30 de agosto de 2014

Retorno.

Mañana comenzarán a retornar a sus ciudades del interior y  el pueblo volverá a su vida serena y tranquila, con marineros que arreglan sus artes de pesca, con mujeres que los esperan nerviosas cuando salen a la mar, con niños que vuelven al colegio, con el bar de María casi vacío y con el camino del faro solo. Dejarán de llegar cada mañana a la plaza del pueblo, al puerto, con sus cámaras de fotos modernas y caras, con sus teléfonos móviles, que dejaron de usarse para hablar y ahora solamente sirven para enviar mil fotos hechas en la mesa del bar, junto a la barca arrumbada, ante el faro, solamente para enseñar a los que no vinieron que ellos sí lo hicieron, para presumir de dónde están. Qué pena me causan quienes viajan con el único fin de decir que han viajado, quienes se hacen la foto no para llevarse un recuerdo de donde estuvieron, sino para pavonearse de que lo hicieron.
No tardarán mucho en llegar los días grises, el frío, las noches de lluvia, mi faro reflejado en los charcos del camino por las mañanas, mi faro aislado del mundo, yo dentro de mi faro y el viento silbando en las ventanas, queriendo entrar para hacerme compañía. Volveré cada mañana al bar de María con la excusa de tomar mi copita de anís dulce de Cazalla, con la secreta intención de verla, de sentir en mis manos el roce de las suyas y en mis ojos la mirada triste y profunda de sus ojos. Volveré cada noche a sentarme delante de la candela de la chimenea a mirar las lenguas de fuego que acarician los troncos y los van envolviendo y  quemando como un mal amor. Volveré a echarla de menos como la echo de menos cada minuto que no estoy a su lado.  Y cada noche volveré a pensar en aquella frase que hace tiempo me dijo: sobran “míos” y faltan “nuestros”, y cada mañana, camino del pueblo, volveré a decirme que tengo que decírselo, que tengo que contarle que cuando se suman dos soledades la soledad deja de existir.



9 de junio de 2014

El río enamorado.

Hoy, viendo en la televisión de Andalucía un programa sobre el Guadalquivir me he acordado de María. Vive este río con Sevilla la misma tragedia que yo con ella: la vida se empeña en separarnos. El río de Sevilla ya no pasa por Sevilla, lo alejaron de ella. Tan sevillano se sentía que, algunas veces, rompía las cadenas de su cauce y se iba a pasear por sus calles, por la Alameda de Hércules, por la Campana... no le era suficiente besar su calle Betis, quedarse dormido bajo el Puente de Triana, ser el espejo de la Torre del Oro...  yo, en la distancia, entiendo a un río que se desbocaba por tal de abrazar a su amada porque, muchas veces, yo he dejado mi faro y he roto algunas cadenas para ir donde ella, para sentir sus manos, su mirada.

Dice la voz que narra la historia del Guadalquivir que al pasar Sevilla el río se ensancha en las marismas, que se abre en  brazos que forman islas, lucios, esteros...

Ahora, en la soledad del faro, pienso en el programa sobre el río de Sevilla y me veo a mí mismo, cada tarde al marcharme del bar de María, aceptando cualquier excusa para retrasar la partida, para estar un minuto más junto a ella, y comprendo al Guadalquivir cuando extiende sus brazos de agua para aferrarse a los juncos de la orilla, a los cañaverales, queriendo retener su marcha hacia el mar, queriendo quedarse un ratito más cerca de Sevilla.

Decía la voz que las mareas del Atlántico entran por el río y llegan hasta la presa de Alcalá, más allá de Sevilla, haciendo que los troncos que lleva la corriente vuelvan sobre sus pasos. Como yo más de una vez vuelvo sobre los míos cuando, camino del faro, he dejado atrás las últimas casas del pueblo y "me acuerdo" de repente de algo que no dije a un amigo en el bar, de algo que tenía que pedir y no pedí. Y hago como el Guadalquivir, volver lo más cerca posible: él de Sevilla, yo de María.  No es la marea, es que el río se enamoró de la ciudad y no quiere irse y dejarla. 

¡Ay Guadalquivir! que tragedia más dolorosa nos une.


28 de mayo de 2014

Un semidiós esclavo.

Esta tarde, cuando el sol estaba a punto de ocultarse tras el horizonte, mirándolo me he acordado de Don Luis, mi viejo maestro, cuando nos contaba que, en otros tiempos, los hombres creían que la Tierra era el centro del universo y todo, incluso el sol, giraba en torno a ella. Don Luis idolatraba al sol, al "astro rey" como le gustaba llamarlo, al dios Ra de los egipcios. Nos da calor, decía, da vida a las plantas, hace madurar la fruta, deshiela las nieves de  las montañas y hace correr los ríos... está en el cielo y, como el otro dios, lo vé todo: lo que hay en nuestro pueblo, sus campos, sus casas, lo que sucede en el otro lado de mundo...

Ahora, de madrugada, el silencio de la noche me ha despertado. El viento se echó cuando las sombras se convirtieron en una sábana oscura que cubrió el mar, la playa, los campos y los cielos. Las olas llegan como asustadas a la orilla y casi no se atreven a romper sobre la playa, se deslizan sigilosas por la arena y regresan al mar como un ladrón que quiere ser invisible. Incluso las que llegan a las rocas de los acantilados lo hacen con mimo, con ternura.

Me he asomado al balcón del faro y he visto algunas estrellas, las luces de los barcos que andan faenando y, a lo lejos, las  del pueblo. Está la noche tan en calma y yo tan despierto y solo que he decidido bajar a la playa y pasear por ella con la única luz de una pequeña linterna, porque hay luna nueva y el cielo está oscuro y es negro como la pena, como la soledad impuesta, y me he acordado de mi viejo maestro y de su semidiós el Sol. ¿Qué tierras estará iluminando ahora? Y al pensarlo me he dado cuenta que el sol no es tan poderoso, que es un diós esclavo del tiempo, de un ritmo impuesto por algo más grande que él, que no puede elegir qué quiere ver ni qué tierras quiere alumbrar.

Sentado en las rocas he mirado al faro, a mi faro, a su linterna, a su luz, esa que todos ven como un guiño veloz y que, en realidad, no se apaga en toda la noche. Pobre sol, tan poderoso, tan centro de todo, tan semidiós y nunca ha visto mi faro encendido de noche. Ningún faro encendido en la oscuridad de la noche.

La luz, unos segundos de oscuridad, otra vez la luz, la oscuridad... las estrellas en el cielo, la luz de mi faro girando, besando por una fracción de segundo cualquier cosa que esté a su alcance. Yo en la soledad de la playa viéndolo y el sol al otro lado del mundo, viendo otras tierras, otros mares y sin ver nunca mi faro encendido en la oscuridad. Un dios al que las leyes del  Universo prohibieron ver los faros en la noche. Y yo, un simple mortal, me siento el ser más afortunado del mundo, porque puedo  ver el mar de día como lo hace el sol, ver mi faro de noche, vivir en él, subir a la linterna y bañarme en su luz cuando todo alrededor es oscuridad.

26 de febrero de 2014

El Cabo Silleiro de mi libro.

A veces sucede que el final de un camino, de una etapa, se convierte en una mezcla de alegría y de tristeza. Alegría por haber llegado, por haber alcanzado la meta propuesta, por haber superado todos los problemas que surgieron en el camino, tristeza porque ese sueño deja de ser un sueño y se convierte en una realidad, porque el motivo que nos movía a seguir luchando por alcanzarlo desaparece. Es una moneda con sus dos caras que gira lentamente y que, alternativamente,
va dejando ver cada una de ellas. Me pasó hace 5 años, cuando en la ruta por los faros de España llegué a Cabo Silleiro, cerca de Bayona, en Pontevedra.  Habían sido muchas noches buscando información en los mapas, en páginas de internet, buscando la localización de cada uno de ellos, los accesos, las distancias, organizando los recorridos de cada día... Cabo Silleiro era el último, después de 16 días y más de 2.500 kilómetros aquel faro gallego ponía punto final a nuestra ruta de faro en faro. Llegar a su puerta y verlo aquella mañana de niebla fue sentir la satisfacción de un sueño cumplido, sentir que todas aquellas horas en vela  los días previos al viaje, todos los kilómetros, todos los problemas que surgieron y se resolvieron habían merecido la pena.  Pero era sentir, también, que el viaje, la ilusión de llegar a un nuevo destino, se había terminado. Tal vez sea lo malo de convertir los sueños en realidad: que dejan de ser sueños y se convierten en vivencias, en recuerdos. Por eso el vacío que deja el sueño realizado hay que llenarlo con un sueño nuevo.

Ahora, con mi libro, han vuelto a mí los mismos sentimientos, las mismas sensaciones y las mismas emociones. Hace unos días cogí la caja donde dormían los últimos ejemplares para coger unos cuantos y tenerlos a mano para, cuando se vendieran, enviarlos. Abrir la caja fue como ver la cancela del Faro de Cabo Silleiro: el viaje estaba tocando a su fin. 6 ejemplares, solamente 6.  Pasaron por mi cabeza fotogramas de  momentos claves en toda esta historia: el mensajero con las tres cajas procedentes de la editorial, el momento de abrir la primera y tocar, casi con miedo, el primer ejemplar... el primero regalado, el primero vendido... el que con su venta cubría los gastos, el primero que dió beneficios, algún correo de alguien que lo había leído y lo tenía en su mesita de noche... y la tristeza de ver que solamente quedaban 6.

He apartado uno para mí, de recuerdo, porque muy posiblemente no habrá otra edición, he reservado otro para la madre de mi amiga Belén, a quién se lo debo. Otros 3 están reservados para otros tantos amigos que me lo han pedido, y queda uno, el último, el Cabo Silleiro de mi libro. Después de tantos miedos a que no se vendiese, de tantas ilusiones cada vez que alguien me pedía uno, de tantas y tantas cosas, hoy que el libro se ha agotado me siento un poco vacío, como si un hijo se hubiese hecho mayor y se hubiese ido de casa a empezar su propia vida.

Quiero dar las gracias a todas las personas que de una u otra manera han hecho posible que estos días sienta todas estas cosas que siento: 

Paula, mi mujer, que siempre me apoyó para hacer realidad el sueño de editar el libro.
Mari Carmen, mi madrileña preferida, que me hizo el inmenso regalo de sus palabras en el prólogo.
Charo, mi buena amiga, que aportó la mitad del dinero necesario sin saber si algún día lo recuperaría.
María José, que desde Cáceres me animó continuamente a emprender y terminar el camino de editarlo.
Saray Schaetzler, la primera persona que habló de él en su blog desván de palabras y pensamientos.
Lourdes, con su generosa crítica en su blog Libros que voy leyendo.
Ana, mi amiga de Bermeo, que regaló un ejemplar a José María Íñigo y lo promocionó.
Y a todas y cada una de las personas que lo han adquirido.

A todos, un millón de gracias por hacer posible que aquel sueño se hiciese realidad.

11 de febrero de 2014

De puerto en puerto.

Posiblemente ninguno de los marineros que estaban esta tarde en el bar de María, charlando con el extranjero, entienda lo que hace. Ellos, a pesar de ser hombres de la mar, tienen raices, aquí, en el pueblo, en su puerto, tal vez por eso no comprendan que  este hombre que a duras penas se expresa en nuestro idioma lleve media vida navegando de puerto en puerto, buscando siempre un destino nuevo, desconocido. Dice ser un hombre libre, sin ataduras. Llega a un puerto, está uno, dos... tres días, y después sigue su rumbo a otro puerto desconocido. A veces un temporal, una avería, lo obliga a recalar donde no pensaba, a buscar el abrigo de un dique, pero después, cuando el temporal amaina, sigue su rumbo a ninguna parte.

Anoche,  en la soledad del faro, la historia del marinero extranjero me trajo a la memoria una cara de mujer, unos labios que se perdían por mi cuerpo hace ya muchos años, unas manos que palpaban cada centímetro de mi piel. ¿Sería ella otra barca que buscaba en los brazos de cada hombre el puerto donde sentirse segura por unos días?

Me desperté de madrugada y su cara volvió a plantarse delante de la mía. Sentado al borde de la cama quise recordar su voz, sus gestos, sus palabras...  Me asomé al balcón y miré la mar, iluminada por la luna llena, y ví un barco que se aleja del puerto. No supe si sería  el extranjero que se marcha o si era el recuerdo de ella alejándose de mí y buscando otros brazos y otra cama que le diesen calor.

Esta mañana, en el puerto, dos amigos hablaban del extranjero. El barco de anoche era el suyo. Se fué de madrugada buscando el abrigo de otro puerto. Como ella. Que triste, navegar errante de puerto en puerto.