22 de abril de 2009

Trueque.

No me acordaba, y esta mañana cuando he bajado al pueblo, en la plaza, me he encontrado ese mercadillo que montan cada tres meses. Nadie sabe bien de cuando viene la costumbre, pero se mantiene. Unos cuantos piensan que debería pasar a la historia, que estas tradiciones son cadenas que atan a los pueblos y a los hombres, otros, los más, creen que estas costumbres dan al pueblo parte de su idiosincracia y lo hacen un tanto diferente a los demás.

Es un mercado donde nadie vende nada, donde nadie compra cosa alguna, es el mercado del trueque y hasta él acuden gente de los pueblos cercanos. Hay quienes montan un tenderete con mil cosas diferentes esperando que alguien les ofrezca algo a cambio de algo. Hay quienes recorren la plaza buscando algo que les interese; y están los niños, con sus pequeños puestecillos, llenos de balones viejos, de estampas de futbolistas que jamás pegaron en el álbum, de tebeos descoloridos, de juegos de esas maquinitas donde conducen coches que solo saben chocar.

Me paseo entretenido por el mercadillo y me sorprende la presencia de mi pequeño amigo, Miguelito, el niño de la bici, el crío que tuvo que dejar libre a su pájaro. el chiquillo que quiere ser farero.
-¿ Y tú que tienes para cambiar, Miguelito? - Y el chaval me enseña la jaula que un día tuvo dentro a un prisionero. - Te la cambio farero-
Está sentado en la acera, y tiene delante un cajón, tapado con un paño que Dios sabrá de donde sacó, y encima, limpia, abierta, con su comedero lleno de alpiste y el bebedero de agua, la jaula. - Es que yo no traigo nada que poder cambiarte por la jaula, Miguelito- Me mira a los ojos y en su cara se dibuja una sonrisa de crío listo y tunante. - Yo te doy la jaula y tú me dejas una tarde ser el farero y encender el faro- Sabe este pequeñajo ganarme las partidas, y sabe que me gusta que me gane. Lo miro miro a los ojos, acaricio su pelo negro, y por unos segundos mi mente vuela e imagina cómo sería un hijo mío. -¿Qué, farero, hacemos en trueque?-

He colgado la jaula vacía en un clavo que lleva años sin sonstener la fotografía que en otro tiempo colgaba de él. ¿Para que quiero yo una jaula si jamás tendré un pájaro encerrado en ella? Puedo poner dentro una pequeña macetita, una vela, una caracola, llenarla de conchas de la playa... También puedo meter en ella mi corazón y encerrarlo, para que no se escape cada noche a donde está ella, para que no me deje cada noche solo, para que no se marche a la mesa que compartimos aquellas noches rayando a la madrugada. Puedo enjaularlo y dejarlo aquí cuando baje al bar, para que no se altere cuando la vea, para que no se quiera salir del pecho si sus manos rozan las mías.

Me he despertado y he bajado donde está la jaula, a buscarlo. Está la puerta cerrado, pero él no está dentro, se ha escapado, como cada noche, buscando la luz de unos ojos, la ternura de unas manos, la calidez de una boca, el sabor de unos labios...


El viejo farero.

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