28 de abril de 2017

Tiempos.

Hoy el día ha amanecido gris, desapacible y lluvioso, como si el tiempo hubiese dado marcha atrás y hubiese regresado sobre sus pasos a los días de diciembre o de enero. No es que haga frío, es que el día emana tristeza. 
Mirando las gotas de lluvia deslizarse por los cristales de la ventana me ha venido a la cabeza otra ventana, otros cristales y otras gotas de agua, hace una eternidad, cuando un chiquillo miraba, con la misma tristeza que hoy miro yo la playa, el campo que había frente a su casa, los charcos, las nubes oscuras que lloraban y cuyas lágrimas le impedían salir a la calle a jugar con sus amigos.
Después todo cambiaba. No hacía falta estar mirando por el balcón para saber que había dejado de llover, los gritos de otros críos eran el aviso, la llamada. Era el tiempo de construir presas con piedrecillas y barro, presas que cortaban, por un breve espacio de tiempo, el agua que corría cuesta abajo formando pequeños ríos.
Los juegos de aquella infancia mía estaban marcados por los tiempos: había un tiempo de jugar a las canicas, otro tiempo de jugar a la lima, a los platillos, a los panderos... habían otros juegos que eran atemporales, que podían estar dentro de cualquier tiempo: el fútbol, el coger, la billarda...  
Hoy he hecho un viaje por esos tiempos y me he visto haciendo un pequeño hoyo en la tierra para jugar a los platillos, marcando un rectángulo dividido en siete partes para jugar a la lima, haciendo un pandero con una cola que era una sucesión de tiras de telas viejas que buscábamos Dios sabe donde, yéndonos a los campos donde habían cogido el trigo y quemado los rastrojos a comer granos tostados...
Hoy he decidido que vuelvan los tiempos a mi vida: el tiempo de escribir, el tiempo de leer, el tiempo de tomarse todo menos en serio, el teimpo de dar valor a cada segundo y, sobre todos ellos, atemporal, el tiempo de vivir.