamarla y oírla, y le cuento el problema, y le pregunto que si no se habrá olvidado de escribir en el papel algo que ella puso y yo no… Y María se ríe, y me pregunta por los besos, y me dice que en la receta faltaba poner un ingrediente, el que se pone cuando besas a quien amas, cuando lo acaricias, cuando cocinas para esa persona a la que quieres… -Farerooo… ¿le has puesto cariño?

El viejo farero.

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