20 de marzo de 2012

Faros de Portugal, IV.


Todo lo que hasta ayer había sido sol y buen tiempo hoy se ha tornado en un día gris y con una niebla que no deja ver a más de 100 metros. Mal se pinta el día para hacer fotografías, sobre todo teniendo en cuenta que en el recorrido de hoy hay más de un faro al que tendría que tirarle las fotos desde muy lejos.

Esta zona de la costa portuguesa por la que ando desde ayer es realmente rica en faros: en un tramo de menos de 60 kilómetros pueden verse hasta 6 faros en funcionamiento y otros 2 fuera de uso. Entre el de Santa Marta y el próximo que toca ver, el del fuerte de Sao Juliao da Barra,  hay tan sólo 15 kilómetros.

El faro es básicamente una linterna montada sobre una torre del fuerte. Por si el problema de la niebla fuese poco el acceso al fuerte está prohibido y el faro queda muy lejos. Tengo que recurrir al teleobjetivo, un 100/400, para intentar sacar una fotografía medianamente aceptable.

El plano focal de este faro está a 39 metros sobre el nivel del mar y emite una luz roja cada 3 segundos.  Frente a él, en el estuario del Tajo y en un islote, está el faro del Bugío. Ambos señalan la entrada al puerto de Lisboa y marcan lo que los marineros llaman "el paso entre las torres", dado que el curso de navegación discurre entre ambos faros.

Este fuerte de Sao Juliao da Barra protegió durante siglos la entrada a Lisboa siendo un punto clave en su defensa. El faro no se sabe exactamente cuándo comenzó a funcionar, pero hay datos de que fue reparado tras el terremoto de 1.755.  Se automatizó en 1.980 y tiene un alcance de 14 millas.

El siguiente faro debería ser el de Bugío, pero es literalmente imposible verlo. Es el primero de cuantos tenía en la lista que se queda sin ver y, lógicamente, sin fotografiar, así que no queda otra opción que olvidarse de él y seguir el camino hacia el siguiente: Gibalta.

Se encuentra a pocos metros de una carretera de dos carriles en cada sentido sin un solo hueco donde detenerse. No va el día muy bien que digamos y no me queda más remedio que seguir adelante y buscar algún sitio donde dar la vuelta. Al otro lado de la carretera hay un barrio y una vía de servicio donde dejo el coche, pero ahora toca cruzar la avenida que, por si  no hay bastante, tiene una curva a pocos metros. Después de hacerlo y estar en el lado bueno me río yo de los deportes de riesgo.

Al menos el faro de Gibalta es un faro original y verlo de cerca compensa. A sus pies pasa la vía del tren (casi con tanto tráfico como la carretera) así que el faro está rodeado por una y otra y hasta él solamente llega un camino que procede del barrio y pasa bajo la carretera. Se inauguró en 1.954 en sustitución de otro que destruyó un terremoto 2 años antes y es una torre cilíndrica blanca con nervios verticales pintados de rojo, de 21 metros de altura y un plano focal de 31. Su linterna está pintada también de rojo y cerrada por todos lados excepto una pantalla que mira al mar. Visto desde lejos el faro parece completamente blanco, si acaso con unas finas rayas rojas verticales que, a medida que nos acercamos van dándole otra imagen. En 1.981 cuando se automatizó, dejo de tener su propio "faroleiro". Tiene un alcance de 21 millas y su luz es roja.

Algunas veces se habla de la Torre de Belém como faro. Lo cierto es que la torre como tal nunca lo fue y ni tan siquiera hubo una linterna sobre ella como sucede en otras fortalezas.  La torre forma parte de las fortificaciones que se levantaron en el siglo XVI para la defensa de Lisboa. En 1.886 se instaló junto a ella una estructura sobre la que se montó una linterna. En 1.945 la linterna se trasladó al faro de Santa Clara, en la isla de Sao Miguel, en las Azores. Al quedarse sin linterna el esqueleto que hacía de soporte dejó de tener sentido y fue también desmontado.

Cruzando el puente del 25 de Abril, al otro lado del Tajo se encuentra Cacilhas cuyo faro tiene una historia preciosa. Es una torre cilíndrica de hierro, de 15 metros de altura y menos de metro y medio de diámetro, del mismo estilo que los que existen más al norte como por ejemplo Esposende.  El faro data de 1.886 pero no siempre ha estado ni en el mismo punto ni siquiera en la misma ciudad. Es un faro que, si tuviese vida, habría visto desde su linterna al río Tajo correr a sus pies, habría visto el mar, habría navegado por él y habría visto a otros faros de la misma manera que los ven los barcos.  Os cuento:

En 1.978 se remodelaron y ampliaron las instalaciones portuarias de Cacilhas y el faro quedó desactivado. 5 años más tarde, en 1.983, la Armada portuguesa decide desmontarlo y trasladarlo a la isla Terceira, en las Azores. Durante muchos años los vecinos de Cacilhas protestaron y exigieron la devolución de su faro. Estas protestas para recuperarlo  arreciaron sobremanera cuando en 2.004 el faro es desactivado en la isla y queda fuera de servicio. Al final los vecinos de Cacilhas triunfaron y en 2.007 consiguen que la Armada acepte devolverles su  faro que regresa a casa y es reinstalado y reinaugurado en julio de 2.009.  A su regreso fue pintado de negro, tal como estaba en 1.964 pero más tarde le cambiaron el color por el rojo característico de estas torres, lo que trajo una nueva controversia. Hoy en día luce de manera testimonial  una pequeña luz roja continua. Y ahí está, en casa, mirando otra vez al Tajo y a Lisboa.

A una hora de carretera al sur de la capital portuguesa el Cabo Espichel es otro fin del mundo.  Desde Azóia, el último pueblo por el que se pasa, hasta el faro, no hay más de 4 kilómetros, pero son 4 kilómetros de campo abierto, de soledad. Al final la carretera termina en un lugar llamado Senhora do Cabo, un antiguo monasterio con una  especie de plaza mayor semiabandonada con soportales, en forma de U y una iglesia al fondo. Pero unos metros antes un camino de tierra que parte del lado izquierdo de la carretera nos lleva al faro. Tiene una altura de 31 metros y su plano focal es de 168 metros. Comenzó a funcionar en 1.790 y hoy en día emite un destello blanco cada 4 segundos con un alcance de 26 millas marinas. Es una torre hexagonal de sección variable recubierta de azulejos blancos excepto en las molduras de piedra. 

Debido a lo aislado del lugar el faro no se automatizó hasta 1.989, está considerado uno de los más importantes del país y su mantenimiento sigue estando a cargo de un grupo de 3 fareros que se turnan en las labores.  Parece ser que ya en 1.430 los monjes del monasterio de Nuestra Señora del Cabo  ayudaban a los marineros con una luz que encendían en una de las ventanas del edificio.

El faro se encuentra sobre unos acantilados que rondan los 100 metros de altura pero está unos 200 metros tierra adentro. Lo lógico sería pensar que los faros deben estar al filo del acantilado ya que a medida que se alejan de él y se meten tierra adentro va quedando una zona muerta de mar junto a la costa en la que la luz del faro es ocultada por el mismo acantilado.  Precisamente es esto lo que se busca en algunas ocasiones ya que hay costas con bajos peligrosos y cuando un barco se acerca demasiado a ella corre peligro de encallar. El hecho de dejar de ver la luz del faro es precisamente la señal de alarma para los barcos, es como decirles: "Si no me ves es que estás demasiado cerca de la costa".  




Las linternas de los faros de Cabo da Roca y Cabo Espichel tienen  cosas en común.





Dejo atrás la soledad y la tranquilidad del Cabo Espichel y me dirijo a la ciudad de Sesimbra donde hay un fuerte llamado del Cavalo y dentro su respectivo faro.

Esta torre, en condiciones normales, solamente es visible de manera parcial desde fuera del fuerte, pero me acerco a la puerta y llamo y al señor que me abre le cuento como buenamente puedo mi aventura de ir de faro en faro fotografiándolos y le pido permiso para entrar y verlo desde más cerca. Simpático el portugués que me invita a pasar, a hacer cuantas fotos quiera y a dar un paseo por el jardín. Es el vigilante del fuerte y su casa forma parte del mismo. Hay personas que viven en sitios muy parecidos al cielo.


El faro es del mismo modelo que ya había visto antes: Una torre cilíndrica de hierro, en principio pintada de color blanco hasta 1.959 en que pintó de rojo, de 7 metros de altura y cuyo plano focal se encuentra a 35 sobre el mar. Se construyó en 1.895 y en septiembre del año siguiente comenzó a funcionar con una luz fija de color rojo hasta 1.927 en que se alteró y comenzó a ser un faro de ocultaciones. Se llama de ocultaciones a la luz que permanece encendida y que cada cierto tiempo (4 segundos por ejemplo) se apaga. Este faro se electrificó en 1.972 y pasó a ser automático en 1.983 siendo su alcance actual  de 14 millas.

El fuerte está sobre un promontorio y  la carretera por la que se entra y se sale baja irremediablemente hasta el puerto de Sesimbra que está a sus pies. Es buena hora para darse un paseo por él y ver sus barcos de pesca atracados, los marineros cosiendo las redes… y para tomarse una cerveza y un plato de pescado en un pequeño bar donde hacen lo mismo cuatro o cinco hombres que aun llevan puestas las botas de agua que usan en los barcos.

Me siento fuera, al sol que ha empezado a lucir hace poco y del bar sale una mujer para atenderme. Lleva su delantal blanco, su pelo recogido…  por unos segundos creo estar en el bar de María y ser el viejo farero con los amigos marineros en la mesa de al lado y ella mirándome a los ojos.  ¿Se llamará María esta mujer? No me atrevo a preguntarle. Ella en cambio, al traerme la cerveza y un platito de aceitunas mira la cámara de fotos que está sobre la mesa  y me pregunta casi por gestos si ando haciendo fotos a los barcos. Le digo que no y le enseño en la pequeña pantalla de la cámara algunas de las fotografías de los faros. Tan sólo reconoce el que tiene a 400 metros de su bar, sonríe y me dice que tengo suerte de hacer algo así: ella siempre ha estado allí, "como el faro", me dice.

Si en el Cabo da Roca era el paisaje lo que me retenía y hacía difícil dejarlo atrás aquí es la sencillez, lo humano de esta gente, de los hombres que están en la meas de al lado, de esta mujer que lleva toda su vida aquí y que ha salido 4 veces a preguntarme si todo estaba bien, a mirar los barcos.  Es curioso y triste que un faro, el de Cacilhas, haya viajado más que esta mujer. Si hubiese llevado un ejemplar del libro se lo hubiese regalado sin dudarlo un segundo.

Me espera Setúbal para ver el último faro del día y después para hacer noche. Es el faro de Outao, en la orilla del río Sado. Es una torre hexagonal de 11 metros de alto y plano focal de 34 metros, instalada sobre un fuerte. La parte inferior de la torre está pintada de blanco mientras que la superior es de piedra. Tiene dos barandillas, ambas pintadas de rojo igual que la linterna. Tiene un alcance de 12 millas y su luz permanece 4 segundos encendida y 2 apagada.

El faro se construyó en 1.880 sobre el fuerte de Santiago de Outao que protegía la entrada a Setúbal desde el mar  y tiene una curiosidad: Hasta ahora había visto faros instalados en antiguas fortalezas, lo que no había visto era una fortaleza que además de contener un faro fuese hospital ortopédico.  A las espaldas del faro, o del fuerte, o del hospital…  están las colinas boscosas del Parque Natural da Serra da Arrábida y, río arriba, a un paseo, Setúbal. Nos vamos para ella a descansar y pasar la noche.

2 comentarios:

Susana Inés Nicolini dijo...

¿Qué ven los barcos cuando ven un faro?, ¿Qué ven los hombres cuando ven lo ojos de una mujer, o una mujer cuando ve los ojos de un hombre?. Creo que todos ven la misma cosa: un puerto, un lugar dónde arribar, anclar, bajar el velamen y dejarse proteger por haber llegado a su lugar.
Esto sucede con tu blog Farero. Es una luz en el horizonte, la que queremos ver y sentir cerca, entrañablemente, cuando el alma lo necesita.
Un abrazo desde mi Ciudad de Buenos Aires

El viejo farero dijo...

Mi querida amiga porteña, si este blog fuese un faro de verdad tus comentarios serían regalos en forma de cuadros, de pinturas colgadas de sus paredes que lo embellecen y lo llenan de hermosura. Es toda una suerte tener visitantes como tú.

Un beso y un abrazo desde Andalucía.