18 de febrero de 2018

Hay salida.

Hoy el sol se ha quedado dormido entre unas sábanas grises tejidas con niebla y frío. Le ha costado levantarse, salir de la cama e iluminar mi parte del mundo. Yo no, yo he madrugado y me he escapado a la marisma; una eternidad sin visitarla, sin sentir el aire por  el que solamente vuelan  los trinos de los  pájaros, sin oírlo jugar al coger consigo mismo por entre las ramas de los pinos. Niebla, frío, marisma... soledad en estado puro.

El pinar parece más denso que nunca, se diría que cada pino ha creado una réplica de sí mismo, que la niebla ha jugado a ser un dios visible y ha repetido el milagro de los panes y los peces con los pinos. Visto desde fuera se me hace un ejército que no quiere dejarme pasar, que no quiere que lo conozca. Son como esos problemas que la  vida te pone delante y que no te dejan avanzar, que lo pintan todo de colores oscuros, un laberinto sin salida aparente.

He abierto la cancela que cierra el pinar y he entrado. Sensación de frío, de estar solo y de ser observado a la vez. Busco pero no hay nadie, ni siquiera mi sombra me acompaña. Al fondo la luz, la claridad.

Lo he atravesado entero y después he vuelto por otro camino, entre otros pinos. En verdad no hay caminos ni senderos, tú haces el camino, tú decides por donde ir. He vuelto a pasar la cancela que lo delimita y desde el camino he visto un pinar diferente. Sus soldados no me pueden impedir el paso, sus sombras no me asustan, al fondo hay claridad, hay luz. Hay salida.


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