25 de noviembre de 2010

La ruta de los faros. 12ª etapa.

La lluvia nos ha despertado antes de lo previsto; en la autocaravana el sonido de la lluvia hace que parezca que llueve más de lo que en realidad es. Hemos desayunado con vistas al puerto, al castillo y al faro que a estas horas continúa encendido. Echando un vistazo a la ruta prevista para hoy vemos que el día empieza mal y que el primer faro es más que probable que no podamos verlo.

Hoy el recorrido total es corto, así que al poco de salir de Castro Urdiales nos desviamos un poquito para ver la playa de Oriñón por la que desemboca al  Cantábrico un pequeño río llamado Agüera. La playa es grande y bonita y con la soledad que le otorga el estado del día tiene un aspecto precioso. El tiempo empeora por momentos y Laredo lo pasamos de largo: es imposible pasear por ningún sitio con la que está cayendo.

El primer destino de hoy en realidad es Santoña donde hay dos faros: el del Caballo y el del Pescador. La entrada a este pueblo es a través de una marisma cuyo aspecto varía en función de las mareas. A nosotros nos ha pillado con la alta y más que una marisma parece que estamos atravesando el mismísimo mar.

El faro del Caballo es de recalada al puerto de Santoña y a él se llega caminando por una senda que hoy es imposible. Nos perdemos tanto el verlo como hacer el camino que debe ser precioso, así que nos dirigimos al otro faro que hay en las cercanías del pueblo: el del Pescador.

Tomamos la carretera que bordea el penal del Dueso y que nos lleva a una playa impresionante: la playa de Berria. A su lado, casi en la misma arena, el cementerio de Santoña.

Hace tiempo estuvimos aquí y subimos al faro con el coche; la carretera creo recordar es estrecha y con curvas cerradas, pero no nos vamos a perder dos faros se seguidos, así que comenzamos a subir. En la primera curva tengo que hacer maniobras para poder tomarla; de subir con el coche a hacerlo con este trasto hay un mundo. Ocupa todo el ancho de la carretera y si viniese alguno de frente sería un verdadero problema pues no hay donde echarse a un lado. Son dos kilómetros y medio que se hacen interminables, pero la guinda del pastel nos espera arriba.

El faro del Pescador es un faro sencillo, blanco que, salvo que entres a su recinto, se ve desde arriba. Se inauguró en 1.864 sobre una terraza artificial a 30 metros sobre el mar. 30 metros es aproximadamente la altura de un edificio de 10 plantas pero a pesar de ello cuando el mar está embravecido el viento lleva el agua y la espuma de las olas hasta la torre de tal manera que en 1.915 el temporal arrancó de cuajo la techumbre y parte del primer piso.  Este faro se construyó sobre todo para orientar y dar cierta tranquilidad a la flota bonitera procedente del noroeste y que no veía el del Caballo hasta estar cerca de él. La torre está construida con piedra de la zona, pero se pintó de blanco porque desde el mar se mimetizaba con el paisaje. De su linterna cuelga una válvula solar como recuerdo de la primera automatización de los faros españoles. Esta válvula es un cilindro de bronce ahumado que al calentarse por la acción de los rayos del sol cortaba el suministro del gas acetileno apagando así el faro;  al oscurecer se enfriaba, permitiendo de nuevo el paso del gas. Este mecanismo y otros relacionados con los faros es invención de Gustaf Dalem, quien en 1.912 obtuvo por estos inventos el Nobel de Física. El faro tiene un alcance de 17 millas y ofrece un grupo de tres destellos más uno aislado cada 18 segundos.

Sigue la lluvia y tenemos que bajar, pero aqui es "cuando matan a la muchacha".  Dar la vuelta en una especie de círculo cuyo diámetro es prácticamente igual al largo de la autocaravana es de locos.  Hay un momento en que temo quedarnos bloqueados: delante 30 centímetros entre el parachoques y un muro que evita la caída al vacío; detrás, a otros tantos, la pared de la montaña. De todo se sale, incluso de esto. Cuando llegamos a la playa Lucía dice que está a punto de hacer como el papa: bajarse y besar el suelo.

Ponemos rumbo a lo que será una de las decepciones más grandes del viaje: el faro del cabo Ajo. Este es el punto más septentrional de Cantabria y posee la finca farera más grande la la comunidad montañesa. Pero la decepción comienza 700 metros antes del portalón de la finca. Allí arranca una urbanización que cínicamente se llama el Farón y que se extiende literalmente hasta la misma valla que limita los terrenos del faro. Da la sensación de que éste es un castillo y las casas adosadas un ejercito que lo tiene sitiado esperando su rendición. Por si lo de la urbanización fuese poco el faro está a 250 metros del portalón y es una estructura de hormigón levantada en 1.980 sin más atractivo que dos balcones que lo rodean y una linterna en cuya veleta puede leerse en huecograbado la fecha de 1.930. Tiene un alcance de 17 millas y ofrece 3 ocultaciones cada 16 segundos.  Reseñar que hace años hubo aqui un farero llamado D. Víctor que en sus horas libres enseñaba a leer y escribir a muchas personas del pueblo. No se puede decir que el día vaya muy bien, así que ponemos rumbo a nuestro próxima parada: Santander.


Pocas capitales habrán en este país más contrarias a la presencia de autocaravanas que ésta. Las señales de prohibición están por todas partes. Después de media hora dando vueltas buscando donde dejarla decidimos tomarnos la ley a rajatabla: El ayuntamiento nos puede prohibir acampar pero no estacionar. La diferencia entre una cosa y otra es una cuestión legal: Acampar es estacionar la autocaravana y: Ponerle los niveladores, tener ventanas o puerta del habitáculo abiertas, toldo extendido o expulsar al exterior gases ajenos al motor del vehículo. La solución es no hacer nada de eso, además hoy es fácil: no tenemos niveladores, llueve y todo está cerrado y si cocinamos con no poner el extractor es suficiente. Técnicamente estamos aparcados.

El día mejora un poco y damos una vuelta por Santander, una bonita ciudad. Desde el paseo vemos las olas ocultar el faro de la isla del Mouro. Si en España hay un faro que recuerde a las fotografías de Guillaume Plisson  ese es el de la isla del Mouro.

Este faro, que en realidad es una baliza, está en una pequeña isla en la entrada de la bahía y al edificio se le dio en parte forma redondeada para combatir los embates del mar; a pesar de ello en 1.865 una ola arrancó la linterna y en 1.891 otra quitó la vida a uno de los fareros que entonces vivían en la isla, tardándose 3 días en poder evacuar el cuerpo. Se automatizó en 1.920 y hoy en día se alimenta con paneles solares. La actual linterna se instaló en 2.004 y para su transporte y colocación se utilizó un helicóptero de grandes dimensiones.

En la península de la Magdalena se encuentra la otra baliza de entrada al puerto a la que llaman faro de la Cerda. El nombre no hace referencia a un animal sino a Rafael de la Cerda, ingeniero español diseñador y remodelador de faros, como el de la isla de Ons. En el palacio de la Magdalena veraneaba  entre 1.913 y 1.930 el rey Alfonso XIII. Las malas lenguas dicen que el faro se automatizó en 1.924 para que ni el farero molestase al rey.


Hay mucho bullicio en la zona y decidimos acercarnos al faro de cabo Mayor para pasar la noche. Dentro del recinto no nos permiten pernoctar pero lo hacemos cerca, junto a un camping que en esta época del año está cerrado. Mañana toca ver este faro y seguir rumbo a Asturias.




4 comentarios:

Fernando J. Feliu dijo...

Creo que los faros de la cornisa cantábrica deben ser los más entrañables de la península.
En mi mente permanece el de Cabo Mayor de Santander, hace 25 años que estuve allí, pero lo recuerdo con mucho cariño, con esos acantitados.
Gracias por compartir tu ruta de los Faros.

Un saludo.

Susana Inés Nicolini dijo...

Hola Farero, pasar por tu blog es siempre un regocijo.Me maravilla. Cada vez que vuelvo me voy con el alma gorda.
Un abrazo grande desde Buenos Aires

El viejo farero dijo...

Siempre son de agradecer tus visitas y tus palabras Susana. Tienes la puerta abierta, puedes entrar siempre que lo desees.
Un beso desde Sevilla.

Hay muchos faros no sólo en la cornisa cantábrica, sino en toda la costa española, realmente bonitos, pero generalmente lo que más atractivos los hace es el lugar donde están situados. Por ejemplo, la linterna del faro de Estaca de Bares es impresionante, pero el lugar donde se encuentra es aun mejor. El mejor ejemplo creo que puede ser el del faro de Lastres, Asturias, que en verdad se encuentra en la aldea de Luces. Es ese que sale en la serie del doctor Mateo, un faro simple, sin encanto alguno, pero situado en un lugar cautivador.
Seguiremos con la ruta y dejando fotos que iba haciendo a los faros.

Un abrazo Fernando.

Belén Menéndez Solar dijo...

Buenos días Farero, ¿qué pasó con las etapas de Asturias?, no las encuentro...
un abrazo desde el Norte