14 de mayo de 2017

La loca.

Hoy, en el bar de María, algunos amigos  marineros hablaban de su futuro, de dónde pasarían los últimos días de sus vidas. Triste tema de conversación cuando unos aseguran que terminarán en una residencia para ancianos y otros dudan si sus hijos los tendrán en sus casas cuando ellos ya no puedan valerse por sí mismos.  Solamente Manuel, desde su soledad, que se parece a mi soledad, se toma el tema con cierto humor.  Si yo fuese gato, dice, seguro que terminaba viviendo en la casa de la loca.

Me mira María y, por unos segundos, se me hace leer en su mirada una pregunta: Y nosotros, farero, ¿dónde viviremos nuestros últimos años? La esquivo, porque me da miedo acercarme a ella y decirle que, si quiere, envejeceremos juntos en el faro, en su casa, en una isla solitaria, en una ciudad con un millón de personas a nuestro alrededor... pero juntos. Me falta valor para decírselo, como me ha faltado valor siempre para pedírselo. 

Me siento con mis amigos de la mar, charlamos y no sé de que estamos hablando hasta que un golpe seco en mi brazo me trae de nuevo al bar, a la mesa... a la realidad. Es cuestión de tiempo que me levante y me acerque al mostrador que hace de frontera entre María y el resto del mundo, entra ella y yo, una frontera que, a escondidas, furtivamente, se saltan nuestras manos simulando quitar algo de la vieja madera, coger un vaso... 

De regreso al faro me desvío de mi camino y termino pasando por la calle donde vive Amalia, la que muchos llaman la loca de los gatos. Está en la puerta, poniendo comida a sus animales, a sus hijos adoptivos como ella les llama. Son gatos que otras personas fueron abandonando a medida que se reproducían, gatos que dejaron en la calle y que buscaban un pescado caído entre las barcas, un poco de comida que algún marinero dejaba en el puerto, junto a los muros.

Ella, Amalia, los ha ido recogiendo y dándoles comida y cariño. ¿En qué mundo vivimos, que llamamos loco a quien da cariño y protección a unos pobres animales abandonados? ¿Acaso quienes una noche los sacaron de casa y los dejaron tirados en la calle son los cuerdos? No entiendo este mundo, ni a la gente. 

La saludo, me sonríe, y me hace la eterna pregunta: -farero, ¿quieres llevarte uno para el faro? te hará compañía-. Hace años compartí soledades con uno de estos animales. Ella lo s
abe y se aprovecha, y me pregunta si no echo de menos su ronroneo, su calor sobre mis piernas en las noches de invierno.

Ahora, en la soledad del faro, recorro cada habitación, cada recodo, cada escalón...  siento que sobre esta soledad pesa una pena de muerte.



28 de abril de 2017

Tiempos.

Hoy el día ha amanecido gris, desapacible y lluvioso, como si el tiempo hubiese dado marcha atrás y hubiese regresado sobre sus pasos a los días de diciembre o de enero. No es que haga frío, es que el día emana tristeza. 
Mirando las gotas de lluvia deslizarse por los cristales de la ventana me ha venido a la cabeza otra ventana, otros cristales y otras gotas de agua, hace una eternidad, cuando un chiquillo miraba, con la misma tristeza que hoy miro yo la playa, el campo que había frente a su casa, los charcos, las nubes oscuras que lloraban y cuyas lágrimas le impedían salir a la calle a jugar con sus amigos.
Después todo cambiaba. No hacía falta estar mirando por el balcón para saber que había dejado de llover, los gritos de otros críos eran el aviso, la llamada. Era el tiempo de construir presas con piedrecillas y barro, presas que cortaban, por un breve espacio de tiempo, el agua que corría cuesta abajo formando pequeños ríos.
Los juegos de aquella infancia mía estaban marcados por los tiempos: había un tiempo de jugar a las canicas, otro tiempo de jugar a la lima, a los platillos, a los panderos... habían otros juegos que eran atemporales, que podían estar dentro de cualquier tiempo: el fútbol, el coger, la billarda...  
Hoy he hecho un viaje por esos tiempos y me he visto haciendo un pequeño hoyo en la tierra para jugar a los platillos, marcando un rectángulo dividido en siete partes para jugar a la lima, haciendo un pandero con una cola que era una sucesión de tiras de telas viejas que buscábamos Dios sabe donde, yéndonos a los campos donde habían cogido el trigo y quemado los rastrojos a comer granos tostados...
Hoy he decidido que vuelvan los tiempos a mi vida: el tiempo de escribir, el tiempo de leer, el tiempo de tomarse todo menos en serio, el teimpo de dar valor a cada segundo y, sobre todos ellos, atemporal, el tiempo de vivir. 

9 de marzo de 2017

Otra vez ellas.

Han vuelto, como cada año, pocos días antes de que llegue la primavera, con su escandaloso trinar, con sus vuelos a ras de suelo, con sus giros repentinos... son mis amigas las golondrinas.

Desde el balcón del faro las veo, como cada año, irse hacia el pueblo siguiendo el sendero, marcando sobre él giros que el pobre camino no hace. Cuesta, al menos a mí me cuesta, seguirlas con la mirada sin perderlas un instante de vista.

En los naranjos las flores de azahar están dormidas, recogidas sobre sí mismas, como gatos cuando duermen. Dicen que esperan el calor de la primavera para abrirse e inundarlo todo con su olor, pero yo creo que no, que a las flores de azahar las despiertan las golondrinas. 

Ahora empezarán a volar por las calles del pueblo, jugando al pillar, riéndose de la gente, de su andar tremendamente lente visto desde sus pequeños ojillos. Buscarán el barro en las orillas del río y volverán a las cornisas  y a los balcones a reparar sus nidos.

La primavera empieza a desperezarse. También a ella la han despertado las golondrinas.

17 de febrero de 2017

Regreso.

Casi seis meses, un suspiro en la vida, una eternidad en el corazón.
Casi seis meses sin entrar a esta habitación donde, en otros tiempos, pasaba buena parte de la noche en vela, utilizando la vieja máquina de escribir para convertir en palabras ideas y sentimientos, mirando por la ventana el reflejo de la luna llena sobre el mar, oyendo el romper de las olas contra las rocas del acantilado... rozando con la yema de los dedos, como si lo estuviese dibujando, el contorno de un faro que, un día, me regaló María. 
Hoy he vuelto a entrar. Todo sigue igual que aquella noche de finales de septiembre cuando cerré la ventana y la puerta y condené a la pobre habitación a un olvido temporal. Solamente el polvo ha entrado desde entonces y ha ido dejando una fina capa sobre la mesa, sobre el ventilador, sobre la vieja máquina de escribir... como si le fuese poniendo cada noche una fina y transparente sábana a todo.
Hoy en la habitación he hecho un pequeño zafarrancho, como aquel que hace años tuve que hacer en mi corazón. Todo a vuelto, como vuelve la marea alta a besar la playa, como vuelve la luna nueva a ser luna llena, como vuelven las golondrinas en primavera...
Si tú has vuelto al faro sabes que aquí tienes las puertas abiertas para que lo recorras, leyendo, viendo fotografías... si vienes por primera vez tienes mi más sincera  bienvenida.