22 de abril de 2009

Tras los cristales.

La casa daba al puerto. Hace años era una estrecha calle con casas a un solo lado y la arena al otro. Un poco más lejos la lonja y el pequeño puerto. Hoy la calle es otra, una aprendiza de paseo marítimo que se quedó en el intento. Aquí siguen las mismas casas, al otro lado sigue el puerto, la lonja, el mar... Y en la ventana, cada día, sigue ella.
Con su pelo negro y sus vestidos blancos se asomaba tras los cristales, a esperarlo, a verlo venir. Su vista se perdía a lo lejos buscando su barco, y cuando lo veía lo seguía hasta que él bajaba a tierra. Entonces respiraba tranquila y se arreglaba el pelo para estar guapa para su marido.
Él, cada vez que salía de casa, al cruzar la calle, miraba a la ventana con la ilusión de tirarle un último beso, pero ella jamás estaba alli cuando él partía, no quería ver como se iba a la mar.
Ahora, con su pelo blanco y sus vestidos negros, se asoma a la ventana, trás los cristales, a verlo venir. Su pelo ya no es negro, sus vestidos ya no son blancos... pero ella sigue esperando ver el barco a lo lejos, ver como él baja a tierra... igual que lo hacía su padre hace años, antes de que el mar, celoso y egoista, se quedara con él para siempre.



El viejo farero.


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