27 de junio de 2011

Un regalo inmenso.

A mi, como muchos de vosotros sabéis, me encantan los faros. Me gusta ver fotografías de ellos, saber donde están, cuando se pusieron en marcha, cómo es su óptica...  También me gusta la fotografía aérea y también, una inmensidad, Asturias.  Y resulta que desde hace unos días tengo un serio problema: No sé cómo agradecer un regalo que me han hecho. ¿Cómo puedo agradecer que me regalen un libro sobre los faros asturianos? ¿Cómo agradezco que alguien que no me conoce de nada me regale un libro que habla sobre los faros del litoral asturiano, un libro lleno de fotos, de datos, de historia...?

Este "rey mago" que ha venido en verano se llama Belén Menéndez y es geógrafa. Ha escrito varios libros, entre ellos uno dedicado a los faros de Asturias. El libro se agotó (no me  extraña) y ella, generosa, ha tenido a bien escanearlo y ahora lo está regalando, poniendo trocitos suyos en su blog. Yo, que algunas veces sigo teniendo mi hada madrina, tengo la suerte de tenerlo ahora en mi ordenador. Por las noches lo enciendo, abro la carpeta y me marcho a Asturias. Es una sensación preciosa ver desde el aire lugares donde has estado a pie, es precioso aprender que el faro de Tapia de Casariego (al que un buen día rodeé para verlo y fotografiarlo de distintas formas) fue una escuela porque su farero, en sus ratos libres, hacía de maestro con los niños del pueblo.

Os invito a que visitéis el blog de Belén, merece la pena. Seguro que más de uno me lo va a agradecer, aunque dudo que sea tanto como yo le agradezco a ella su regalo.

Para todos, un saludo, para ti Belén, un beso y un abrazo.

21 de junio de 2011

Mi república.

Hace ya muchos años,  el día que me convertí en farero, Onofre, el  viejo farero de entonces, me dio las llaves del faro, unos cuantos consejos, un abrazo de padre y una bandera republicana.  A Onofre nunca le gustaron los militares que pisotean las leyes, que dan golpes de estado, que llevan a un país a una guerra fratricida,  que quitan gobiernos elegidos por el pueblo y que imponen una dictadura. 

Durante años guardó aquella bandera esperando el día en que las cosas volviesen a ser como eran, esperando que alguien le devolviese al pueblo lo que le había robado y esperando izarla en lo más alto del faro, pero los años pasaron y las cosas que el ejército golpista robó al pueblo se perdieron para siempre.

Onofre, el farero republicano, se fue de este mundo sin poder ver su bandera ondeando en lo alto del faro. La tuvo muchos años en el sótano, allí donde nadie entraba, guardada, bien doblada, en una caja de madera. Era lo más profundo y sagrado de esta minúscula república que era su faro.  Yo, un buen día, la saqué de aquellas penumbras y la puse en las escaleras,  junto a una ventana.  Pero las banderas no se inventaron para tenerlas escondidas, las banderas, cuando las sentimos nuestras, dicen quienes somos, y esta mañana he bajado a la playa con la bandera de Onofre y mía y he clavado su pequeño mástil como si, por unas horas, tomase posesión de aquel trocito de tierra.

Nunca me gustaron los dictadores, ni las cosas impuestas sin más motivo que el capricho o  los intereses de alguien. Tampoco me gustaron nunca las personas que son lo que son porque tienen cierto apellido, aquellas que lo único que han hecho para tenerlo todo a sus pies es haber nacido en determinada familia. Supongo que es por eso por lo que no me gusta tener un rey: porque lo impuso un dictador, porque su familia está por encima de todos, a años luz del pueblo, por el único hecho de llamarse Borbón, porque nunca nadie me preguntó si yo quería volver al medievo y vivir en un reino o volver al sistema, bueno o malo, que mis predecesores habían elegido y que les robaron.

Ahora, en la soledad del faro, he vuelto a recordar  a mi antecesor, Onofre, y he decidido colgar de nuevo la bandera, esta vez a la entrada, sobre el arco que da paso a las escaleras. Hoy le devuelvo a mi faro lo que era suyo y lo convierto en mi minúscula república.


El viejo farero.


18 de junio de 2011

La respuesta es...


Pues no, no es un tiburón, ni es una flor, ni una serpiente, ni una lagartija ni un cactus. Esta es la imagen (recortada de la original) que os dejé:



Y esta la fotografía completa tal y como la tomé en su día:




Gracias por participar y lo mismo dentro de unos días lo intentamos de nuevo con otra cosilla.


El viejo farero.

15 de junio de 2011

Pregunta:

Esta fotografía es una parte ampliada de la original.  ¿Sabéis de que se trata? 

Dentro de un par de días os pongo la imagen completa.

1 de junio de 2011

El primero.

Hace ya varios días que María, cansada de una mala cobertura en su móvil, cambió de compañía.  Desde entonces es fácil verla, cuando no tiene otra cosa que hacer, tocando botones, mirando el manual... y quejándose de lo complicado que es este nuevo. Pero María es una mujer porfiada y terca. Es luchadora, y cariñosa, y buena... pero es sobre todo eso, dice ella,  luchadora: Es la única forma de conseguir cosas por uno mismo en esta vida dice; las que conseguimos gracias a la suerte no saben igual.

-María, ¿aún andáis con el celular aprendiendo su manejo? -Le pregunta Alfredo, un marinero argentino que a pesar de llevar media vida en esta tierra sigue hablando con el mismo acento del primer día y al que, cariñosamente, el primer día que lo oyeron hablar en el puerto alguien le llamó Di Stéfano. Nunca le molestó, incluso algunas veces se sonreía y hacía alguna broma sobre el tema.

-Ya aprenderé, además, con saber recibir llamadas y hacerlas y lo de los mensajes tengo suficiente.

Me siento junto a ella y observo el movimiento de páginas hacia adelante buscando una instrucción, páginas hacia atrás buscando un dibujo, miradas al móvil intentando  hacer lo que dice el librito...  y María se levanta a poner un refresco y mis ojos, que la siguen como si mi mirada la hubiesen cosido a su cuerpo y no pudiera mirar hacia otra parte, se van con ella.

Regresa y en sus manos trae  otro móvil, uno de la otra compañía que muchas veces nos castigaba y no nos dejaba hablar de noche. Hace tiempo que no funciona, o al menos no puede hablar con él, ya no tiene línea, pero ella lo conserva.

Lo deja en la mesa y mientras sigue en su guerra particular con los menús, las opciones, las aplicaciones, la conectividad y los ajustes yo cojo el móvil viejo. Es triste ver lo pronto que se hacen viejas estas cosas. Toco una tecla y el móvil se enciende. Sonríe María casi a escondidas.

-No me digas que aún funciona este cacharro...

- Bueno,  no puedo hacer llamadas ni recibirlas, pero sigue vivo. Le tengo cariño.

-¿Conservas todos los móviles que has tenido hasta ahora?

-No, sólo este.  

Espera María una pregunta que, inevitablemente llega.

- Venga, ¿Cual es el motivo?

Y María coge el teléfono de mis manos, lo mira, lo acaricia con las suyas y con su mirada.

-Aquí dentro está el primer mensaje que me enviaste, una noche, hace ya mucho tiempo.