24 de abril de 2009

Un dia menos.

Tiene Encarna, la mujer de la tienda, un calendario de publicidad de una empresa con una hoja grande, una hoja con el mes actual. Tiene los números grandes, con el santo del día debajo de cada uno de ellos, y arriba, en las esquinas, en pequeñito, el mes anterior y el posterior al que estamos.

Lo he visto cientos de veces, pero hasta hoy no me había fijado en ese calendario. Y si lo he visto ha sido porque Encarna ha cogido un rotulador de trazo grueso y ha tachado el día de ayer con una equis negra que ha remarcado dos veces. Miro la hoja en la que están ordenados los días del mes, y los cuartos de la luna, y la veo llena de aspas, de cruces negras. Parece el calendario un cementerio de días.

-Ea, otro día menos farero. – Y Encarna deja el rotulador en un cajón y me pregunta que voy a querer. Le pido un par de cosas mientras sigo mirando la hoja llena de cruces negras y le pregunto a cuanto estamos. Encarna se vuelve, y mira su calendario, y me dice que hoy es 15, San Alberto.

-¿Por qué tachas los días Encarna?-

- Son los días que han pasado, los que se han ido, ya pasaron y los tacho, los borro.

Ahora, en esta casi eterna soledad del faro, pienso en Encarna y en su calendario cada día más lleno de días muertos, y la imagino llegando a final de mes, arrancando la hoja – Un mes menos- Y después, cuando acabe el año, tirando el almanaque –Un año menos - Un día menos, un mes menos… Pero, ¿menos, para qué?

Parece el calendario de la tienda el mapa de una ruta donde señalar las etapas recorridas, un listado donde marcar los objetivos conseguidos. ¿Pasar el día, sobrevivir un día más? ¿Esa es la meta?

No se hicieron los calendarios para matar días, ni para marcar los que se fueron y jamás volverán, ni para taparlos y mandarlos al olvido con una cruz negra encima. Y yo, tal vez por viejo, miro el almanaque que tengo en la cocina y veo los días que aun quedan por venir, los meses, las lunas llenas… Y cierro los ojos y veo otro calendario, otro almanaque que tengo en mi corazón, y veo días y más días rodeados con un círculo rojo: El primer día que sentí sus manos, el primer día que me besó, la primera cena con ella, la primera madrugada que tapé con mi sábana su cuerpo desnudo…

El viejo farero.

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