31 de diciembre de 2010

Feliz 2.011.

Un año más que se termina y, de nuevo, la ilusión de que el que está a punto de comenzar sea un poquito mejor. Viene bien que de vez en cuando, sin más motivo que una simple fecha, se reaviven las ilusiones y las esperanzas; después posiblemente todo siga igual, pero durante un tiempo viviremos un poco más esperanzados.

No ha sido mal año, en lo personal, este 2010; ha vuelto mi hada madrina y de vez en cuando ha tocado mi vida con su varita mágica y me ha hecho feliz y ahora, justo cuando termina el año, ha convertido un sueño en un objetivo alcanzable.  Llega el nuevo año lleno de ilusiones y preñado con un proyecto que va creciendo y tomando forma como si de un crío se tratase y que en los primeros días de febrero verá la luz. Una portada, un título, 55 temas...  El blog se convierte en libro. Otro sueño que juega a hacerse realidad.

Deseo que 2.011 sea un poco mejor que 2.010, que alcancéis algunos sueños, que tengáis más ratos felices que de tristeza y que siempre tengáis a vuestro lado a una persona con la que compartir todo aquello que la vida os depare.

Un fuerte abrazo.


El viejo farero.

25 de diciembre de 2010

El Cachorro.

Cuenta que leyenda que en el siglo XVII vivía en Triana, en la zona de los tejares, un gitano al que llamaban el Cachorro.  Se ganaba la vida cantando en tabernas y destacaba por sus finas manos, poco habituales en un barrio donde los hombres trabajaban de sol a sol sacando barro de los barrancos para hacer ladrillos. 

Era un hombre serio, distante, y cuando cantaba y tocaba la guitarra parecía que lo hacía para sí mismo. No eran pocas las mujeres de Triana que suspiraban por sus amores pero al Cachorro no se le habían conocido amores aunque las malas lenguas decían que algunas noches cruzaba el puente de tablas y pasaba a Sevilla, donde una paya casada le entregaba su corazón y su cuerpo.

Por aquel tiempo, en el año 1.689,  se fundó una hermandad en el barrio, resultado de la fusión de dos existentes hasta entonces y a la que pusieron el nombre de Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.  La hermandad ya tenía una imagen de la Virgen que había aparecido años antes en el fondo de un pozo, pero necesitaba la de un Cristo expirando.  Fue entonces cuando el Cabildo de Cofrades hace al escultor Francisco Ruiz Gijón el encargo de tallar un Cristo agonizando. Fueron muchos los bocetos dibujados al carbón o modelados en barro que hizo Ruiz de Gijón, pero todos eran abortados ya que ninguno reflejaba para el escultor el momento de la agonía de Cristo que quería reflejar.

Comenzó a visitar las tabernas de Triana un jinete payo al que nadie conocía y que andaba de tasca en tasca preguntado por un gitano. Mientras tanto Ruiz de Gijón dormía y comía cada día menos y se mostraba más obsesionado con la imagen que no terminaba de crear. La fiebre se iba apoderando de él y una noche, casi delirando, tomó papel y carboncillos y sin saber donde iba salió a la calle.  Cruzó el puente de barcas y terminó perdido por las calles de Triana, hasta que un escándalo de voces de mujeres y gente corriendo lo trajeron a la realidad. Se acercó al lugar dispuesto a ayudar a quien seguramente necesitaba ayuda y en el camino se cruzó con un hombre que huía a caballo hacia Sevilla.  Cuando el escultor llegó al lugar donde se arremolinaba la gente encontró a un gitano agonizando, con una daga que atravesaba su pecho. Era imposible hacer nada por aquel hombre, pero el escultor tomó su papel y sus carboncillos y pintó a grandes rasgos el rostro del hombre que estaba agonizando.

Meses después la Hermandad del Patrocinio sacó por primera vez a la calle a sus dos imágenes, la de la Virgen y la del Cristo. Los vecinos de Triana  al ver la cara del cristo comenzaron a gritar: Es el Cachorro...  es el Cachorro... 

Cuenta la leyenda que era cierto, que el gitano tenía amores en Sevilla con una mujer casada, y que una noche el esposo vengó la traición apuñalando al gitano. Y cuenta la leyenda que Francisco Ruiz de Gijón vió en aquella  cara la expresión de agonía que andaba buscando para su Cristo.  Hoy, después de más de 300 años,  el Cristo de la Expiración sigue siendo para todos los sevillanos el Cachorro.

24 de diciembre de 2010

Mis mejores deseos.

A todas las personas que visitáis este faro, a todas las que dedicáis unos minutos de vuestro tiempo a leerme, os deseo toda la felicidad del mundo, no sólo en estas fiestas sino en cada uno de vuestros días.


Un abrazo.



El viejo farero.

12 de diciembre de 2010

Lucía.

Hasta la estación de autobuses, con su miserable iluminación, hace que la noche del domingo sea triste. La despiden en el andén,alivia un poco verla charlar con sus compañeros de estudios, verla sonreír...

Ella siempre quiere que se marchen antes de que suba al autobús, ellos la engañan: suben por las escaleras mecánicas y, casi escondidos, esperan hasta que el autobús parte. Después el regreso a casa, casi sin hablar y una parada antes de llegar para tomar un refresco, una excusa para llegar un poco más tarde y no enfrentarse a la soledad y el vacío de la casa.

Sin ella todo es diferente: falta su presencia, sus risas, su voz alegre y juvenil, sus bromas, la música en su cuarto de la que todo son quejas cuando suena y que ahora darían media vida por oírla, porque sería la señal de que la niña está en casa.

Ninguno dice nada, pero poner la mesa es una nueva espina que se clava en el alma cuando son dos platos, dos cubiertos, cuando su silla permanece vacía.  El móvil siempre a mano esperando la llamada perdida que avisa de que ya está en la residencia de estudiantes, que todo ha ido bien.  Y comienza la espera del retorno, hasta la hora más feliz de la semana: la tarde del viernes. La misma estación de autobuses con la misma luz miserable, el mismo andén, el mismo autobús y todo tan diferente. No se marcha, llega, no se apaga la vida, se enciende.

Después el regreso a casa, una parada antes de llegar para tomar un refresco, una excusa para disfrutar de su presencia, para oír su voz alegre y juvenil contando las cosas de la semana y, al final, la cena, la mesa, los tres cubiertos, las risas, las bromas, la alegría... Lucía en casa.