11 de enero de 2019

La hucha de los buenos recuerdos.

Esta mañana, en la tienda de Encarna, varias mujeres hablaban de unas manualidades que andan haciendo en uno de los talleres  que el Ayuntamiento ha organizado este año. Hay tres o cuatro cursos y, en el fondo, todos tienen el mismo objetivo: ocupar parte del tiempo muerto y vacío que muchas de las personas mayores tienen, llenarlo de  entretenimiento, de cualquier actividad que las levante de un sillón en el que se pasan las horas muertas frente a un televisor que les habla de vidas privadas que sus propios protagonistas venden, de muchachas de veintipocos años que se hacen famosas porque han tenido una aventura con el hijo de alguna folclórica, de otras soledades que gente de su edad quieren romper acudiendo a un programa donde el presentador, algunas veces, ridiculiza sus vidas...

Siempre que llego a esta tienda se repite la misma escena: las mujeres primero dejan de hablar y después le dicen a Encarna que me atienda, que ellas no tienen prisa. Yo tampoco la tengo y hoy soy más terco que ellas y me quedo en una esquina del viejo mostrador, oyendo sus comentarios, convirtiéndome en espectador de una parte de sus vidas que casi nunca me dejan conocer.

Valle habla de un bote que tiene que decorar y en el que cada día debe introducir un papel en el que previamente ha escrito algo bueno que le ha pasado durante la jornada. Explica cómo va a decorarlo, donde piensa ponerlo... lo que no tienen tan claro, dice, es si cada día va a tener algo bueno que escribir y guardar. Luego, cuando el año esté tocando a su fin, lo abrirá y leerá todas las cosas buenas que le han pasado durante ese tiempo.

La idea, dice María Luisa, una vecina a la que siempre le gustó leer libros de  psicología, viene de un cuaderno en el que se apuntan tanto las cosas buenas como las malas que nos ocurren y cómo reaccionamos ante ellas en su momento. Después, pasado un tiempo, se leen. Se supone que eso debe ayudarnos a conocemos un poco más a nosotros mismos. Me empieza a interesar el tema pero mi guerra con las mujeres es una guerra perdida desde antes de empezar y, al final, se callan, hacen un gesto a Encarna y la tendera me mira. No hay más que hablar, solamente pedir lo que necesito, pagar y despedirme.

Ahora, mientras fuera la noche lo envuelve todo y la luz de mi faro juega a ser una navaja que rasga las oscuridad y lanza a los marineros guiños en forma de destellos, busco una vieja pluma y, en una repisa, descubro una hucha que lleva allí una eternidad. En verdad es una simple lata con una ranura en su parte superior por la que introducir el dinero. La agito y en su vientre suenan algunas monedas que ni recuerdo cuando las condené a aquella cárcel con forma de cilindro. Tiene pintada una playa y un sol que se oculta en el horizonte. Me acuerdo de la charla de las mujeres en la tienda de Encarna y decido cambiar la utilidad de la hucha. Desde mañana, en vez de unas monedas, meteré en ella un papelito en el que cuente algo bonito, algo positivo que me haya ocurrido. No me pongo fecha para sacarlos, puede ser dentro de una semana, de un mes, de un año... serán mis ahorros emocionales y, cuando una mala noche las penas me superen, abriré mi hucha de buenos recuerdos y los leeré uno a uno, y reviviré por unos segundos aquellos momentos. Llenaré mi corazón de bonitos recuerdos, de cosas positivas con las que comprarle un billete de ida a los malos pensamientos.

Aparece por fin mi vieja pluma y, con ella, empiezo la primera aportación a mi nueva hucha: "Esta tarde, cuando María cerró el bar y nos quedamos solos..."

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