11 de febrero de 2014

De puerto en puerto.

Posiblemente ninguno de los marineros que estaban esta tarde en el bar de María, charlando con el extranjero, entienda lo que hace. Ellos, a pesar de ser hombres de la mar, tienen raices, aquí, en el pueblo, en su puerto, tal vez por eso no comprendan que  este hombre que a duras penas se expresa en nuestro idioma lleve media vida navegando de puerto en puerto, buscando siempre un destino nuevo, desconocido. Dice ser un hombre libre, sin ataduras. Llega a un puerto, está uno, dos... tres días, y después sigue su rumbo a otro puerto desconocido. A veces un temporal, una avería, lo obliga a recalar donde no pensaba, a buscar el abrigo de un dique, pero después, cuando el temporal amaina, sigue su rumbo a ninguna parte.

Anoche,  en la soledad del faro, la historia del marinero extranjero me trajo a la memoria una cara de mujer, unos labios que se perdían por mi cuerpo hace ya muchos años, unas manos que palpaban cada centímetro de mi piel. ¿Sería ella otra barca que buscaba en los brazos de cada hombre el puerto donde sentirse segura por unos días?

Me desperté de madrugada y su cara volvió a plantarse delante de la mía. Sentado al borde de la cama quise recordar su voz, sus gestos, sus palabras...  Me asomé al balcón y miré la mar, iluminada por la luna llena, y ví un barco que se aleja del puerto. No supe si sería  el extranjero que se marcha o si era el recuerdo de ella alejándose de mí y buscando otros brazos y otra cama que le diesen calor.

Esta mañana, en el puerto, dos amigos hablaban del extranjero. El barco de anoche era el suyo. Se fué de madrugada buscando el abrigo de otro puerto. Como ella. Que triste, navegar errante de puerto en puerto.

2 comentarios:

Marilyn Recio dijo...

Guau!! Que bien escribes! Cuanta sensibilidad!

;o)

El viejo farero dijo...

Muchas gracias Marilyn, aquí tienes las puertas de este faro abiertas para cuando quieras echar un vistazo.

Un saludo.