24 de octubre de 2011

El otro otoño.

De haber sido un criminal tendría el agravante de nocturnidad y alevosía, porque así es como ha entrado este otoño tardío y repentino: de madrugada, sorprendiéndome dormido, a traición casi.

Ha estado lloviendo hasta media mañana y poco después del amanecer, con las primeras luces grises y plomizas del día, las calles se veían vestidas de otoño.  Aceras llenas de hojas que el viento primero arrancó de sus árboles y después se las llevó lejos, unas veces volando, otras arrastrándolas sobre las lozas, hasta que el agua las ha hecho prisioneras y ahora están empapadas, pegadas al suelo, incapaces de seguir volando.

Se han convertido los jardines en pequeños lagos,  y de su superficie nacen desde el mismo punto dos árboles siameses: uno se alza hacia un cielo lleno de nubes, el otro parece recostado, dormido sobre el agua.  Es incapaz esta tierra que lleva seca desde la primavera de admitir tanta agua.

He apoyado mi frente en la reja que hoy cierra el parque y que me impide pasear bajo los   árboles que hoy lloran desde sus ramas gotas de lluvia y me he sentido tierra. Una tierra sobre la que ha diluviado dolor, penas, tristezas, ausencias…  Una tierra incapaz de absorber tanta lluvia, una tierra encharcada, como la de este parque, una tierra a la que de repente llegó otro otoño igual de gris y de frío.  Me ha traído a la realidad el frío del hierro mojado y unas gotas que corren por mis mejillas. Es la lluvia, me digo.

A mediodía salió el sol y la tierra del parque va bebiéndose los pequeños lagos, los charcos. Los árboles siameses han sido separados por algún misterioso cirujano y ahora solamente queda uno que crece hacia un cielo azul.  Cuestión de tiempo esto de que la tierra se beba la lluvia, cuestión de tiempo que cese ese otro diluvio y la tierra que hoy soy sea capaz de absorber tanta lluvia, tanto dolor, tanta tristeza.

10 de octubre de 2011

Cava, mosto y aceitunas.

Hoy, como cada vez que va a la ciudad, María regresó nerviosa y con ese dolor de cabeza que le producen las tensiones.   Seguramente sea esta tranquilidad, esta manera de vivir la vida en el pueblo, sin prisas,  casi a cámara lenta, siguiendo unos horarios marcados por las mareas, por el sol, por la llegada y la salida de los barcos.  Yo, además de todos esos ritmos que son el mismo ritmo, tengo mi vida acompasada las más de las veces a este otro  que me marca el faro cuando su luz gira sobre sí misma haciendo guiños a la mar, a la noche.

A media tarde, cuando el bar se ha quedado sin clientes, ha cerrado y me ha invitado a acompañarla a la tienda de Encarna: Con las prisas se había olvidado un par de cosas y quería comprarlas. 

La tienda de Encarna no es grande pero tampoco es pequeña, no tiene de todo, pero da el apaño y ella, Encarna, hace todo lo posible por tener siempre las cosas que, después de tantos años, sabe que los vecinos van a terminar pidiéndole.

Algunas veces pone en el pequeño escaparate alguna cosa nueva que ha traído, algo que tiene de oferta, algún producto que, por las fechas que corren, se venderá con toda seguridad. Tras el mostrador, en las viejas estanterías de madera, los productos ordenados según se venden: los que más salida tienen en la parte de abajo, donde ella los alcanza fácilmente; más arriba otros que la gente compra con menos frecuencia, y así hasta llegar a la última balda, cerca del techo.  Detrás de la pared medio  tapada por las estanterías una habitación que Encarna le robó a su casa hace las veces de almacén.   Y desde allí nos ha gritado un “ya voy… un momento” mi amiga tendera cuando la campanilla que hay sobre la puerta  y que suena cada vez que ésta se abre o se cierra le ha avisado de que alguien había entrado.

Hablan las mujeres de este calor que no termina de irse, de un verano que se hace eterno, de los mantecados que, como esto siga así nos los  vamos a comer en tirantas…  y Encarna aprovecha la oportunidad para avisarnos de una decisión que acaba de tomar: Este año no venderá cava para las navidades.

-Siempre tengo alguna botella en el almacén, aunque quitando algún cumpleaños la gente solamente lo compra para celebrar la Nochevieja; pero este año tendrá que hacerlo con otra cosa, o ir a otro sitio a comprarlo, ya le he dicho al de los licores que este año no me traiga ni una botella.-  Y Encarna nos cuenta la última noticia de otro  político catalán que ha vuelto a despreciar a los andaluces, y dice que ya está bien, que algo habrá que hacer. Y ella, la mujer que lleva una tiendecita en un pueblo insignificante, no va a despreciar a nadie por ser de una tierra diferente a la suya, pero si va a despreciar sus productos y a defender los nuestros. –Este año, farero, brindamos con mosto del Aljarafe y con aceitunas sevillanas.

La melodía del móvil ha roto la paz y el silencio casi absoluto de la noche. Un sobresalto que dura lo que tardo en leer el nombre de María en la pantallita del aparato. -¿sabes una cosa farero? Encarna tiene razón: desde mañana yo hago lo mismo.

Ahora, de madrugada y  en la soledad del faro, he puesto la radio en una emisora que siempre está dando noticias. Son las mismas repetidas una y otra vez hasta que surge una nueva. Han puesto las declaraciones del político catalán,  el revuelo que se ha formado… Faltan más de 2 meses, pero este año no habrá espuma saliendo de una botella cuando un reloj nos diga que hemos cambiado de año: El mosto no la hace.