22 de abril de 2009

Un corazón llamado Sara.

Sara es marroquí. La conocí una mañana en la que el sol de mi tierra era el mismo sol de su tierra. Se vino de una ciudad cercana al mar, cercana al desierto. Sara vive sola en una habitación en la que solo tiene una cama. Trabaja de peón en el ayuntamiento ayudando a los jardineros.

Te habla y te llama "niño", y se sonrie, siempre sonríe. Algunos compañeros la llaman "la morita", ella lo sabe, pero no le molesta, sonríe. Sara tiene en sus manos la dureza que le ha dejado una vida llena de trabajo y en sus ojos la tristeza de estar lejos de su casa y de su gente, en una sociedad que la mira con desconfianza porque lleva un pañuelo blanco sobre su cabeza que oculta su frente y su cuello.

Vive en una habitación construida de manera ilegal en una azotea, no tiene contrato de alquiler, no tiene baño, ni cocina... Hace unos días Sara quiso alquilar, una vez más, una pequeña casita, pero, una vez más, no la han dejado. Dice que cuando el dueño de la casa vió su pañuelo le dijo que no alquilaba la casa a moros. No es la primera vez que le ocurre; ella dice que no hay que mirar el pañuelo, hay que mirar el corazón, pero la gente está ciega y no ve el suyo a pesar de ser inmenso, a pesar de parecer un sol.

Sara sueña con vivir en una casita, con su cocina, y poder hacer dulces de su tierra, y cuscús para invitar a sus amigos.

No hay que mirar el pañuelo, hay que mirar el corazón. No hay que mirar la ropa, hay que mirar a la persona. Sara es una mujer marroquí que cubre su cabeza con un pañuelo, sus piernas con unos pantalones sobre los que pone una falda, pero que lleva su corazón al descubierto.

Hay un corazón inmenso que se llama Sara, igual que mi amiga, pero la gente solamente ve un pañuelo.


El viejo farero.

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