14 de octubre de 2010

Leandro: padre y madre.


Aquella mañana, cuando Leandro despertó, sintió que media vida se le había ido durante la madrugada. Estaba solo en su cama y en la almohada, en el lugar donde debería estar reposando la cabeza de su mujer, había un papel con unas cuantas palabras escritas a mano y de manera presurosa: Estoy enamorada de otro hombre, me marcho con él, cuida de Elvira y, por favor, no me busques.

Muchas veces me contó que en aquel momento sintió el impulso de salir corriendo al puerto a buscarla, (sabía quien era el hombre en cuestión) a pedirle que se quedara, a matarlos a los dos. Lo habría hecho; mi amigo Leandro era hombre de mar, no era violento, pero la vida lo había hecho fuerte y capaz de enfrentarse a lo que fuese necesario. El llanto de Elvira en su cuna lo detuvo. -¿Quién sabe, farero - me dice algunas veces - si aquel llanto de mi niña no fue lo que nos salvó a los cuatro: a ella de quedarse sola, a ellos de terminar en el fondo del puerto y a mi de pasar media vida en la cárcel llorando por ellas dos?

No tardó en saberse en el pueblo que la mujer de Leandro se había ido con un marinero extranjero y que había dejado a mi amigo solo con una niña que casi no andaba. A Leandro le echaron una mano algunas mujeres del pueblo y el cura, Don Ramón como le llamaban los demás, le dijo cien veces que lo mejor para la niña era llevarla a una especie de casa-convento que unas monjas tenían en otro pueblo, muy lejos del nuestro. Noventa y nueve veces le respondió Leandro que no; la que hubiese sido la cien le dijo que jamás volviese a dirigirle la palabra.

Mi amigo aprendió a hacer "cosas de mujeres", aprendió a lavar la ropa, a cocinar, a planchar, a comprarle vestiditos a Elvira... Pasó noches enteras al lado de su cama, asustado, cada vez que la niña tenía fiebre o andaba malita. Leandro a penas si fue al colegio y aprendió a leer y escribir gracias a un médico que hubo en el pueblo y que en sus ratos libres hacía de maestro de chavales como mi amigo, cuando regresaban de la mar o del campo. Por eso Leandro, cuando la cría empezó a ir al colegio, cogía los libros de Elvira y estudiaba las cosas que ella tendría que ver días después, para poder ayudarle.

Hubieron dos cosas que él nunca supo hacer: Hablarle a la chiquilla mal de su madre y, por vergüenza, hablarle de las relaciones sexuales; y la primera vez que supo que Elvira compraba compresas vino al faro y lloró como un crío: Su niña empezaba a ser una mujercita.

Esta mañana las campanas de la iglesia rompieron su rutina de llamar a misa de 8 o a difuntos y se volvieron locas anunciando boda. Un eco de alegría corrió por las calles del pueblo rebotando de casa en casa, de muro en muro. El novio esperaba impaciente y nervioso a las puertas de la iglesia y todo el pueblo era hoy un poco la madre o el padre de Elvira, la novia más guapa, la niña que dejó de ser media vida de Leandro para convertirse en su vida entera. Todos esperábamos ver al hombre que no quiso dejar a su hija en un convento de monjas, al que aprendió a pesar de todo a hacer cosas de mujeres, al que sin dejar de ser padre se convirtió también en madre.

Esta mañana, viendo a mi amigo Leandro llevar del brazo a su hija hacia el altar me ha venido a la memoria mi pequeño amigo, ese niño que sueña ser farero, un día que llegó al faro con una jaula en sus manos y un pájaro dentro. Hoy Leandro, igual que aquel día Miguelito, estaba lleno de sentimientos contrapuestos: Tristeza por ver como se aleja un ser querido, alegría inmensa porque sabe que es feliz.



El viejo farero.







5 comentarios:

galerna dijo...

Me alegra volverte a leer!!
Como siempre una historia llena de sensibilidad.
Hay una cosa en ella que me encanta,eso que dices de "cosas de mujeres"
En la juventud de Leandro a los hombres no les acostumbraban a hacer esas cosas,y me causa una ternura tremenda imaginarle intentándolo hacer de la mejor forma posible,buscando recetas mirando en el mercado descifrando palabras hasta hora desconocidas.
Me alegra ese final feliz,aunque supongo agridulce para el
Besos Farero

RECOMENZAR dijo...

¿quien sos?
contanos .......Tu texto me imprecionó tiene el sabor de los buenos escritos esos que te dejan el alma desnuda.te invito a mi casa¿venis??????????
Beso para vos

El viejo farero dijo...

GALERNA: También a mi me alegra volver a estar por aqui.

Ya ves, después de leer la historia que yo mismo escribí lo que me produce una imagen más tierna de Leandro es imaginarlo junto a la cama de la cría, velando su sueño, las noches que andaba malita, muerto de miedo por encontrarse solo. El final de la historia tiene un puntito leve, muy leve, de tristeza, pero mucho de felicidad.
Un beso para ti.

RECOMENZAR: Te responderé: Soy una persona normal y corriente que unas veces deja aqui parte de sus sentimientos y otras parte de sus ideas. Gracias por tus palabras y por la invitación, comenzaré a visitar tu casa y, si te parece bien, enlazaré tu blog.

Un beso de bienvenida.

Mar__ dijo...

Por dejar de querer a Leandro abandona a su hija? Que tiene que ver una cosa con la otra? no lo entiendo.Dándole vueltas al tema, buscando un motivo que justificara el abandonar a mi hijo solo se me ocurre uno,estar muerta.Supongo que tiene que haber de todo,en fin...

Me alegro de tu vuelta Farero.


besos

El viejo farero dijo...

Posiblemente no tenga nada que ver pero las personas hacemos continuamente cosas sin sentido. ¿Acaso es lógico matar a un crío por despecho a la pareja? Tan solo hace unos días hubo un caso así.
Se que tú no lo harías, pero como bien dices tiene que haber de todo.

Un beso malagueña.