Mostrando entradas con la etiqueta Ruta por los faros portugueses. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ruta por los faros portugueses. Mostrar todas las entradas

12 mayo 2012

Faros de Portugal, y VIII

Mi corazón ha amanecido hoy igual que lo ha hecho el día: éste con unas claridades que buscan abrirse camino entre nubarrones negros, aquel con la ilusión de ver hoy el faro de Santa María, en la isla Culatra, luchando por sobreponerse a la pena de poner dentro de unas horas el cierre a este viaje de ensueño.

A isla Culatra lleva un pequeño barco de pasajeros que parte del puerto de Olhao. En verano va y viene varias veces al día pero en esta época del año, pleno invierno, tan sólo hace un viaje de ida por la mañana y otro de regreso a la tarde.

Como no sabía exactamente el horario de partida me he venido temprano, ahora queda esperar casi 2 horas y me dedico a ver las pequeñas barcas de los pescadores, a tomar un café y a dar una vuelta por el mercado que hay a las orillas del mar y que en otro tiempo debió ser la lonja. Me gusta, cuando visito una ciudad, ver su mercado si es posible. Tal vez sea  que de crío acompañaba a mi madre al de la plaza de la Feria y en cierto modo volver a uno de ellos es volver a aquellas mañanas entre puestos de verduras, con sus bombillas de 60 watios, o la parte del pescado, con lámparas mucho más potente que hacían resaltar a los pobres animales expuestos al público sobre mostradores de mármol blanco.

Disfruto de este paseo en barco, del salpicar de las olas, de las gaviotas persiguiendo a los barcos pesqueros que entran a puerto, de la vista del faro, primero a lo lejos, después un poquito más cerca…

El faro de Santa María se ve desde toda la isla, incluso se ve desde Olhao, y desde el embarcadero hasta su reciento el camino es un paseo entre casas cerradas que seguramente tan sólo se usen en verano o en algunas vacaciones concretas.

Este faro data de 1.851 y fue el primer faro de Portugal en utilizar una lente Fresnel de segundo orden de 700 mm. de longitud focal que daba a la luz un alcance de 15 millas náuticas. Este faro primitivo tenía una altura de 35 metros y su forma era cilíndrica. En 1.922 la torre se recrece y su altura alcanza los 47 metros teniendo entonces su plano focal a 50 metros. A la vez se cambia su aparato óptico por otro con un sistema de rotación más moderno y lámpara de queroseno. Tres años más tarde esta lámpara es sustituida por una de vapor de petróleo incandescente. Pero en 1.929 el faro comienza a tener problemas de estabilidad debido a los cambios realizados y su asentamiento sobre un suelo poco firme y se realizan unos trabajos de afianzamiento instalando a todo lo alto de la torre y por su parte exterior unos pilares y tirantes de hormigón que terminaron dándole el aspecto tan particular que tiene hoy en día, aunque su historia es muy parecida a la del faro español de Trafalgar.

A medida que pasan los años el faro sigue modernizándose y en 1.949 es electrificado con la instalación de generadores y se cambia el sistema de lentes para convertir el faro en aeromarítimo. En 1.995 hay que volver a consolidar  la torre. En esta ocasión la linterna ha de ser desmontada y para no dejar el faro fuera de servicio es instalada durante varios meses sobre un andamio. En 1.997 se rematan los arreglos automatizando el faro y en 2.001 se desinstalan los paneles que lo hacían aeromarítimo dado que ya no era de interés al modernizarse el aeropuerto de la cercana ciudad de Faro.  Hoy en día el faro de Santa María ofrece 4 destellos blancos cada 17 segundos y su alcance es de 25 millas náuticas.

He hablado un ratillo con el farero y como buenamente he podido le he contado mi aventura. Me dejaría subir a la linterna, pero me cuenta que el faro tiene más de 200 escalones y que cada tarde tiene que subir a descorrer las cortinas que protegen la óptica. Si quiero verla tendré que esperar a esa hora, pero el barco que ha de llevarme a Olhao parte antes y perderlo conlleva tres problemas: primero  tendría que volver  en una lancha que hace las veces de taxi y cuyo precio se sale de presupuesto, segundo llegaría tarde a ver el faro de Vila Real, ya de noche y tercero retrasaría más de la cuenta la llegada a casa donde empiezan a esperarme para cenar y para que les cuente las cosas más significativas de este viaje. Tal vez en verano que hay más barcos entre la isla y Olhao sea buen momento para quedarse y subir.

El día parece que quiere ser fiel reflejo de mi estado anímico: durante el tiempo que he estado en la isla el sol lo ha inundado todo pero ahora, en el barco, la tarde se está volviendo gris y fría… triste.  Es ese frío, me digo a mí mismo, el motivo de parar junto al puerto a tomar un último café portugués, pero es también el no querer que este viaje termine, el deseo de alargarlo un poco más, de mirar otra vez el mar, el puerto de Olhao, el faro de Santa María.

El faro de Vila Real do Santo Antonio es el faro más oriental de todos los faros portugueses y está muy muy cerca de Ayamonte. Tanto es así que está más cerca de territorio español que del mismo mar. Del faro a la costa hay más de 1.600 metros, del faro a la frontera con España menos de la mitad: 750 metros. Curiosidades de la vida.

Este faro comenzó a funcionar en enero de 1.923 tras muchos años de discusión sobre el método de construcción ya que se encuentra sobre un lecho arenoso.  Es una torre cilíndrica de 46 metros de altura, de color blanco con unas estrechas franjas horizontales en negro y la linterna, como siempre, pintada de rojo. Su plano focal está a 52 metros sobre el nivel del mar.
En 1.927 el faro se electrifica a través de unos generadores y 20 años más tarde es conectado a la red pública de electricidad, es entonces cuando la vieja maquinaria de relojería que propiciaba el giro de la lente es sustituida por un motor. En el año 1.960 se le instala un ascensor y en 1.983 la lámpara de 3.000 watios que usaba es cambiada por una de 1.000 que ofrece un alcance de 26 millas náuticas y da un destello blanco cada 6,5 segundos. Seis años después el faro se automatiza y se queda sin fareros.
Acaba de empezar diciembre y la tarde se vuelve tremendamente fría. Regreso al coche a paso lento y guardo la cámara con la misma lentitud.


EPÍLOGO:
Se ha terminado la ruta de los faros portugueses, uno de los viajes más maravillosos de mi vida. Podría resumir este viaje con una serie de números: decir que han sido más de 2.600 kilómetros, que han sido 8 días, que han habido mil paisajes diferentes  o que han sido más de 30 los faros que he visto y 3 a los que he entrado. Pero las cosas no siempre se pueden expresar en números. ¿Cómo os cuento los nervios de la noche anterior a la partida? ¿Cómo hago para que imaginéis aunque sea remotamente la emoción al ser invitado a subir al primer faro, a ver su alma? ¿Y ver el mar desde allí arriba como sólo  lo ven el faro y el farero?
Han sido faros de más de 50 metros y faros que apenas si pasaban de los 10. Faros de obra y faros de hierro, faros con fama mundial y faros completamente anónimos y desconocidos. Torres cilíndricas, torres cuadradas… faros en una playa, en un puerto, sobre los muros de una fortaleza o asomados a un acantilado. Ha sido un farero desagradable y varios que eran todo generosidad.
El viaje físico, el que se cuenta en kilómetros y en días, terminó la noche del 2 de diciembre cuando entré en Sevilla, pero hay otro viaje que aún sigue en marcha. Es un viaje de recuerdos preciosos, de sonrisas que se escapan sin que las controle cuando de repente me viene a la cabeza uno de los cientos de momentos vividos en Portugal, cuando escribo esta historia, cuando copio una de las cientos de fotografías que hice para compartirla con vosotros.
Los faros son lugares mágicos, son lugares de encuentro: de la tierra con el mar, de la oscuridad con la luz, del hombre con la naturaleza, de paisajes limitados por montes con paisajes de un azul infinito.  Los faros no son solamente la torre que sostiene la linterna, no son una luz que gira o hace guiños cada noche, los faros son mucho más: Son el acantilado al que se asoma y la soledad, son el amigo callado que siempre está ahí para ayudar. Es imposible llegar a un lugar donde hay un faro y no mirarlo, no sentir cierto interés por sus formas, por su luz, por cómo será por dentro. Y de esto, de cómo son algunos faros por dentro, os hablaré en breve. Conocía de esa manera 3 faros españoles, 2 de ellos son los 2 únicos faros visitables de España y para entrar tan sólo hace falta pagar una entrada, son la Torre de Hércules y el de Chipiona, pero hay personas generosas (Mario, Rafael, Pepe, Belén y José Ramón) y gracias a ellas hoy son 12 los faros a los que he tenido la suerte de subir. De todos ellos, además de la vivencia, me he traído fotografías de sus escaleras que también compartiré con vosotros.
A quienes habéis seguido esta ruta, mil gracias; a quienes os gustan los faros una sugerencia: Id a verlos.



El viejo farero.


05 mayo 2012

Faros de Portugal, VII


El desayuno en el pequeño comedor del hotelito es la despedida de esta esquina del mundo. Las calles de Sagres están desiertas y más que circular paseo por ellas. No es que Sagres tenga en sus edificios nada de especial, pero es Sagres: la puerta del Cabo San Vicente. Dejarla es dejar atrás un sitio mítico para mí.

Hoy el primer destino es a la entrada de la ciudad de Lagos, un lugar llamado Ponta da Piedade.  Ponta Piedade es una zona costera de acantilados y grutas.  Es una especie de transición entre los acantilados de Cabo San Vicente y las playas Albufeira o Faro.   Aquí hay pequeños barcos que ofrecen paseos junto a la costa, adentrándose algunas veces por arcos que el agua y el viento han ido labrando en esta piedra arenisca. Y aquí está también el faro de Ponta da Piedade.

La primera sensación que produce este faro, al menos a mí, es de soledad y abandono. Es un edificio de planta rectangular de color amarillento y adosada al mismo está la torre, cuadrada, de mampostería, con linterna pintada de rojo.  A cada lado del edificio según se mira desde la entrada se alzan dos palmeras que con el paso de los años han terminado superando en altura al mismo faro y ahora parecen escoltarlo y cuidarlo.  Todo el recinto está rodeado por una alambrada que le da cierto aire de prisión, de zona prohibida, de esos sitios en los que algo te impulsa a desobedecer el mensaje y entrar.

El faro es relativamente moderno ya que data de 1.913 y se edificó sobre las ruinas de la ermita de Nossa Senhora da Piedade. Comenzó a funcionar con un sistema óptico de 4º orden que emitía  un grupo de 5 destellos cada 10 segundos utilizando petróleo.  En 1.923 la luz pasa a ser de ocultaciones ofreciendo una ocultación de de 2,5 segundos cada 69.5 segundos.   Ya en 1.952 el sistema de petróleo es sustituido por una lámpara eléctrica y el faro se conecta a la red pública obteniendo entonces un alcance de 15 millas náuticas que más tarde se ampliaría a 18.  El faro fue automatizado en 1.983, tiene una altura de 10 metros y su plano focal se encuentra a 51, su alcance es de 20 millas y ofrece un destello de luz blanca cada 7 segundos.


Es imperdonable estar en Ponta Piedade y no sentir el vértigo que produce asomarse a sus acantilados o tomar el sendero, lleno de escalones, que baja hasta el mismísimo mar, a una mínima plataforma de hormigón diseñada para embarcar, cuando el mar lo permite, en uno de esos barquitos que te enseñan el acantilado desde otro punto de vista. Y a eso y a hacer fotografías me dedico durante un buen rato. Después toca subir lo bajado, volver a las puertas del faro y coger el coche para seguir el camino.

50 kilómetros al este del Lagos el río Arade desemboca en el mar formado un pequeño estuario en cuya orilla derecha está el puerto de Portimao y en la izquierdo el pueblecito de Ferragudo.  Un poco más adelante, en un saliente de la costa, está el faro de la Ponta do Altar.  Llegar hasta él se me  ha complicado más de la cuenta debido a una urbanización nueva de la que no terminaba de salir. Al final alguien me indica el camino (Martita me tenía loco y siempre volvía a la misma calle sin salida). 

La visita a este faro la salva el paisaje que se ve desde el saliente en el que se encuentra. El faro en sí es uno de los más sosos del viaje, rodeado con otra alambrada como el de Ponta Piedade, supongo que al estar automatizado y no tener farero el vandalismo comienza  a hacerse notar. Por si fuera poco junto al faro hay una torre de comunicaciones inmensa y fría que lo empequeñece más aún. Le hago un par de fotos y me voy a ver el mar, Portimao, la desembocadura del Arade y una playa cercana.

El faro de la Ponta do Altar tiene una altura total de 10 metros y su plano focal se encuentra a  32. Comenzó a funcionar en 1.893.  Tiene un diseño poco frecuente entre los faros portugueses ya que está formado por un edificio rectangular de una sola planta, pintado de blanco y esquinas de mampostería,  con tejado a dos aguas de teja roja y arrancando de uno de sus lados una pequeña torre cuadrada rematada por una linterna pintada de color rojo.

Este faro, al igual que el de Ponta da Piedade, se automatizó en el año 1.983, su óptica está formada por una lente Fresnel de 5º orden que tiene un alcance de 16 millas náuticas ofreciendo un destello blanco cada 5 segundos.

Ya solamente me quedan 3 faros por visitar en este viaje. En condiciones normales podría verlos todos hoy pero uno de ellos está en una isla, la de Culatra, frente a la población de Olhao y el barco que lleva hasta allí en esta época del año solamente sale del puerto de Olhao una vez al día, a las 10 y media de la mañana así que hoy toca hacer noche cerca de Albufeira y mañana  ir a la isla.  Y como hoy solamente queda que ver el faro de Alfanzina y tengo tiempo de sobra aprovecho para visitar un pequeño pueblecito de la costa: Carvoeiro.

Carvoeiro tiene una pequeña playa en la que también se ven pequeñas barcas de pesca.  A uno y otro lado de la playa hay unos cerros, edificados, por los que suben las calles y un camino que va dando continuamente primero a la playa y después al mar.  Desde aquí arriba hay unas vistas preciosas y aunque el camino, haciéndolo a pie, es un poco duro, merece la pena.  Al bajar hago una paradita para tomar una cerveza y después en una tienda de recuerdos encuentro dos apliques para poner en la pared. Sí, son dos faros.

A menos de media hora de camino está el último faro de hoy: Alfanzina. En 1.913 comenzó a estudiarse su ubicación, después de ver varias posibilidades se optó por este promontorio rocoso y en 1.920 el faro comenzó a funcionar. Tiene, adosada a los edificios de servicio,  una torre cuadrada de mampostería de 23 metros de altura  que da al faro un plano focal de 56 metros. Está rematada por una linterna pintada de rojo con un aspecto muy parecido a la del Cabo San Vicente, aunque bastante más pequeña. 


 En 1.952 se ampliaron las instalaciones y se construye una casa para el farero. Al faro llevaba un camino de tierra que en días de invierno lo dejaba aislado hasta que en 1.961 se arregla y se asfalta convirtiéndolo en carretera, pero tendría que esperar hasta el verano de 1.980 para ser conectado a la red eléctrica. Al año siguiente se automatiza y hoy en día tiene un alcance de 29 millas náuticas ofreciendo 2 destellos blancos cada 15 segundos.

A  tiro de piedra casi de este faro se encuentra una de las playas más pequeñas, bonitas y originales de cuantas conozco: la playa do Carvalho; pero hace unos años cuando  la descubrimos de manera accidental y, por sus características, Lucía, mi hija, la bautizó con el nombre de “Playa de los Piratas”. Y ese es el nombre que pone el bote de cristal donde guardo una poquita de su arena y que forma parte de esa colección de arenas de playas, la inmensa mayoría visitadas y unas cuantas regaladas, que ya pasan de 70.

La playa de los Piratas es una pequeña entrada del mar en la tierra. Quitando la parte que da al mar el resto está completamente rodeada por un acantilado vertical. Lo más original de ella es su acceso. Para llegar a la arena no hay que bajar por las paredes, es imposible, no hay camino; para llegar a la playa hay que ir hasta lo que sería su parte trasera; allí un túnel excavado en la piedra arenisca y cuyo suelo es una escalera nos lleva a la orilla del mar. Si alguna vez estáis cerca de esta zona buscad la urbanización Atlántico Club, cerca del faro de Alfanzina. Una vez comienza la urbanización solamente hay que seguir la calle hasta el final, termina en una pequeña placita y al fondo, en el lado izquierdo, arranca el camino que lleva a la playa de los Piratas. No os arrepentiréis si vais.


Cerca de Albufeira está el hotel donde pasaré la última noche en Portugal en este viaje. Mañana toca el único faro de todos los de esta ruta que está en una isla. Después Vila Real do Santo Antonio, el último. 

12 abril 2012

Faros de Portugal, VI.

Hace más de 2.000 años Estrabón definió la zona del Cabo San Vicente como "el último lugar habitado de la Tierra". Algo de razón tenía. De todos los cabos en los que he estado hay dos lugares en los que me he sentido literalmente en el fin del mundo: Estaca de Bares y  este Cabo de San Vicente.  Tanto si vienes desde el norte por la costa portuguesa como si lo haces desde el este aquí en el Cabo San Vicente se termina la tierra. No hay más. No es el punto más occidental de Europa, pero es donde se termina todo, es el último pedazo de tierra europea que veían los marineros que partían para  África y  América y el primero en ver a su regreso. Por ello a comienzos del siglo XVI durante el reinado de Manuel I de Portugal el obispo del Algarve, Fernando Coutinho, mandó construir en el cabo una fortaleza y una torre que hiciese las veces de faro. 

Inglaterra siempre se ha enriquecido de lo que ha ido robando a pueblos invadidos (que se lo digan a Egipto) o colonizados y de lo que sus piratas robaban en la mar asaltando barcos;  y fue uno de estos, Francis Drake, quien en 1.587 llevó la cultura inglesa al Cabo de San Vicente en forma de destrucción y saqueo de la fortaleza. En 1.606 Felipe II de Portugal manda reconstruir el faro que está en funcionamiento hasta 1.755, año en que es arrasado por el terremoto de Lisboa.



Pasarían más de 90 años hasta que un nuevo faro guiase a los hombres de la mar en esta zona y fue mandado construir por la reina María II de Portugal entrando en funcionamiento en octubre de 1.846. Estaba equipado con una óptica catadióptrica y 16 candeleros de aceite y reflectores parabólicos de cobre galvanizados en plata. Su alcance era tan sólo de 6 millas náuticas. La óptica tardaba 2 minutos en dar la vuelta y durante ese tiempo daba unos destellos durante 2 segundos de manera que durante 1 minuto y 58 segundos no se veía luz alguna.


El faro poco a poco fue quedando desatendido hasta llegar a un abandono casi total hasta que en 1.897 comienzan unas obras de restauración y mejora que se prolongan durante 11 años.  Su altura se eleva en más de 5 metros y se le instala una óptica con lentes hiperradiantes de Fresnel. Este tipo de lentes son las de mayor tamaño y en el mundo no llegan a 10 los faros  que disponen de ellas siendo la mayor de todas las existentes en los faros portugueses. Para hacernos una idea del tamaño unos datos: Está compuesta por tres paneles, cada uno de ellos de 3,58 metros de altura y una superficie de 8 metros cuadrados. Su distancia focal (distancia entre la fuente luminosa, en este caso la lámpara,  y los cristales de la óptica en sí) es de 1.330 milímetros.  Imaginad  una caja de cristal, con 3 lados, 3,58 metros de alta y 2,70 de ancha. Grande ¿verdad? Pues así es la óptica de este faro: inmensa.  Pero la óptica, a pesar de su tamaño y de su correspondiente peso hay que hacerla girar. Entre los problemas que daría colocar la óptica sobre unos rodamientos tenemos el del desgaste. A medida que se fuesen desgastando el giro sería más lento con lo que la frecuencia de los destellos que identifican al faro variaría y llevaría a engaño. Para ello la óptica está instalada y flota sobre una cubeta que contiene 313 kilos de mercurio; el roce es prácticamente cero y el giro se realiza mediante un mecanismo de relojería.




De la fuente de iluminación primitiva formada por un candelero de aceite de 5 mechas se pasó a una lámpara de incandescencia de vapor de petróleo, se electrificó en 1.926 mediante generadores y  en 1.949 fue conectado a la red eléctrica pasando su funcionamiento a automático en 1.982. Hoy en día es una torre cilíndrica de piedra y linterna pintada  de rojo,  la altura del faro es de 28 metros y su plano focal es de 86 metros sobre el nivel del mar. Ofrece un destello de luz blanca cada 5 segundos y su alcance es de 32 millas náuticas, o lo que es lo mismo: casi 60 kilómetros.





En los edificios aledaños al faro se han instalado un centro de visitante y una tienda de recuerdos y objetos relacionados con los faros.  Delante del edificio hay un aparcamiento donde cada día montan una especie de mercadillo en el que  puedes comprar desde caracolas marinas al típico gallo portugués pasando por bufandas, abrigos, toallas…  y cada tarde cientos de personas acuden al Cabo a ver la puesta de sol.

Y ahora, con el sol ya escondido y el faro convertido en señor de la costa y del mar, regreso a Sagres donde pasaré la noche. Hoy el hotel es un hotelito, el más pequeño de cuantos he usado hasta ahora pero con encanto.  Se llama La Casa Azul y lo lleva una pareja joven y  encantadora, y a pesar de ser moderno mantiene los colores azul y blanco tan propios de estas tierras. Tiene wifi gratis y por si no llevas portátil o móvil tienen un ordenador conectado a internet que te dejan usar sin problemas.  Si alguna vez estáis por la zona y tenéis que hacer noche éste es un buen sitio. Y si además es miércoles aprovechad para visitar el faro por la tarde.




30 marzo 2012

Faros de Portugal, V.

Ayer recorrí  la parte de costa donde menos distancia hay de uno a otro faro, de hecho en 140 kilómetros que hice vi 7, uno cada 20 kilómetros de media. Hoy es diferente y con un recorrido previsto de unos 300 kilómetros los faros que veré son solamente 4. Es una costa diferente en la que prácticamente no hay ningún puerto importante salvo el de Sines, y es aquí donde está el primer faro del día.

El faro de Sines es un faro con una historia un tanto particular. Podríamos decir que con el tiempo le pusieron unos incómodos  vecinos y el faro se mudó 3 plantas más arriba. Suena raro, lo sé, así que mejor os cuento la historia real.

El faro está automatizado desde 1.995 y su alcance es de 26 millas náuticas dando 2 destellos blancos cada 15 segundos. Se construyó casi en el extremo del cabo del mismo nombre 1.880 y era una torre cilíndrica de color blanco que arrancaba desde el mismo edificio que servía de casa al farero y de almacén. Tenía una altura de 11 metros aproximadamente y  su plano focal era de 45 metros. En los años 90 del siglo pasado casi toda la zona que rodea el faro se llenó de tuberías y depósitos inmensos de petróleo y la luz del faro era difícil  distinguirla o incluso verla. A grandes males grandes soluciones dice el dicho, y con el faro de Sines lo aplicaron al pie de la letra. Desmontaron la linterna y sobre el faro levantaron otro faro, otra torre cilíndrica y blanca solamente un poco más estrecha. La linterna fue sustituida por otra más moderna y original dejando como recuerdo de la antigua la barandilla roja que la rodeaba. Hoy el faro tiene 22 metros de alto. Por dentro tenía una escalera impresionante, propia del siglo XIX y a la hora de ampliarlo la misma luz que ilumina a los barcos en las noches iluminó la mente de quienes harían la obra: La escalera nueva era una copia exacta y continuación de la original. Matrícula de honor para una obra hecha en 1.993 cuando es España los faros que se alzaban nuevos eran una torre de hormigón sin el más mínimo encanto.

Después de hacerle desde fuera varias fotos y justo en el momento de recoger la cámara para meterla en el coche aparca otro junto a mí. Un señor se baja, da los buenos días y yo aprovecho para preguntar si es el “faroleiro”. Sí, lo es.  Ahora toca contarle el viaje que estoy haciendo y… ¡bingo! “toma la cámara y ven conmigo” me dice. He aquí el resultado de la invitación.



























Dejo Sines con una sonrisa en la cara que me dura hasta el siguiente destino: Vila Nova de Milfontes. Es una villa situada en la margen derecha del río Mira unos centenares de metros antes de su desembocadura. Entre el pueblo y el mar hay un pequeño cabo rodeado casi en su totalidad por playas de manera que una parte es playa marina y otra playa fluvial. Y es en este pequeño cabo donde se encuentra lo que más que un faro es una baliza. No sé que alcance tendrá, pero para considerarse faro ha de ser superior a 10 millas y dudo que esta luz supere ese mínimo.

Es, literalmente, una luz puesta en la fachada de una casa. Está sobre un soporte, una especie de balda, justo delante de una ventana que hace de espejo para reflejar la luz hacia la entrada del río y que también se abre para acceder a la óptica cuando es necesario. Está a 5 metros del suelo y su plano focal es de 23 metros.



Buscamos un faro de verdad y el siguiente en la lista es el de Cabo Sardao, un faro relativamente moderno ya que aunque se propuso en 1.883 no se construyó hasta 1.915;  tiene una altura de 17 metros, un plano focal de 68 y un farero que odia a los niños de tal manera que podía ser descendiente del mismísimo Herodes.

Hoy es miércoles y algunos faros portugueses  abren al público para conmemorar el Día Nacional del Mar. Delante de este faro hay un autobús escolar y del recinto salen un montón de chiquillos de 8 ó 9 años. Arriba, en el balcón de la linterna, otros cuantos jalean a los de abajo. El farero sale detrás del último y cuando se marchan le pregunto si se puede visitar. Hoy es mal día, toca niños… y cuando otro autobús se acerca a la entrada la cara del pobre farero es un poema. Tengo la sensación de que le surge una duda: si  tirar a los niños desde lo alto del faro o si tirarse él.


El faro es una torre cuadrada de mampostería, pintada de blanco excepto las aristas que son de piedra vista. La linterna y la barandilla, para variar, están pintadas de rojo y dentro de los faros portugueses es un poco la oveja negra. Hasta los años 50 la estafeta de correos le cobraba un extra por lo lejos que estaba y por lo intransitable del camino en invierno. Además, desde 1.950 la electricidad de la que se surtía el faro procedía de dos grupos generadores y tenía una lámpara de 3.000 watios… hasta que en 1.984 es conectado a la Red Eléctrica de Distribución Pública que le reduce la potencia y la lámpara es cambiada por una de 1.000 watios, lo que le da un alcance de 23 millas.  Otra curiosidad es que es el único faro de este tipo cuya torre en lugar de estar en el lado del edificio que da al mar está en el opuesto. No me extraña que el farero ande de mal temple.

Después de tantos kilómetros recorridos tan sólo me quedan 100 bajando hacia el Sur, hasta Sagres. Allí  pondré rumbo Este y comenzaré a acercarme a Andalucía. Y será en Sagres donde hoy pase la noche, pero antes veré su puerto, sus acantilados, su fortaleza de Beliche y, por supuesto, el faro de los faros portugueses: Cabo San Vicente.

Cabo San Vicente es el último faro que toca ver hoy pero es un faro muy especial para mí. Desde que comprendí los mapas cuando aún era un crío el Cabo San Vicente siempre me llamó la atención: era donde se acababa el mundo, donde la costa daba de repente un giro y se iba hacia el Norte. Se convirtió en una meta, un lugar al que antes o después tenía que ir.  Un buen día, muchos años después de saber qué era y dónde estaba  aquel sitio tan especial, lo conocí. Han pasado muchos años desde aquella visita y aun hoy, cuando vuelvo, recuerdo aquella primera vez y me invade el mismo nerviosismo, la misma ilusión. Llegar a Sagres es encontrar el regalo que los reyes magos  han dejado al niño que aún vive dentro de mí, recorrer los pocos kilómetros que quedan para llegar al cabo es ir desenvolviéndolo. Y al final el faro, la caja abierta,  el regalo dentro,  el regalo en mis manos.

Cabo San Vicente es el primer faro que visité, que conocí por dentro, y es el faro que está en la cabecera de este blog. Es, por decirlo de algún modo, mi faro. Por ello, aunque forme parte de la ruta de hoy me vais a permitir que lo deje  para el siguiente relato, para que esté solo, para dedicárselo en exclusiva.

20 marzo 2012

Faros de Portugal, IV.


Todo lo que hasta ayer había sido sol y buen tiempo hoy se ha tornado en un día gris y con una niebla que no deja ver a más de 100 metros. Mal se pinta el día para hacer fotografías, sobre todo teniendo en cuenta que en el recorrido de hoy hay más de un faro al que tendría que tirarle las fotos desde muy lejos.

Esta zona de la costa portuguesa por la que ando desde ayer es realmente rica en faros: en un tramo de menos de 60 kilómetros pueden verse hasta 6 faros en funcionamiento y otros 2 fuera de uso. Entre el de Santa Marta y el próximo que toca ver, el del fuerte de Sao Juliao da Barra,  hay tan sólo 15 kilómetros.

El faro es básicamente una linterna montada sobre una torre del fuerte. Por si el problema de la niebla fuese poco el acceso al fuerte está prohibido y el faro queda muy lejos. Tengo que recurrir al teleobjetivo, un 100/400, para intentar sacar una fotografía medianamente aceptable.

El plano focal de este faro está a 39 metros sobre el nivel del mar y emite una luz roja cada 3 segundos.  Frente a él, en el estuario del Tajo y en un islote, está el faro del Bugío. Ambos señalan la entrada al puerto de Lisboa y marcan lo que los marineros llaman "el paso entre las torres", dado que el curso de navegación discurre entre ambos faros.

Este fuerte de Sao Juliao da Barra protegió durante siglos la entrada a Lisboa siendo un punto clave en su defensa. El faro no se sabe exactamente cuándo comenzó a funcionar, pero hay datos de que fue reparado tras el terremoto de 1.755.  Se automatizó en 1.980 y tiene un alcance de 14 millas.

El siguiente faro debería ser el de Bugío, pero es literalmente imposible verlo. Es el primero de cuantos tenía en la lista que se queda sin ver y, lógicamente, sin fotografiar, así que no queda otra opción que olvidarse de él y seguir el camino hacia el siguiente: Gibalta.

Se encuentra a pocos metros de una carretera de dos carriles en cada sentido sin un solo hueco donde detenerse. No va el día muy bien que digamos y no me queda más remedio que seguir adelante y buscar algún sitio donde dar la vuelta. Al otro lado de la carretera hay un barrio y una vía de servicio donde dejo el coche, pero ahora toca cruzar la avenida que, por si  no hay bastante, tiene una curva a pocos metros. Después de hacerlo y estar en el lado bueno me río yo de los deportes de riesgo.

Al menos el faro de Gibalta es un faro original y verlo de cerca compensa. A sus pies pasa la vía del tren (casi con tanto tráfico como la carretera) así que el faro está rodeado por una y otra y hasta él solamente llega un camino que procede del barrio y pasa bajo la carretera. Se inauguró en 1.954 en sustitución de otro que destruyó un terremoto 2 años antes y es una torre cilíndrica blanca con nervios verticales pintados de rojo, de 21 metros de altura y un plano focal de 31. Su linterna está pintada también de rojo y cerrada por todos lados excepto una pantalla que mira al mar. Visto desde lejos el faro parece completamente blanco, si acaso con unas finas rayas rojas verticales que, a medida que nos acercamos van dándole otra imagen. En 1.981 cuando se automatizó, dejo de tener su propio "faroleiro". Tiene un alcance de 21 millas y su luz es roja.

Algunas veces se habla de la Torre de Belém como faro. Lo cierto es que la torre como tal nunca lo fue y ni tan siquiera hubo una linterna sobre ella como sucede en otras fortalezas.  La torre forma parte de las fortificaciones que se levantaron en el siglo XVI para la defensa de Lisboa. En 1.886 se instaló junto a ella una estructura sobre la que se montó una linterna. En 1.945 la linterna se trasladó al faro de Santa Clara, en la isla de Sao Miguel, en las Azores. Al quedarse sin linterna el esqueleto que hacía de soporte dejó de tener sentido y fue también desmontado.

Cruzando el puente del 25 de Abril, al otro lado del Tajo se encuentra Cacilhas cuyo faro tiene una historia preciosa. Es una torre cilíndrica de hierro, de 15 metros de altura y menos de metro y medio de diámetro, del mismo estilo que los que existen más al norte como por ejemplo Esposende.  El faro data de 1.886 pero no siempre ha estado ni en el mismo punto ni siquiera en la misma ciudad. Es un faro que, si tuviese vida, habría visto desde su linterna al río Tajo correr a sus pies, habría visto el mar, habría navegado por él y habría visto a otros faros de la misma manera que los ven los barcos.  Os cuento:

En 1.978 se remodelaron y ampliaron las instalaciones portuarias de Cacilhas y el faro quedó desactivado. 5 años más tarde, en 1.983, la Armada portuguesa decide desmontarlo y trasladarlo a la isla Terceira, en las Azores. Durante muchos años los vecinos de Cacilhas protestaron y exigieron la devolución de su faro. Estas protestas para recuperarlo  arreciaron sobremanera cuando en 2.004 el faro es desactivado en la isla y queda fuera de servicio. Al final los vecinos de Cacilhas triunfaron y en 2.007 consiguen que la Armada acepte devolverles su  faro que regresa a casa y es reinstalado y reinaugurado en julio de 2.009.  A su regreso fue pintado de negro, tal como estaba en 1.964 pero más tarde le cambiaron el color por el rojo característico de estas torres, lo que trajo una nueva controversia. Hoy en día luce de manera testimonial  una pequeña luz roja continua. Y ahí está, en casa, mirando otra vez al Tajo y a Lisboa.

A una hora de carretera al sur de la capital portuguesa el Cabo Espichel es otro fin del mundo.  Desde Azóia, el último pueblo por el que se pasa, hasta el faro, no hay más de 4 kilómetros, pero son 4 kilómetros de campo abierto, de soledad. Al final la carretera termina en un lugar llamado Senhora do Cabo, un antiguo monasterio con una  especie de plaza mayor semiabandonada con soportales, en forma de U y una iglesia al fondo. Pero unos metros antes un camino de tierra que parte del lado izquierdo de la carretera nos lleva al faro. Tiene una altura de 31 metros y su plano focal es de 168 metros. Comenzó a funcionar en 1.790 y hoy en día emite un destello blanco cada 4 segundos con un alcance de 26 millas marinas. Es una torre hexagonal de sección variable recubierta de azulejos blancos excepto en las molduras de piedra. 

Debido a lo aislado del lugar el faro no se automatizó hasta 1.989, está considerado uno de los más importantes del país y su mantenimiento sigue estando a cargo de un grupo de 3 fareros que se turnan en las labores.  Parece ser que ya en 1.430 los monjes del monasterio de Nuestra Señora del Cabo  ayudaban a los marineros con una luz que encendían en una de las ventanas del edificio.

El faro se encuentra sobre unos acantilados que rondan los 100 metros de altura pero está unos 200 metros tierra adentro. Lo lógico sería pensar que los faros deben estar al filo del acantilado ya que a medida que se alejan de él y se meten tierra adentro va quedando una zona muerta de mar junto a la costa en la que la luz del faro es ocultada por el mismo acantilado.  Precisamente es esto lo que se busca en algunas ocasiones ya que hay costas con bajos peligrosos y cuando un barco se acerca demasiado a ella corre peligro de encallar. El hecho de dejar de ver la luz del faro es precisamente la señal de alarma para los barcos, es como decirles: "Si no me ves es que estás demasiado cerca de la costa".  




Las linternas de los faros de Cabo da Roca y Cabo Espichel tienen  cosas en común.





Dejo atrás la soledad y la tranquilidad del Cabo Espichel y me dirijo a la ciudad de Sesimbra donde hay un fuerte llamado del Cavalo y dentro su respectivo faro.

Esta torre, en condiciones normales, solamente es visible de manera parcial desde fuera del fuerte, pero me acerco a la puerta y llamo y al señor que me abre le cuento como buenamente puedo mi aventura de ir de faro en faro fotografiándolos y le pido permiso para entrar y verlo desde más cerca. Simpático el portugués que me invita a pasar, a hacer cuantas fotos quiera y a dar un paseo por el jardín. Es el vigilante del fuerte y su casa forma parte del mismo. Hay personas que viven en sitios muy parecidos al cielo.


El faro es del mismo modelo que ya había visto antes: Una torre cilíndrica de hierro, en principio pintada de color blanco hasta 1.959 en que pintó de rojo, de 7 metros de altura y cuyo plano focal se encuentra a 35 sobre el mar. Se construyó en 1.895 y en septiembre del año siguiente comenzó a funcionar con una luz fija de color rojo hasta 1.927 en que se alteró y comenzó a ser un faro de ocultaciones. Se llama de ocultaciones a la luz que permanece encendida y que cada cierto tiempo (4 segundos por ejemplo) se apaga. Este faro se electrificó en 1.972 y pasó a ser automático en 1.983 siendo su alcance actual  de 14 millas.

El fuerte está sobre un promontorio y  la carretera por la que se entra y se sale baja irremediablemente hasta el puerto de Sesimbra que está a sus pies. Es buena hora para darse un paseo por él y ver sus barcos de pesca atracados, los marineros cosiendo las redes… y para tomarse una cerveza y un plato de pescado en un pequeño bar donde hacen lo mismo cuatro o cinco hombres que aun llevan puestas las botas de agua que usan en los barcos.

Me siento fuera, al sol que ha empezado a lucir hace poco y del bar sale una mujer para atenderme. Lleva su delantal blanco, su pelo recogido…  por unos segundos creo estar en el bar de María y ser el viejo farero con los amigos marineros en la mesa de al lado y ella mirándome a los ojos.  ¿Se llamará María esta mujer? No me atrevo a preguntarle. Ella en cambio, al traerme la cerveza y un platito de aceitunas mira la cámara de fotos que está sobre la mesa  y me pregunta casi por gestos si ando haciendo fotos a los barcos. Le digo que no y le enseño en la pequeña pantalla de la cámara algunas de las fotografías de los faros. Tan sólo reconoce el que tiene a 400 metros de su bar, sonríe y me dice que tengo suerte de hacer algo así: ella siempre ha estado allí, "como el faro", me dice.

Si en el Cabo da Roca era el paisaje lo que me retenía y hacía difícil dejarlo atrás aquí es la sencillez, lo humano de esta gente, de los hombres que están en la meas de al lado, de esta mujer que lleva toda su vida aquí y que ha salido 4 veces a preguntarme si todo estaba bien, a mirar los barcos.  Es curioso y triste que un faro, el de Cacilhas, haya viajado más que esta mujer. Si hubiese llevado un ejemplar del libro se lo hubiese regalado sin dudarlo un segundo.

Me espera Setúbal para ver el último faro del día y después para hacer noche. Es el faro de Outao, en la orilla del río Sado. Es una torre hexagonal de 11 metros de alto y plano focal de 34 metros, instalada sobre un fuerte. La parte inferior de la torre está pintada de blanco mientras que la superior es de piedra. Tiene dos barandillas, ambas pintadas de rojo igual que la linterna. Tiene un alcance de 12 millas y su luz permanece 4 segundos encendida y 2 apagada.

El faro se construyó en 1.880 sobre el fuerte de Santiago de Outao que protegía la entrada a Setúbal desde el mar  y tiene una curiosidad: Hasta ahora había visto faros instalados en antiguas fortalezas, lo que no había visto era una fortaleza que además de contener un faro fuese hospital ortopédico.  A las espaldas del faro, o del fuerte, o del hospital…  están las colinas boscosas del Parque Natural da Serra da Arrábida y, río arriba, a un paseo, Setúbal. Nos vamos para ella a descansar y pasar la noche.

11 marzo 2012

Faros de Portugal, III.

La noche en Nazaré ha sido tremendamente tranquila. Algunas veces me gusta pasear por las ciudades, incluida la mía, de noche, cuando las calles se quedan solas, cuando apenas hay tráfico de coches y los pasos de alguna persona se oyen acercarse y después alejarse por la acera de enfrente.  Ayer tarde Nazaré estaba llena de gente que tomaba el sol, que  paseaba por la avenida que da al mar, por el largo del Elevador…  cuando se hizo la noche las calles se quedaron solas. La soledad, la noche, el mar…  yo.

Hoy el primer destino debería ser el faro de Cabo Carvoeiro, en Peniche (en Portugal hay dos cabos con este nombre y en ambos hay un faro) pero viendo anoche en la habitación del hotel el camino a seguir, un poco para ver si hay algo que pueda ser interesante y un poco para evitar una nueva sorpresa de Martita decidí hacer un pequeño desvío y una paradita para ver una aldea llamada Baleal que está en una especie de península liliputiense.
Baleal está sobre un pequeño promontorio unido a tierra por una lengua de arena de unos 300 metros de larga y 100 de ancha que hace de playa a ambos lados y por la que discurre una estrecha carretera completamente recta casi cubierta por la arena.  Merece la pena, si se anda cerca, desviarse, dejar el coche a la entrada y dar un pequeño paseo por sus calles.  Y una vez hecho esto y recogida la arena correspondiente es cuando en el navegador marco las coordenadas del faro de Cabo Carvoeiro, en Peniche.

Este faro está al final de la carreta que circunvala la ciudad y desde la que hay preciosas vistas al mar y tiene, hasta el momento, un record: el de tener el farero más desagradable de todo Portugal.  Igual el ser lunes y primera hora de la mañana no ha sido buen momento para entrar en la parcela farera.

El actual, de 27 metros de altura y un plano focal de 57 metros entró en servicio en el año 1.886. Antes, en 1.790 se levantó un primer faro cuya altura era de 21 metros, uno de los primeros que existieron en las costas portuguesas, pero una comisión de la Marina en 1.881 lo calificó como “inadecuado”, por lo que se demolió y en su lugar se levantó el actual, una torre cuadrada de piedra sobre la que se encuentra la linterna y la galería, ambas pintadas de rojo.  Cabo Carvoeiro es uno de los cabos más importantes del litoral luso y se dice que durante siglos una luz instalada en la torre de la capilla de Nossa Senhora de Vitoria, hoy en día demolida, sirvió de guía a los hombres de la mar en estas aguas.

El faro de Cabo Carvoeiro fue automatizado en 1.988, tiene un alcance de 15 millas marinas y emite 3 destellos rojos cada 15 segundos siendo uno de los más importantes de la costa portuguesa.

Si hablamos de Finisterre todos pensamos en Galicia, pero hay muchos finales de la Tierra en este mundo y ahora mismo 150 kilómetros me separan de uno de ellos: El Cabo da Roca.
El faro del Cabo da Roca no es un faro muy espectacular; si no fuese por su linterna no llamaría la atención ni  por su tamaño, ni por su altura. Otra cosa es su situación. Puestos junto a él, mirando hacia el mar, tenemos delante miles de kilómetros de océano. Detrás toda Europa. A escasos 200  metros una placa con una frase de Luis de Camoes:

CABO DA ROCA,
AQUÍ…
ONDE  A  TERRA  SE  ACABA
E  O  MAR COMEÇA.

Llegar al Cabo da Roca es sencillamente eso: llegar a  donde se acaba la tierra y el mar comienza. Pocas veces un faro puede representar tan bien esta unión entre las inmensidades, tan diferentes, de un continente y de un océano. Aquí, en este fin del mundo, es imprescindible alejarse un poco del aparcamiento donde siempre hay coches o algún autobús y seguir el sendero que corre paralelo al precipicio, mirar el mar, los acantilados sobre   los que descansa el faro, la costa que se aleja hacia el sur… nos creemos dioses que están por encima de todo pero... que poca cosa somos comparados con este mar, con esta naturaleza. 

El faro de Cabo da Roca fue mandado edificar en 1.758 y entró en funcionamiento 14 años después, en 1.772. Es una torre cuadrada de 22 metros de altura cubierta de azulejos blancos y remates de piedra vista en aristas y cornisas mientras que la linterna está pintada, como la mayoría de las que he visto hasta ahora, de rojo. El promontorio donde se encuentra fue llamado por los romanos "Promontorium Magnum"; y  no les faltaba razón: a pesar de la relativa escasa altura del faro, 22 metros, su plano focal se encuentra a 165 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo y a pesar de la importancia geográfica del lugar  la luz de este faro no es tan importante para los navegantes como lo son las del faro de Cabo Carvoeiro al norte y Cabo Raso al sur. Tal vez por ello el faro estuvo descuidado durante muchos años  y su lente no era de gran potencia. Hoy en día usa una óptica Fresnel de tercer orden con una lámpara de 3.000 watios que le da un alcance de 26 millas marinas. A pesar de estar automatizado desde 1.990 en sus instalaciones vive un equipo de 3 fareros que cuidan de su buen funcionamiento para que siga guiando a los hombres de la mar con sus 4 destellos blancos cada 18 segundos.

No es fácil irse de este sitio,  hay algo en él que hace que te detengas antes de llegar al coche, que vuelvas la cara y mires de nuevo el faro, el mar…  pero la ruta de los faros portugueses sigue y en ella  quedan aun muchos  faros que ver. El siguiente Cabo Raso.

De uno a otro faro hay 15 kilómetros y la carretera que los une discurre casi por completo por el interior. Solamente cuando falta menos de 3 kilómetros vuelvo a ver la costa, una playa ancha que poco antes del faro se convierte en una zona rocosa donde el oleaje rompe con fuerza. ¿Olas rompiendo contra las rocas y zona para aparcar? Imposible no pararme a verlo y a hacer fotos. 

La zona podría decirse que es un pequeño acantilado de no más de 5 metros de altura pero con una particularidad. Es el mismo tipo de piedra que existe al norte del Cabo de San Vicente, en Pontal, y lo mismo que allí aquí la piedra del acantilado está perforada por la acción del mar. Se han formado pequeñas grutas que comunican con la superficie. En ella unos orificios expulsan casi pulverizada  parte del agua que rompe contra el acantilado mientras producen un silbido impresionante.  Tiene razón quien piensa que cualquier día me caigo por un sitio así.

2 minutos de carretera y a mi derecha el faro de Cabo Raso. Edificios blancos, como si  estuviese en Andalucía, y faro como los primeros que vimos en este viaje: torre roja de hierro forjado, como en Esposende, Fuerte de Santiago, Santa Catarina…  Esta torre mide 13 metros y su plano focal es de 23 metros.  Fue puesto en marcha en 1.894 sustituyendo a una torre de madera que existía en el mismo lugar. Se automatizó en 1.984, ofrece 3 destellos blancos cada 9 segundos con un alcance de 20 millas.

Los faros de vez en cuando  me recuerdan a las personas; Muchas veces nos dejamos encandilar por el aspecto exterior y en él basan casi todo mucha gente; éste de Cabo Raso, por ejemplo, tiene un aspecto sencillo, no destaca aparentemente por nada ni, a simple vista, parece que tenga mucha importancia. Sin embargo es uno de los más importantes de esta costa ya que marca un giro en ángulo recto en la línea de costa en el extremo noroeste de la bahía de Lisboa. Sería, de ser humano, una de esas personas que hacen su trabajo, que ayudan a otros, y que nunca lo pregonan ni se vanaglorian de ello.

El siguiente faro está a 5 kilómetros y es uno de los más bonitos de Portugal y del que los portugueses que aman este tipo de construcciones están más orgullosos: Es el faro de Guía, en Cascáis.

Es una torre octogonal de 28 metros de altura recubierta de azulejos blancos y con su plano focal a 58 metros sobre el nivel del mar. El techo de su linterna está pintado de rojo.  Las luces de este faro, junto a la del faro de Santa Marta, sirven para señalizar el acercamiento al puerto de Lisboa a los buques que están en la mar y para marcar la salida a través de la barra del río Tajo a los que lo dejan.

Esta zona de la costa portuguesa siempre ha tenido una importancia capital para la navegación. Ya en 1.523 D. Luiz de Castro dona unas tierras de su propiedad para la construcción del monasterio de Nuestra Señora de Guía con la condición de que los monjes del monasterio mantengan encendidas cada noche 5 lámparas de aceite que sirvan para orientar a los barcos. Esto se mantiene hasta que el terremoto de Lisboa de 1.755 destruye casi en su totalidad el monasterio. Este tramo de la costa queda a oscuras y en febrero de 1.758 el Marqués de Pombal manda construir 6 faros, entre ellos el de Guía. El faro se automatizó en 1.982 y tiene un alcance de 19 millas.

Cascáis es el sitio elegido para hacer noche y en teoría mañana toca comenzar aquí mismo con el próximo faro, el de Santa Marta, pero después de ducharme y descansar un rato decido salir con la cámara a hacerle algunas fotos. No acompaña la geografía ni la hora: el sol de frente y una obra pegada al mismo faro hacen imposible sacar una sola fotografía medianamente buena. Un paseo por el puerto, una cerveza en una terraza mirando al mar y a la vuelta, con el sol ya puesto, las primeras fotos del faro de Santa Marta. Mañana por la mañana el resto.