22 de abril de 2009

Tarde de otoño.

La tarde de otoño invitaba al paseo. Este no es un otoño cualquiera, es el otoño de Sevilla. La tarde era cálida, el sol, que era de oro al mediodía, se estaba volviendo de bronce entre los árboles del parque. Caminaba sin rumbo por los senderos, no tenia ni prisa ni destino, si yo fuera un barco, el parque seria el mejor mar del mundo para ir a la deriva. Mis pasos, o tal vez una corriente invisible, me llevaron a la plaza de América, la plaza de las palomas. Me gusta venir aquí los días entre semana, cuando apenas hay turistas haciendo fotos ni gente de los pueblos dando de comer a las palomas. Yo no vengo a alimentarlas, vengo a verlas, a alimentar mi alma con sus vuelos blancos. Se asustan y se van, volando entre las palmeras, a las torres del Pabellón Mudéjar, y detrás de ellas se va mi corazón, volando... por un cielo azul que me parece un mar. Hay un banco que a estas horas le da el sol; en tardes como esta, si está vacío, me suelo sentar en él. Los sevillanos necesitamos el sol, más ahora, que pronto llegará el frío y los días se vestirán de ese color que es el no color, se vestirán de gris. Es un banco de ladrillos, con azulejos que lo decoran y le dan vida, y un respaldo y unos brazos de hierro pintado de negro. He mirado la plaza, los museos, las palmeras y los naranjos... y a unos chiquillos que corren tras una paloma... el padre, pasando a mi lado, comenta solo “ingenuos, como si la pudieran pillar...” Y he pensado que todos somos niños ingenuos, corriendo detrás de un sueño que juega al coger con nosotros, que se deja casi tocar para alejarse en un vuelo repentino. La vida es eso, un niño intentando atrapar una paloma. Las risas de los chiquillos se han ido alejando, igual que la paloma, igual que el coche de caballos que pasea a esa pareja... y la plaza se ha ido quedando, por un instante, sola y tranquila. He ido a dejar mi libro sobre el banco, como sentado a mi lado, y entonces la he visto. Una hoja de papel, escrita a mano. Por la letra he pensado que seria del cuaderno de un niño, y me he puesto a leerla. No es de un cuaderno, ni es de un niño, es un trocito de vida que alguien se ha dejado olvidado, es una hoja de un diario. He comenzado a leerla, pero lo he dejado. Habla de amor, de desamor casi... No se si dejarla aquí, por si quien lo escribió vuelve a buscarla, o si llevármela para que nadie conozca esta intimidad, para que nadie entre a este corazón sin ser invitado.
Ya es de noche, me traje del parque un poquito de su luz en mis ojos, la risa de aquellos niños en mis oídos, el vuelo de las palomas en mi corazón... y aquel trocito de vida en un bolsillo. La guardaré, no es mía, pero me da pena romperla y tirarla, es como romper parte de una vida. La dejaré en mi caja, en esa donde guardo las cartas que recibí, las cartas que nunca envié, las fotos del pasado.... todas ellas son trocitos de vida, igual que esta hoja de papel.

El viejo farero.


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