7 de noviembre de 2010

El sabor de ella.


Lleva conmigo tanto tiempo que parece formar parte de mi vida desde siempre, que nunca fui a una tienda a comprarla, que jamás la vi en un escaparate. Es imposible calcular cuantas veces ha hecho esa magia de transformar un poco de agua fría en un café caliente, cuantas veces la ceremonia de quedarme de pie junto al fuego esperando y viendo salir ese líquido negro, preparando la taza, el azúcar, la poquita de leche que le añado, el vasito para el anís dulce, tan pequeño que casi parece sacado de una cocinita de niñas.

Está ya la cafetera vieja, como tantas cosas en este faro, y hace tiempo que comenzó a tener sus achaques. La goma de la junta comenzó a ser un guardia cada día menos severo que iba dejando que el vapor del agua se escapase cada día un poquito más. El filtro del café una tarde de otoño rompió su matrimonio con el cuerpo de la cafetera y los apaños que pretendo hacer entre ellos apenas si duran unos segundos.

Arturo, el de la caja de ahorros del pueblo, lleva meses queriendo que saque una cafetera nueva. Me la regalan, dice, con unos puntos que tengo y que son como los años: los he ido acumulando sin dame cuenta, sin enterarme de que cada vez tenía más. Al final el destino ha jugado sus cartas y me regala una cafetera nueva cuando la mía, la de toda la vida, ya no puede seguir haciendo café. La jubilará, pero ella se quedará haciéndome compañía las tardes de invierno en la cocina.

Esta mañana he invitado a María a tomar café en el faro a media tarde, quería compartir con ella el último que hiciera mi vieja cafetera y el primero que pariese la nueva. ¿Con quién mejor que con ella para compartir un final y un principio? ¿Con quién mejor que con la mujer que ocupa mi mente cada mañana al despertarme y que es el último recuerdo que tengo cada noche antes de dormirme?

Es diferente el sabor de este café que siendo el mismo es otro. Será la costumbre, la fuerza de los años, pero me gusta más el que hace mi cafetera de siempre. Se lo digo a María, ella entiende de café y de máquinas que lo hacen, y me mira con esa dulzura que sólo ella tiene en la mirada, y me cuenta que hay cosas que se impregnan para siempre de un sabor que jamás otro podrá borrar ni sustituir.

Un beso, el sabor de sus labios, la humedad de su boca... Se queda el segundo café frío en la mesa. Otro beso, una caricia, cien besos más... Se acerca la noche y se quedan solas las dos tazas de café en la mesa de la cocina mientras yo sigo impregnándome del sabor de sus labios, de su cuello, de sus pechos, de ella entera.



El viejo farero.



6 comentarios:

osane dijo...

Me he emocionado Farero, que amor tan hermoso y que bien lo transmites.
Hay cosas insustituibles y a las que jamás querremos renunciar como el amor por el ser mas importante de nuestro universo del pasado, del presente y del futuro, esté cerca o lejos de nosotros, da igual, anda en nuestro corazón y nuestro pensamiento.
Y hablando ahora de cafeteras, hace dos años mis hijos me regalaron una Nexpresso. En mi casa solo tomo café yo y la verdad, sigo usando mi vieja Oroley como esa tuya viejita de la foto.
La Nexpresso está guardada en un armario. Soy rarita que le vamos a hacer. Un beso

Mar dijo...

Farero, a mi tambien me gusta el café que hacen las cafeteras de siempre. Tienen un "nosequé" que no se consiguen con esas tan modernas. Ahora bien, lo que no conseguido (hasta ahora) es una sobremesa como la que describes ;-)

Bss.

El viejo farero dijo...

Bueno... me alegra saber que no soy un bicho raro por preferir el café de la vieja cafetera. Supongo que en el fondo es como tantas cosas: te acostumbras de tal manera que es lo normal, y cualquier cosa que no sea esa es diferente, no es auténtica.

A ver Mar, eso de la sobremesa me ha preocupado, vas a tener que buscar a alguien especial e invitarle a probar "el sabor del café". Ya me contarás.

Besos para las dos.

Trini dijo...

Cuántas historias al rededor de una taza de café se fraguan...Cuántas y qué bellas y qué sabor tan especial dejan.

Sí, me llegó el comentario a mi poema recitado. Te llegó mi mail sobre editar?

Abrazos y café

PD: yo también prefiero el café de mi vieja cafetera.

El viejo farero dijo...

Bien, a ambos nos ha llegado, gracias por la información, igual tengo que pedirte alguna información más.

Un beso.

Mar dijo...

La cuestión es que hace tres o cuatro años que dejé de tomar café en la sobremesa pues me desvelaba mucho por las noches.

Después de leer tu relato, creo que voy a retomar la costumbre... sobre todo por lo que trae la sobremesa... ja,ja,ja... aunque me desvele...

Bss y risas.