25 de noviembre de 2009

En el cementerio.


No sé por qué, pero esta mañana mis pasos me condujeron al cementerio del pueblo. Algunas veces lo he visitado por obligación acompañando por última vez a un amigo que nos había dejado para siempre o dando apoyo a otro que había perdido a un ser querido. Otras han sido como esta mañana, sin tener una razón clara, tal vez para comprobar que la gente querida no se ha ido del todo, tal vez para sentir otra clase de paz y de soledad.

Hay lápidas que me hielan la sangre cuando leo los nombres de quienes reposan bajo ellas, nombres que traen a mi cabeza un rostro y detrás de él una sucesión de imágenes, de momentos vividos juntos. Hay otros nombres que echo en falta porque la mar fue egoísta y se quedó con sus cuerpos para siempre y jamás nos dejó que los enterrásemos. También falta el nombre en una que cobija los restos de un hombre que apareció ahogado en la playa y al que nadie conocía ni nunca se pudo identificar. Me detengo ante ella y me pregunto quien sería, de que tierra vendría, si habrá una mujer que se quedó viuda sin ni siquiera tener un marido muerto al que llorar.

Ahora, a estas alturas del mes, el cementerio es también un cementerio de flores. Las hay por todas partes, casi en todas las tumbas, secas, marchitas, con un suelo bajo ellas lleno de pétalos como si jugasen a ser minúsculos árboles en pleno otoño. Hay otras que las miran impasibles, altaneras, casi inmunes al sol y al paso de los días; son una flores de plástico que jamás han tenido vida, son flores de mentira que decoran pero no dicen nada.

Hace menos de un mes el cementerio tuvo más vida que el resto del pueblo. Llegó el día de los difuntos y volvieron al pueblo hijos y nietos a poner flores en las tumbas de quienes se quedaron aquí para siempre. Ahora las flores se marchitan sin nadie que las cuide, olvidadas como tantas cosas. Parece que la gente las deja como una señal para los demás de que a quien yace debajo de ellas no lo han olvidado, al menos no cuando noviembre comienza; ahora, menos de un mes después, a las flores y a los muertos los cubre el manto del olvido, hasta el año que viene, hasta que de nuevo sea el día de los difuntos y el cementerio se vuelva a llenar de gente que no olvida a los suyos.

Mis amigos saben que no quiero que la tierra me cubra, que no quiero flores una vez al año, ni que mi tumba sea lugar y motivo de llanto para nadie. Saben que prefiero el abrazo eterno de mi mar, que prefiero navegar en sus brazos y conocer otros acantilados antes que estar preso para siempre en esta tierra. Ellos saben que quiero, cuando muera, ser parte de este mar que me dá vida.

He encajado la cancela que ya no cierra y que sigue teniendo ese chirrido que parece un lamento y he dejado dentro a los muertos y a las flores marchitas en una soledad inmensa. El año que viene, cuando nazca noviembre, la verja volverá a estar abierta todo el día, y habrán flores nuevas, y los muertos volverán a ser recordados por un día.



8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me alegra leerte de nuevo, tiempo era farero de que volvieses.

Un saludo desde galicia.


eloisse

Mar__ dijo...

Yo tampoco dejaré que me cubra la tierra puf.Ya he dejado dicho que prefiero servir de comida para los pececillos(y alguién me dijo que no me sentiria sola).

No puede haber mejor lugar que el mar para terminar...o empezar.

Un abracillo Farero.
25

Sakkarah dijo...

Yo tampoco quiero que me entierren...

Es cierto que en ellos se respira una paz que difícimente se puede conseguir en otro lugar...

Un beso enorme.

anaan dijo...

Leerte es un placer, tienes una amena forma de describir y contar... reflexionar.
Entregar las cenizas al mar, ese mar amado y vivo, es una idea mucho más atractiva.
Un abrazo.

Chesana dijo...

Hace más de dos años que no visito el cementerio, por no poder, no por otra cosa. De todos modos creo que lo que haya que hacer, hay que hacerlo en vida y no llevando flores.

Tengo dicho que me incineren... aunque lo de ensuciar el mar conmigo aún no lo tengo claro. Tampoco me preocupa lo que hagan después conmigo.

Últimamente estoy muy "dejada" con esta que lo es.

Abrazo, farero.

Sakkarah dijo...

Hay algo en mi blog para ti.

Un beso.

Anónimo dijo...

Es precioso lo que has escrito!(y con esta música de fondo.. uff..)

De veras, que me ha llegado al alma! (más si cabe porque hace unos días se marchó para siempre un amigo mío)...

Un beso de un "anónimo".

El viejo farero dijo...

ELOISSE: ... Y yo me alegro de que te sigas asomando al faro, aunque sea para tirarme de las orejas.
Un beso.

MAR: Ea, pues lo mismo terminamos navegando juntos por este mar cercano. Una pregunta: ¿Sólo un abracillo? Venga, el mío un abrazo en condiciones y además un par de besos.

SAKKARAH: A este paso reconvertimos el gremio de enterradores en oto de incineradores, que se vayan modernizando. Me quedo con ese beso enorme y con el recuerdo de un paseo por el cementerio de Soria.
Un beso... o dos.

ANAAN: Muchas gracias por tus palabras, veo que además de buenas amigas tenemos ideas en común. Un abrazo desde Andalucía.

CHESANA: Tienes razón, lo que no se haga en esta vida poco arreglo tiene después, pero eso es tan válido aplicado a lo que hacemos o dejamos de hacer con los demás como con nosotros mismos.
Espero que la vida te sonría de vez en cuando, a pesar de todo lo dura que es.
Un abrazo con todo mi cariño.

ANÓNIMO: Lamento que este tema te haya hecho recordar una situación tan dolorosa y cercana. Espero que las próximas cosas que leas te dejen mejor sabor de boca.
Un beso para ese anonimato.