30 de agosto de 2014

Retorno.

Mañana comenzarán a retornar a sus ciudades del interior y  el pueblo volverá a su vida serena y tranquila, con marineros que arreglan sus artes de pesca, con mujeres que los esperan nerviosas cuando salen a la mar, con niños que vuelven al colegio, con el bar de María casi vacío y con el camino del faro solo. Dejarán de llegar cada mañana a la plaza del pueblo, al puerto, con sus cámaras de fotos modernas y caras, con sus teléfonos móviles, que dejaron de usarse para hablar y ahora solamente sirven para enviar mil fotos hechas en la mesa del bar, junto a la barca arrumbada, ante el faro, solamente para enseñar a los que no vinieron que ellos sí lo hicieron, para presumir de dónde están. Qué pena me causan quienes viajan con el único fin de decir que han viajado, quienes se hacen la foto no para llevarse un recuerdo de donde estuvieron, sino para pavonearse de que lo hicieron.
No tardarán mucho en llegar los días grises, el frío, las noches de lluvia, mi faro reflejado en los charcos del camino por las mañanas, mi faro aislado del mundo, yo dentro de mi faro y el viento silbando en las ventanas, queriendo entrar para hacerme compañía. Volveré cada mañana al bar de María con la excusa de tomar mi copita de anís dulce de Cazalla, con la secreta intención de verla, de sentir en mis manos el roce de las suyas y en mis ojos la mirada triste y profunda de sus ojos. Volveré cada noche a sentarme delante de la candela de la chimenea a mirar las lenguas de fuego que acarician los troncos y los van envolviendo y  quemando como un mal amor. Volveré a echarla de menos como la echo de menos cada minuto que no estoy a su lado.  Y cada noche volveré a pensar en aquella frase que hace tiempo me dijo: sobran “míos” y faltan “nuestros”, y cada mañana, camino del pueblo, volveré a decirme que tengo que decírselo, que tengo que contarle que cuando se suman dos soledades la soledad deja de existir.