23 de abril de 2009

Los 7 sentidos.

Con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de que las cosas, muchas veces, no son como me las enseñaron, que no sirven para lo que me dijeron, que los números cambian, igual que cambian las lagunas y los bosques de una estación a otra, igual que cambian los niños y la luna... Hoy, después de tantos años, sé que no hay un mundo solamente, que hay millones, que cada uno de nosotros somos uno. Sé que lo seres vivos no solo nacen, crecen, se multiplican y mueren, sino que además sienten, y comparten, y dejan algo suyo aunque se marchen para siempre. Hoy sé que el mar no es una simple extensión inmensa de agua salada, sino una forma de vida, que lo más profundo de este mundo no es una fosa en el océano, sino su mirada, que el cielo no está en el cielo, sino en sus labios. Hoy, a mis años, sé que el sentido del tacto no sirve para palpar las cosas, sino para acariciarla a ella, para sentir sus manos, su pelo y sus pechos. He aprendido que la vista la poseo para no olvidarla, para grabar una y otra vez su imagen en mi corazón, que el olfato lo uso para llenarme de su olor, que el paladar sirve para recrearme en el sabor de sus labios, que el oído es para llenar mi cabeza con la suavidad de su voz, con la melodía de sus palabras, para llenar mi corazón con sus “te quiero”. Hoy, a mis años, he aprendido que no son cinco, sino siete los sentidos que tiene el ser humano; que tenemos otro llamado humor que nos sirve para reírnos de nuestras desgracias, para quitarles peso y hacerlas más llevaderas, para arrancar una sonrisa de unos labios, para salpicar de colores el paño gris de la tristeza. Y que hay otro al que llamamos común y que apenas lo utilizo, que lo tengo casi atrofiado, prisionero de mis ímpetus, de mis intuiciones, de mis corazonadas, de mis sentimientos. Uno que sirve para ser persona, para dejar de ser persona, para poner orden y desordenar el desorden. Si ahora estuviera con ella usaría mi vista para recrearme en su cara, mis oídos para llenarme de su voz y de su risa, mi olfato para oler su olor. El sentido del gusto lo dedicaría enteramente a sus labios, mi tacto a sentir su cuerpo, mi sentido del humor a arrancarle una sonrisa, mi sentido común... mi sentido común lo dejaría encerrado en el faro. Este no me hace falta para sentirla, ni para decirle que la quiero.

El viejo farero.

2 comentarios:

María dijo...

Buscaba un científico y encontré un enamorado...¡qué afortunada soy!

El viejo farero dijo...

Todos somos alguna vez un enamorado. Bienvenida al faro si acabas de conocerlo.

Un saludo.