22 de abril de 2009

Desnudo.


Siempre le había resultado tremendamente difícil desnudarse delante de alguien. En unas ocasiones era la vergüenza lo que se lo impedía, otras muchas, posiblemente, la causa era el miedo a que lo viesen tal y como era, sin nada que cubriese o disimulase aquellas formas.
Alguna noche, cuando se quedaban hablando hasta la madrugada, ella, deseosa de conocer mucho más que la imagen que todos tenían de él, le pedía que se desprendiese de algo, que se quitase alguna de las prendas que lo cubrían. -Desnúdate, déjame conocerte por completo como tú me conoces a mi- Pero él seguía vestido, cubierto, protegido por una especie de espeso velo que habitaba entre él y los demás y que tan solo les permitía intuirlo.
Había veces en las que ella conseguía desabrochar un botón y ver una pequeña parte de aquella intimidad tan oculta, veces en las que ella se mostraba sin tapujos, abiertamente, sin nada que ocultar, noches en las que él era incapaz de conciliar el sueño recordándola.
Y sucedió como tantas veces, que una madrugada a él le pesó todo cuanto le cubría, pero esta vez, y a solas con ella, bajó la voz hasta convertirla en un susurro, y comenzó a desnudarse, y tembloroso le mostró lo que tanto tiempo llevaba ocultando. Dejó su alma y sus sentimientos al descubierto como hacía tiempo, otra noche, a solas, había dejado su cuerpo. Se quedó desnudo, indefenso, vulnerable... Abrió su corazón y dejó ver lo que ella intuía, y desnudó, para ella, su alma de hombre enamorado.


El viejo farero.

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