26 de febrero de 2014

El Cabo Silleiro de mi libro.

A veces sucede que el final de un camino, de una etapa, se convierte en una mezcla de alegría y de tristeza. Alegría por haber llegado, por haber alcanzado la meta propuesta, por haber superado todos los problemas que surgieron en el camino, tristeza porque ese sueño deja de ser un sueño y se convierte en una realidad, porque el motivo que nos movía a seguir luchando por alcanzarlo desaparece. Es una moneda con sus dos caras que gira lentamente y que, alternativamente,
va dejando ver cada una de ellas. Me pasó hace 5 años, cuando en la ruta por los faros de España llegué a Cabo Silleiro, cerca de Bayona, en Pontevedra.  Habían sido muchas noches buscando información en los mapas, en páginas de internet, buscando la localización de cada uno de ellos, los accesos, las distancias, organizando los recorridos de cada día... Cabo Silleiro era el último, después de 16 días y más de 2.500 kilómetros aquel faro gallego ponía punto final a nuestra ruta de faro en faro. Llegar a su puerta y verlo aquella mañana de niebla fue sentir la satisfacción de un sueño cumplido, sentir que todas aquellas horas en vela  los días previos al viaje, todos los kilómetros, todos los problemas que surgieron y se resolvieron habían merecido la pena.  Pero era sentir, también, que el viaje, la ilusión de llegar a un nuevo destino, se había terminado. Tal vez sea lo malo de convertir los sueños en realidad: que dejan de ser sueños y se convierten en vivencias, en recuerdos. Por eso el vacío que deja el sueño realizado hay que llenarlo con un sueño nuevo.

Ahora, con mi libro, han vuelto a mí los mismos sentimientos, las mismas sensaciones y las mismas emociones. Hace unos días cogí la caja donde dormían los últimos ejemplares para coger unos cuantos y tenerlos a mano para, cuando se vendieran, enviarlos. Abrir la caja fue como ver la cancela del Faro de Cabo Silleiro: el viaje estaba tocando a su fin. 6 ejemplares, solamente 6.  Pasaron por mi cabeza fotogramas de  momentos claves en toda esta historia: el mensajero con las tres cajas procedentes de la editorial, el momento de abrir la primera y tocar, casi con miedo, el primer ejemplar... el primero regalado, el primero vendido... el que con su venta cubría los gastos, el primero que dió beneficios, algún correo de alguien que lo había leído y lo tenía en su mesita de noche... y la tristeza de ver que solamente quedaban 6.

He apartado uno para mí, de recuerdo, porque muy posiblemente no habrá otra edición, he reservado otro para la madre de mi amiga Belén, a quién se lo debo. Otros 3 están reservados para otros tantos amigos que me lo han pedido, y queda uno, el último, el Cabo Silleiro de mi libro. Después de tantos miedos a que no se vendiese, de tantas ilusiones cada vez que alguien me pedía uno, de tantas y tantas cosas, hoy que el libro se ha agotado me siento un poco vacío, como si un hijo se hubiese hecho mayor y se hubiese ido de casa a empezar su propia vida.

Quiero dar las gracias a todas las personas que de una u otra manera han hecho posible que estos días sienta todas estas cosas que siento: 

Paula, mi mujer, que siempre me apoyó para hacer realidad el sueño de editar el libro.
Mari Carmen, mi madrileña preferida, que me hizo el inmenso regalo de sus palabras en el prólogo.
Charo, mi buena amiga, que aportó la mitad del dinero necesario sin saber si algún día lo recuperaría.
María José, que desde Cáceres me animó continuamente a emprender y terminar el camino de editarlo.
Saray Schaetzler, la primera persona que habló de él en su blog desván de palabras y pensamientos.
Lourdes, con su generosa crítica en su blog Libros que voy leyendo.
Ana, mi amiga de Bermeo, que regaló un ejemplar a José María Íñigo y lo promocionó.
Y a todas y cada una de las personas que lo han adquirido.

A todos, un millón de gracias por hacer posible que aquel sueño se hiciese realidad.

11 de febrero de 2014

De puerto en puerto.

Posiblemente ninguno de los marineros que estaban esta tarde en el bar de María, charlando con el extranjero, entienda lo que hace. Ellos, a pesar de ser hombres de la mar, tienen raices, aquí, en el pueblo, en su puerto, tal vez por eso no comprendan que  este hombre que a duras penas se expresa en nuestro idioma lleve media vida navegando de puerto en puerto, buscando siempre un destino nuevo, desconocido. Dice ser un hombre libre, sin ataduras. Llega a un puerto, está uno, dos... tres días, y después sigue su rumbo a otro puerto desconocido. A veces un temporal, una avería, lo obliga a recalar donde no pensaba, a buscar el abrigo de un dique, pero después, cuando el temporal amaina, sigue su rumbo a ninguna parte.

Anoche,  en la soledad del faro, la historia del marinero extranjero me trajo a la memoria una cara de mujer, unos labios que se perdían por mi cuerpo hace ya muchos años, unas manos que palpaban cada centímetro de mi piel. ¿Sería ella otra barca que buscaba en los brazos de cada hombre el puerto donde sentirse segura por unos días?

Me desperté de madrugada y su cara volvió a plantarse delante de la mía. Sentado al borde de la cama quise recordar su voz, sus gestos, sus palabras...  Me asomé al balcón y miré la mar, iluminada por la luna llena, y ví un barco que se aleja del puerto. No supe si sería  el extranjero que se marcha o si era el recuerdo de ella alejándose de mí y buscando otros brazos y otra cama que le diesen calor.

Esta mañana, en el puerto, dos amigos hablaban del extranjero. El barco de anoche era el suyo. Se fué de madrugada buscando el abrigo de otro puerto. Como ella. Que triste, navegar errante de puerto en puerto.