30 de marzo de 2012

Faros de Portugal, V.

Ayer recorrí  la parte de costa donde menos distancia hay de uno a otro faro, de hecho en 140 kilómetros que hice vi 7, uno cada 20 kilómetros de media. Hoy es diferente y con un recorrido previsto de unos 300 kilómetros los faros que veré son solamente 4. Es una costa diferente en la que prácticamente no hay ningún puerto importante salvo el de Sines, y es aquí donde está el primer faro del día.

El faro de Sines es un faro con una historia un tanto particular. Podríamos decir que con el tiempo le pusieron unos incómodos  vecinos y el faro se mudó 3 plantas más arriba. Suena raro, lo sé, así que mejor os cuento la historia real.

El faro está automatizado desde 1.995 y su alcance es de 26 millas náuticas dando 2 destellos blancos cada 15 segundos. Se construyó casi en el extremo del cabo del mismo nombre 1.880 y era una torre cilíndrica de color blanco que arrancaba desde el mismo edificio que servía de casa al farero y de almacén. Tenía una altura de 11 metros aproximadamente y  su plano focal era de 45 metros. En los años 90 del siglo pasado casi toda la zona que rodea el faro se llenó de tuberías y depósitos inmensos de petróleo y la luz del faro era difícil  distinguirla o incluso verla. A grandes males grandes soluciones dice el dicho, y con el faro de Sines lo aplicaron al pie de la letra. Desmontaron la linterna y sobre el faro levantaron otro faro, otra torre cilíndrica y blanca solamente un poco más estrecha. La linterna fue sustituida por otra más moderna y original dejando como recuerdo de la antigua la barandilla roja que la rodeaba. Hoy el faro tiene 22 metros de alto. Por dentro tenía una escalera impresionante, propia del siglo XIX y a la hora de ampliarlo la misma luz que ilumina a los barcos en las noches iluminó la mente de quienes harían la obra: La escalera nueva era una copia exacta y continuación de la original. Matrícula de honor para una obra hecha en 1.993 cuando es España los faros que se alzaban nuevos eran una torre de hormigón sin el más mínimo encanto.

Después de hacerle desde fuera varias fotos y justo en el momento de recoger la cámara para meterla en el coche aparca otro junto a mí. Un señor se baja, da los buenos días y yo aprovecho para preguntar si es el “faroleiro”. Sí, lo es.  Ahora toca contarle el viaje que estoy haciendo y… ¡bingo! “toma la cámara y ven conmigo” me dice. He aquí el resultado de la invitación.



























Dejo Sines con una sonrisa en la cara que me dura hasta el siguiente destino: Vila Nova de Milfontes. Es una villa situada en la margen derecha del río Mira unos centenares de metros antes de su desembocadura. Entre el pueblo y el mar hay un pequeño cabo rodeado casi en su totalidad por playas de manera que una parte es playa marina y otra playa fluvial. Y es en este pequeño cabo donde se encuentra lo que más que un faro es una baliza. No sé que alcance tendrá, pero para considerarse faro ha de ser superior a 10 millas y dudo que esta luz supere ese mínimo.

Es, literalmente, una luz puesta en la fachada de una casa. Está sobre un soporte, una especie de balda, justo delante de una ventana que hace de espejo para reflejar la luz hacia la entrada del río y que también se abre para acceder a la óptica cuando es necesario. Está a 5 metros del suelo y su plano focal es de 23 metros.



Buscamos un faro de verdad y el siguiente en la lista es el de Cabo Sardao, un faro relativamente moderno ya que aunque se propuso en 1.883 no se construyó hasta 1.915;  tiene una altura de 17 metros, un plano focal de 68 y un farero que odia a los niños de tal manera que podía ser descendiente del mismísimo Herodes.

Hoy es miércoles y algunos faros portugueses  abren al público para conmemorar el Día Nacional del Mar. Delante de este faro hay un autobús escolar y del recinto salen un montón de chiquillos de 8 ó 9 años. Arriba, en el balcón de la linterna, otros cuantos jalean a los de abajo. El farero sale detrás del último y cuando se marchan le pregunto si se puede visitar. Hoy es mal día, toca niños… y cuando otro autobús se acerca a la entrada la cara del pobre farero es un poema. Tengo la sensación de que le surge una duda: si  tirar a los niños desde lo alto del faro o si tirarse él.


El faro es una torre cuadrada de mampostería, pintada de blanco excepto las aristas que son de piedra vista. La linterna y la barandilla, para variar, están pintadas de rojo y dentro de los faros portugueses es un poco la oveja negra. Hasta los años 50 la estafeta de correos le cobraba un extra por lo lejos que estaba y por lo intransitable del camino en invierno. Además, desde 1.950 la electricidad de la que se surtía el faro procedía de dos grupos generadores y tenía una lámpara de 3.000 watios… hasta que en 1.984 es conectado a la Red Eléctrica de Distribución Pública que le reduce la potencia y la lámpara es cambiada por una de 1.000 watios, lo que le da un alcance de 23 millas.  Otra curiosidad es que es el único faro de este tipo cuya torre en lugar de estar en el lado del edificio que da al mar está en el opuesto. No me extraña que el farero ande de mal temple.

Después de tantos kilómetros recorridos tan sólo me quedan 100 bajando hacia el Sur, hasta Sagres. Allí  pondré rumbo Este y comenzaré a acercarme a Andalucía. Y será en Sagres donde hoy pase la noche, pero antes veré su puerto, sus acantilados, su fortaleza de Beliche y, por supuesto, el faro de los faros portugueses: Cabo San Vicente.

Cabo San Vicente es el último faro que toca ver hoy pero es un faro muy especial para mí. Desde que comprendí los mapas cuando aún era un crío el Cabo San Vicente siempre me llamó la atención: era donde se acababa el mundo, donde la costa daba de repente un giro y se iba hacia el Norte. Se convirtió en una meta, un lugar al que antes o después tenía que ir.  Un buen día, muchos años después de saber qué era y dónde estaba  aquel sitio tan especial, lo conocí. Han pasado muchos años desde aquella visita y aun hoy, cuando vuelvo, recuerdo aquella primera vez y me invade el mismo nerviosismo, la misma ilusión. Llegar a Sagres es encontrar el regalo que los reyes magos  han dejado al niño que aún vive dentro de mí, recorrer los pocos kilómetros que quedan para llegar al cabo es ir desenvolviéndolo. Y al final el faro, la caja abierta,  el regalo dentro,  el regalo en mis manos.

Cabo San Vicente es el primer faro que visité, que conocí por dentro, y es el faro que está en la cabecera de este blog. Es, por decirlo de algún modo, mi faro. Por ello, aunque forme parte de la ruta de hoy me vais a permitir que lo deje  para el siguiente relato, para que esté solo, para dedicárselo en exclusiva.

26 de marzo de 2012

¡¡Barrabás... Barrabás...!!

Anoche, viendo los resultados de las elecciones en Andalucía, me vino a la cabeza aquella historia de Barrabás que alguna vez me contaron en el colegio. Y anoche, igual que hace muchos años en el pupitre del colegio, no entendí al pueblo.

Pilatos tenía que ofrecer a los judíos dos presos para que eligiesen a cual dejaban libre. En aquella ocasión uno era Jesús y el otro Barrabás, un ladrón según unos, un asesino según otros. Los judíos a pesar de conocer los antecedentes de Barrabás pidieron su libertad.

Ayer en Andalucía se representó la misma escena cambiando solamente los nombres. Modernidades. La democracia se asomó al balcón y preguntó a los andaluces (y a las andaluzas, como diría aquella ministra, tan feminista como inútil, de los miembros y las miembras) quién querían que los gobernase. Se le perdonó la vida al Barrabás del siglo XXI que hoy lleva las siglas de un supuesto partido de izquierdas y se ha dejado que tenga la ocasión de seguir mangoneando, robando y gastándose en cocaína los dineros del pueblo. Debe ser su manera de luchar contra el paro y que al menos unos cuantos se coloquen.  Una vergüenza la manera en la que estos nuevos señoritos sin corbata se reparten el dinero. Otra vergüenza  que se les vuelvan a dar las llaves de la caja.

Me he imaginado a las comunidades autónomas convertidas en equipos de fútbol y he visto a Andalucía quedando siempre en puestos de descenso, cada liga, cada año, siempre la  última. 30 años con el mismo entrenador y siempre la última. Tiene buenos jugadores, hay materia prima,  pero siempre quedamos los últimos. Ayer se reunió la junta directiva del club y ha  ratificado al entrenador en su puesto. Lo que no se ha hecho en 30 años  para mejorar o no se quiere o no se sabe hacer.  4 años más siendo los últimos.

Dicen que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Tal vez no siempre sea así, pero lo cierto es que los andaluces tenemos lo que nos merecemos.


El viejo farero.

20 de marzo de 2012

Faros de Portugal, IV.


Todo lo que hasta ayer había sido sol y buen tiempo hoy se ha tornado en un día gris y con una niebla que no deja ver a más de 100 metros. Mal se pinta el día para hacer fotografías, sobre todo teniendo en cuenta que en el recorrido de hoy hay más de un faro al que tendría que tirarle las fotos desde muy lejos.

Esta zona de la costa portuguesa por la que ando desde ayer es realmente rica en faros: en un tramo de menos de 60 kilómetros pueden verse hasta 6 faros en funcionamiento y otros 2 fuera de uso. Entre el de Santa Marta y el próximo que toca ver, el del fuerte de Sao Juliao da Barra,  hay tan sólo 15 kilómetros.

El faro es básicamente una linterna montada sobre una torre del fuerte. Por si el problema de la niebla fuese poco el acceso al fuerte está prohibido y el faro queda muy lejos. Tengo que recurrir al teleobjetivo, un 100/400, para intentar sacar una fotografía medianamente aceptable.

El plano focal de este faro está a 39 metros sobre el nivel del mar y emite una luz roja cada 3 segundos.  Frente a él, en el estuario del Tajo y en un islote, está el faro del Bugío. Ambos señalan la entrada al puerto de Lisboa y marcan lo que los marineros llaman "el paso entre las torres", dado que el curso de navegación discurre entre ambos faros.

Este fuerte de Sao Juliao da Barra protegió durante siglos la entrada a Lisboa siendo un punto clave en su defensa. El faro no se sabe exactamente cuándo comenzó a funcionar, pero hay datos de que fue reparado tras el terremoto de 1.755.  Se automatizó en 1.980 y tiene un alcance de 14 millas.

El siguiente faro debería ser el de Bugío, pero es literalmente imposible verlo. Es el primero de cuantos tenía en la lista que se queda sin ver y, lógicamente, sin fotografiar, así que no queda otra opción que olvidarse de él y seguir el camino hacia el siguiente: Gibalta.

Se encuentra a pocos metros de una carretera de dos carriles en cada sentido sin un solo hueco donde detenerse. No va el día muy bien que digamos y no me queda más remedio que seguir adelante y buscar algún sitio donde dar la vuelta. Al otro lado de la carretera hay un barrio y una vía de servicio donde dejo el coche, pero ahora toca cruzar la avenida que, por si  no hay bastante, tiene una curva a pocos metros. Después de hacerlo y estar en el lado bueno me río yo de los deportes de riesgo.

Al menos el faro de Gibalta es un faro original y verlo de cerca compensa. A sus pies pasa la vía del tren (casi con tanto tráfico como la carretera) así que el faro está rodeado por una y otra y hasta él solamente llega un camino que procede del barrio y pasa bajo la carretera. Se inauguró en 1.954 en sustitución de otro que destruyó un terremoto 2 años antes y es una torre cilíndrica blanca con nervios verticales pintados de rojo, de 21 metros de altura y un plano focal de 31. Su linterna está pintada también de rojo y cerrada por todos lados excepto una pantalla que mira al mar. Visto desde lejos el faro parece completamente blanco, si acaso con unas finas rayas rojas verticales que, a medida que nos acercamos van dándole otra imagen. En 1.981 cuando se automatizó, dejo de tener su propio "faroleiro". Tiene un alcance de 21 millas y su luz es roja.

Algunas veces se habla de la Torre de Belém como faro. Lo cierto es que la torre como tal nunca lo fue y ni tan siquiera hubo una linterna sobre ella como sucede en otras fortalezas.  La torre forma parte de las fortificaciones que se levantaron en el siglo XVI para la defensa de Lisboa. En 1.886 se instaló junto a ella una estructura sobre la que se montó una linterna. En 1.945 la linterna se trasladó al faro de Santa Clara, en la isla de Sao Miguel, en las Azores. Al quedarse sin linterna el esqueleto que hacía de soporte dejó de tener sentido y fue también desmontado.

Cruzando el puente del 25 de Abril, al otro lado del Tajo se encuentra Cacilhas cuyo faro tiene una historia preciosa. Es una torre cilíndrica de hierro, de 15 metros de altura y menos de metro y medio de diámetro, del mismo estilo que los que existen más al norte como por ejemplo Esposende.  El faro data de 1.886 pero no siempre ha estado ni en el mismo punto ni siquiera en la misma ciudad. Es un faro que, si tuviese vida, habría visto desde su linterna al río Tajo correr a sus pies, habría visto el mar, habría navegado por él y habría visto a otros faros de la misma manera que los ven los barcos.  Os cuento:

En 1.978 se remodelaron y ampliaron las instalaciones portuarias de Cacilhas y el faro quedó desactivado. 5 años más tarde, en 1.983, la Armada portuguesa decide desmontarlo y trasladarlo a la isla Terceira, en las Azores. Durante muchos años los vecinos de Cacilhas protestaron y exigieron la devolución de su faro. Estas protestas para recuperarlo  arreciaron sobremanera cuando en 2.004 el faro es desactivado en la isla y queda fuera de servicio. Al final los vecinos de Cacilhas triunfaron y en 2.007 consiguen que la Armada acepte devolverles su  faro que regresa a casa y es reinstalado y reinaugurado en julio de 2.009.  A su regreso fue pintado de negro, tal como estaba en 1.964 pero más tarde le cambiaron el color por el rojo característico de estas torres, lo que trajo una nueva controversia. Hoy en día luce de manera testimonial  una pequeña luz roja continua. Y ahí está, en casa, mirando otra vez al Tajo y a Lisboa.

A una hora de carretera al sur de la capital portuguesa el Cabo Espichel es otro fin del mundo.  Desde Azóia, el último pueblo por el que se pasa, hasta el faro, no hay más de 4 kilómetros, pero son 4 kilómetros de campo abierto, de soledad. Al final la carretera termina en un lugar llamado Senhora do Cabo, un antiguo monasterio con una  especie de plaza mayor semiabandonada con soportales, en forma de U y una iglesia al fondo. Pero unos metros antes un camino de tierra que parte del lado izquierdo de la carretera nos lleva al faro. Tiene una altura de 31 metros y su plano focal es de 168 metros. Comenzó a funcionar en 1.790 y hoy en día emite un destello blanco cada 4 segundos con un alcance de 26 millas marinas. Es una torre hexagonal de sección variable recubierta de azulejos blancos excepto en las molduras de piedra. 

Debido a lo aislado del lugar el faro no se automatizó hasta 1.989, está considerado uno de los más importantes del país y su mantenimiento sigue estando a cargo de un grupo de 3 fareros que se turnan en las labores.  Parece ser que ya en 1.430 los monjes del monasterio de Nuestra Señora del Cabo  ayudaban a los marineros con una luz que encendían en una de las ventanas del edificio.

El faro se encuentra sobre unos acantilados que rondan los 100 metros de altura pero está unos 200 metros tierra adentro. Lo lógico sería pensar que los faros deben estar al filo del acantilado ya que a medida que se alejan de él y se meten tierra adentro va quedando una zona muerta de mar junto a la costa en la que la luz del faro es ocultada por el mismo acantilado.  Precisamente es esto lo que se busca en algunas ocasiones ya que hay costas con bajos peligrosos y cuando un barco se acerca demasiado a ella corre peligro de encallar. El hecho de dejar de ver la luz del faro es precisamente la señal de alarma para los barcos, es como decirles: "Si no me ves es que estás demasiado cerca de la costa".  




Las linternas de los faros de Cabo da Roca y Cabo Espichel tienen  cosas en común.





Dejo atrás la soledad y la tranquilidad del Cabo Espichel y me dirijo a la ciudad de Sesimbra donde hay un fuerte llamado del Cavalo y dentro su respectivo faro.

Esta torre, en condiciones normales, solamente es visible de manera parcial desde fuera del fuerte, pero me acerco a la puerta y llamo y al señor que me abre le cuento como buenamente puedo mi aventura de ir de faro en faro fotografiándolos y le pido permiso para entrar y verlo desde más cerca. Simpático el portugués que me invita a pasar, a hacer cuantas fotos quiera y a dar un paseo por el jardín. Es el vigilante del fuerte y su casa forma parte del mismo. Hay personas que viven en sitios muy parecidos al cielo.


El faro es del mismo modelo que ya había visto antes: Una torre cilíndrica de hierro, en principio pintada de color blanco hasta 1.959 en que pintó de rojo, de 7 metros de altura y cuyo plano focal se encuentra a 35 sobre el mar. Se construyó en 1.895 y en septiembre del año siguiente comenzó a funcionar con una luz fija de color rojo hasta 1.927 en que se alteró y comenzó a ser un faro de ocultaciones. Se llama de ocultaciones a la luz que permanece encendida y que cada cierto tiempo (4 segundos por ejemplo) se apaga. Este faro se electrificó en 1.972 y pasó a ser automático en 1.983 siendo su alcance actual  de 14 millas.

El fuerte está sobre un promontorio y  la carretera por la que se entra y se sale baja irremediablemente hasta el puerto de Sesimbra que está a sus pies. Es buena hora para darse un paseo por él y ver sus barcos de pesca atracados, los marineros cosiendo las redes… y para tomarse una cerveza y un plato de pescado en un pequeño bar donde hacen lo mismo cuatro o cinco hombres que aun llevan puestas las botas de agua que usan en los barcos.

Me siento fuera, al sol que ha empezado a lucir hace poco y del bar sale una mujer para atenderme. Lleva su delantal blanco, su pelo recogido…  por unos segundos creo estar en el bar de María y ser el viejo farero con los amigos marineros en la mesa de al lado y ella mirándome a los ojos.  ¿Se llamará María esta mujer? No me atrevo a preguntarle. Ella en cambio, al traerme la cerveza y un platito de aceitunas mira la cámara de fotos que está sobre la mesa  y me pregunta casi por gestos si ando haciendo fotos a los barcos. Le digo que no y le enseño en la pequeña pantalla de la cámara algunas de las fotografías de los faros. Tan sólo reconoce el que tiene a 400 metros de su bar, sonríe y me dice que tengo suerte de hacer algo así: ella siempre ha estado allí, "como el faro", me dice.

Si en el Cabo da Roca era el paisaje lo que me retenía y hacía difícil dejarlo atrás aquí es la sencillez, lo humano de esta gente, de los hombres que están en la meas de al lado, de esta mujer que lleva toda su vida aquí y que ha salido 4 veces a preguntarme si todo estaba bien, a mirar los barcos.  Es curioso y triste que un faro, el de Cacilhas, haya viajado más que esta mujer. Si hubiese llevado un ejemplar del libro se lo hubiese regalado sin dudarlo un segundo.

Me espera Setúbal para ver el último faro del día y después para hacer noche. Es el faro de Outao, en la orilla del río Sado. Es una torre hexagonal de 11 metros de alto y plano focal de 34 metros, instalada sobre un fuerte. La parte inferior de la torre está pintada de blanco mientras que la superior es de piedra. Tiene dos barandillas, ambas pintadas de rojo igual que la linterna. Tiene un alcance de 12 millas y su luz permanece 4 segundos encendida y 2 apagada.

El faro se construyó en 1.880 sobre el fuerte de Santiago de Outao que protegía la entrada a Setúbal desde el mar  y tiene una curiosidad: Hasta ahora había visto faros instalados en antiguas fortalezas, lo que no había visto era una fortaleza que además de contener un faro fuese hospital ortopédico.  A las espaldas del faro, o del fuerte, o del hospital…  están las colinas boscosas del Parque Natural da Serra da Arrábida y, río arriba, a un paseo, Setúbal. Nos vamos para ella a descansar y pasar la noche.

11 de marzo de 2012

Faros de Portugal, III.

La noche en Nazaré ha sido tremendamente tranquila. Algunas veces me gusta pasear por las ciudades, incluida la mía, de noche, cuando las calles se quedan solas, cuando apenas hay tráfico de coches y los pasos de alguna persona se oyen acercarse y después alejarse por la acera de enfrente.  Ayer tarde Nazaré estaba llena de gente que tomaba el sol, que  paseaba por la avenida que da al mar, por el largo del Elevador…  cuando se hizo la noche las calles se quedaron solas. La soledad, la noche, el mar…  yo.

Hoy el primer destino debería ser el faro de Cabo Carvoeiro, en Peniche (en Portugal hay dos cabos con este nombre y en ambos hay un faro) pero viendo anoche en la habitación del hotel el camino a seguir, un poco para ver si hay algo que pueda ser interesante y un poco para evitar una nueva sorpresa de Martita decidí hacer un pequeño desvío y una paradita para ver una aldea llamada Baleal que está en una especie de península liliputiense.
Baleal está sobre un pequeño promontorio unido a tierra por una lengua de arena de unos 300 metros de larga y 100 de ancha que hace de playa a ambos lados y por la que discurre una estrecha carretera completamente recta casi cubierta por la arena.  Merece la pena, si se anda cerca, desviarse, dejar el coche a la entrada y dar un pequeño paseo por sus calles.  Y una vez hecho esto y recogida la arena correspondiente es cuando en el navegador marco las coordenadas del faro de Cabo Carvoeiro, en Peniche.

Este faro está al final de la carreta que circunvala la ciudad y desde la que hay preciosas vistas al mar y tiene, hasta el momento, un record: el de tener el farero más desagradable de todo Portugal.  Igual el ser lunes y primera hora de la mañana no ha sido buen momento para entrar en la parcela farera.

El actual, de 27 metros de altura y un plano focal de 57 metros entró en servicio en el año 1.886. Antes, en 1.790 se levantó un primer faro cuya altura era de 21 metros, uno de los primeros que existieron en las costas portuguesas, pero una comisión de la Marina en 1.881 lo calificó como “inadecuado”, por lo que se demolió y en su lugar se levantó el actual, una torre cuadrada de piedra sobre la que se encuentra la linterna y la galería, ambas pintadas de rojo.  Cabo Carvoeiro es uno de los cabos más importantes del litoral luso y se dice que durante siglos una luz instalada en la torre de la capilla de Nossa Senhora de Vitoria, hoy en día demolida, sirvió de guía a los hombres de la mar en estas aguas.

El faro de Cabo Carvoeiro fue automatizado en 1.988, tiene un alcance de 15 millas marinas y emite 3 destellos rojos cada 15 segundos siendo uno de los más importantes de la costa portuguesa.

Si hablamos de Finisterre todos pensamos en Galicia, pero hay muchos finales de la Tierra en este mundo y ahora mismo 150 kilómetros me separan de uno de ellos: El Cabo da Roca.
El faro del Cabo da Roca no es un faro muy espectacular; si no fuese por su linterna no llamaría la atención ni  por su tamaño, ni por su altura. Otra cosa es su situación. Puestos junto a él, mirando hacia el mar, tenemos delante miles de kilómetros de océano. Detrás toda Europa. A escasos 200  metros una placa con una frase de Luis de Camoes:

CABO DA ROCA,
AQUÍ…
ONDE  A  TERRA  SE  ACABA
E  O  MAR COMEÇA.

Llegar al Cabo da Roca es sencillamente eso: llegar a  donde se acaba la tierra y el mar comienza. Pocas veces un faro puede representar tan bien esta unión entre las inmensidades, tan diferentes, de un continente y de un océano. Aquí, en este fin del mundo, es imprescindible alejarse un poco del aparcamiento donde siempre hay coches o algún autobús y seguir el sendero que corre paralelo al precipicio, mirar el mar, los acantilados sobre   los que descansa el faro, la costa que se aleja hacia el sur… nos creemos dioses que están por encima de todo pero... que poca cosa somos comparados con este mar, con esta naturaleza. 

El faro de Cabo da Roca fue mandado edificar en 1.758 y entró en funcionamiento 14 años después, en 1.772. Es una torre cuadrada de 22 metros de altura cubierta de azulejos blancos y remates de piedra vista en aristas y cornisas mientras que la linterna está pintada, como la mayoría de las que he visto hasta ahora, de rojo. El promontorio donde se encuentra fue llamado por los romanos "Promontorium Magnum"; y  no les faltaba razón: a pesar de la relativa escasa altura del faro, 22 metros, su plano focal se encuentra a 165 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo y a pesar de la importancia geográfica del lugar  la luz de este faro no es tan importante para los navegantes como lo son las del faro de Cabo Carvoeiro al norte y Cabo Raso al sur. Tal vez por ello el faro estuvo descuidado durante muchos años  y su lente no era de gran potencia. Hoy en día usa una óptica Fresnel de tercer orden con una lámpara de 3.000 watios que le da un alcance de 26 millas marinas. A pesar de estar automatizado desde 1.990 en sus instalaciones vive un equipo de 3 fareros que cuidan de su buen funcionamiento para que siga guiando a los hombres de la mar con sus 4 destellos blancos cada 18 segundos.

No es fácil irse de este sitio,  hay algo en él que hace que te detengas antes de llegar al coche, que vuelvas la cara y mires de nuevo el faro, el mar…  pero la ruta de los faros portugueses sigue y en ella  quedan aun muchos  faros que ver. El siguiente Cabo Raso.

De uno a otro faro hay 15 kilómetros y la carretera que los une discurre casi por completo por el interior. Solamente cuando falta menos de 3 kilómetros vuelvo a ver la costa, una playa ancha que poco antes del faro se convierte en una zona rocosa donde el oleaje rompe con fuerza. ¿Olas rompiendo contra las rocas y zona para aparcar? Imposible no pararme a verlo y a hacer fotos. 

La zona podría decirse que es un pequeño acantilado de no más de 5 metros de altura pero con una particularidad. Es el mismo tipo de piedra que existe al norte del Cabo de San Vicente, en Pontal, y lo mismo que allí aquí la piedra del acantilado está perforada por la acción del mar. Se han formado pequeñas grutas que comunican con la superficie. En ella unos orificios expulsan casi pulverizada  parte del agua que rompe contra el acantilado mientras producen un silbido impresionante.  Tiene razón quien piensa que cualquier día me caigo por un sitio así.

2 minutos de carretera y a mi derecha el faro de Cabo Raso. Edificios blancos, como si  estuviese en Andalucía, y faro como los primeros que vimos en este viaje: torre roja de hierro forjado, como en Esposende, Fuerte de Santiago, Santa Catarina…  Esta torre mide 13 metros y su plano focal es de 23 metros.  Fue puesto en marcha en 1.894 sustituyendo a una torre de madera que existía en el mismo lugar. Se automatizó en 1.984, ofrece 3 destellos blancos cada 9 segundos con un alcance de 20 millas.

Los faros de vez en cuando  me recuerdan a las personas; Muchas veces nos dejamos encandilar por el aspecto exterior y en él basan casi todo mucha gente; éste de Cabo Raso, por ejemplo, tiene un aspecto sencillo, no destaca aparentemente por nada ni, a simple vista, parece que tenga mucha importancia. Sin embargo es uno de los más importantes de esta costa ya que marca un giro en ángulo recto en la línea de costa en el extremo noroeste de la bahía de Lisboa. Sería, de ser humano, una de esas personas que hacen su trabajo, que ayudan a otros, y que nunca lo pregonan ni se vanaglorian de ello.

El siguiente faro está a 5 kilómetros y es uno de los más bonitos de Portugal y del que los portugueses que aman este tipo de construcciones están más orgullosos: Es el faro de Guía, en Cascáis.

Es una torre octogonal de 28 metros de altura recubierta de azulejos blancos y con su plano focal a 58 metros sobre el nivel del mar. El techo de su linterna está pintado de rojo.  Las luces de este faro, junto a la del faro de Santa Marta, sirven para señalizar el acercamiento al puerto de Lisboa a los buques que están en la mar y para marcar la salida a través de la barra del río Tajo a los que lo dejan.

Esta zona de la costa portuguesa siempre ha tenido una importancia capital para la navegación. Ya en 1.523 D. Luiz de Castro dona unas tierras de su propiedad para la construcción del monasterio de Nuestra Señora de Guía con la condición de que los monjes del monasterio mantengan encendidas cada noche 5 lámparas de aceite que sirvan para orientar a los barcos. Esto se mantiene hasta que el terremoto de Lisboa de 1.755 destruye casi en su totalidad el monasterio. Este tramo de la costa queda a oscuras y en febrero de 1.758 el Marqués de Pombal manda construir 6 faros, entre ellos el de Guía. El faro se automatizó en 1.982 y tiene un alcance de 19 millas.

Cascáis es el sitio elegido para hacer noche y en teoría mañana toca comenzar aquí mismo con el próximo faro, el de Santa Marta, pero después de ducharme y descansar un rato decido salir con la cámara a hacerle algunas fotos. No acompaña la geografía ni la hora: el sol de frente y una obra pegada al mismo faro hacen imposible sacar una sola fotografía medianamente buena. Un paseo por el puerto, una cerveza en una terraza mirando al mar y a la vuelta, con el sol ya puesto, las primeras fotos del faro de Santa Marta. Mañana por la mañana el resto.

9 de marzo de 2012

Los últimos torreiros.

Pablo Ces es un realizador  audiovisual gallego amante de los faros.   Ahora está realizando un trabajo sobre los faros  gallegos y sus últimos fareros pero necesita un poquito de ayuda.  Os dejo un enlace a su página donde podréis leer un poco más sobre su proyecto, la manera de ayudarle y ver un pequeño avance de lo que será el trabajo.


Gracias a  todos y toda la suerte del mundo para ti, Pablo.

Un saludo.

1 de marzo de 2012

Faros de Portugal, II.

He pasado la noche en Foz do Douro, donde el Duero se entrega al Atlántico. Es bonito tener al mar por vecino, levantarse temprano, antes casi de que amanezca, y dar un paseo por su orilla, oliendo a sal, sintiendo que, en cierto modo, el mar se sale del mar e invade el aire. Y así es como he comenzado hoy el día: paseando junto al mar, por la playa. He cruzado el paseo marítimo y he tomado un café y un pastel. No es que me gusten mucho los dulces, pero estos portugueses me atraen sobremanera.

Tiene la “pastelaria” una cristalera que da al mar y desde ella se ve el espigón en cuyo extremo está el “farolim” de Felgueiras.  Una vez dejas la playa el camino de piedras y  hormigón se adentra en el mar  unos 200 metros.  A la derecha, hacia el norte, queda la playa y al lado opuesto, a menos de 40 metros, otro espigón más grande y más largo (y  supongo que mucho más moderno) que éste por el que camino hacia el farito. Justo detrás de ese otro espigón la barra del Duero, breve camino de entrada desde el mar a Oporto.

Este faro se construyó en 1.886 y estuvo funcionando hasta 2.009, desde entonces tan sólo su aviso sonoro para los días de niebla sigue en funcionamiento.  Es una torre de piedra, con forma hexagonal y 10 metros de altura cuyo plano focal se encuentra a 17 metros sobre el mar. Tanto la linterna como su barandilla y las ventanas están pintadas de color rojo.

Unos 90 kilómetros me separan del siguiente faro, el de Aveiro, que con sus 62 metros es el más alto de Portugal y el segundo más alto de la península Ibérica superado solamente por el de Chipiona. Su plano focal se encuentra a 66 metros sobre el nivel del mar y es una torre troncocónica a franjas horizontales blancas y rojizas que arranca, casi casi, desde la mismísima playa. La linterna está pintada también de rojo.

El faro de Aveiro comenzó a construirse en 1.885 con un proyecto del ingeniero Benjamín Paulo Cabral y se terminó en 1.895 bajo la dirección de María de Melo e Mattos siendo electrificado en 1.929.  Da 4 destellos blancos cada 13 segundos y su alcance es de 23 millas marinas. A la linterna se subía por una escalera de caracol de 271 escalones. Al parecer alguien pensó que 271 escalones son muchos escalones y en 1.958, en el hueco de la escalera, se instaló algo nada frecuente en los faros: Un ascensor.

Delante del faro se levantaron unos diques para protegerlo de la furia  del mar en los días de tormenta. Desde el extremo del dique sur hay una vista preciosa del faro, la playa y la pequeña porción de mar que queda entre ella y nosotros.


El siguiente faro,  el de Cabo Mondego, es un faro que, en condiciones normales, la primera vez que se ve lo tenemos casi 100 metros por debajo de nosotros.  A él se llega desde la localidad de Serra da Boa Viagen, por una carretera que sube y baja entre curvas y árboles y que se va adentrando sin que nos demos cuenta en el cabo. De repente, tras una curva cuando ya comenzamos a descender hacia el mar, aparece el océano inmenso y a los pies del cabo el faro.


La linterna, pintada de blanco y con la cúpula  y la barandilla de color rojo, descansa sobre una torre cuadrada de mampostería teniendo una altura total  de 15 metros  y con el plano focal a 97.  A sus lados posee varios edificios para casa de farero, almacenes y demás. Se construyó en 1.858 y no se automatizó hasta 1.988. Hoy en día tiene un alcance de 28 millas.
Este faro, sin ser el más grande, ni el más original, es sin duda el que más me ha impresionado hasta ahora al verlo: La carretera que serpentea, la sierra que se precipita hacia el mar, el azul inmenso a tus pies, el faro entre una y otro… un paisaje impresionante y una visión, ésta, que tardará mucho tiempo en borrarse.

En mi camino hacia el sur la próxima parada es Figueira da Foz, a unos 10 kilómetros del faro de cabo Mondego. La carretera desde el faro hasta la ciudad se llama, como en otros lugares, Rúa do Farol. Es bonita, a veces entre árboles y a veces asomándose al mar… me gusta a mi esta costumbre portuguesa de llamar así a las carreteras que van a los faros, creo que es una señal de cariño, de respeto y de darle a la torre, sea cual sea su tamaño y su forma, la importancia que tiene para la gente de la mar.
Desde que entro en Figueira hasta casi su salida la carretera se convierte en una avenida que va paralela a la costa, una playa de casi 5 kilómetros de larga. Al final, el río Mondego, pone fin a la playa y a la ciudad. Y es aquí, en la avenida de Espanha, donde está el siguiente faro: el del Fuerte de Santa Catarina.
Es una torre cilíndrica de hierro fundido, muy parecido a los de Viana do Castelo o Esposende, de 10 metros de altura pintada de rojo tanto la torre como la linterna y la barandilla que se instaló en 1.886 y que estuvo activo hasta  1.968. Estos faros son una especie de torre prefabricada de origen francés y éste, al igual que otros similares, también se encuentra sobre los muros de un fuerte, en este caso el de Santa Catarina, de finales del siglo XVI. Estos fuertes estaban construidos en lugares estratégicos, éste en concreto en la orilla norte de la desembocadura del río Mondego que, 45 kilómetros aguas arriba,  besa la preciosa ciudad de Coímbra.

 Después de almorzar toca un paseo de 90 kilómetros hasta el siguiente faro. Un paseo en teoría porque Martita, mi guía del navegador, se empeña en enseñarme una carreterita estrecha, entre pinos, que a los pocos kilómetros se convierte en un camino más estrecho lleno de socavones por el que debe hacer años que no pasa nadie. Se complica todo un poco porque el camino no aparece en el mapa, el teléfono no tiene cobertura y yo no tengo ni la más remota idea de donde estoy. Pero, como dice mi amiga Maite, al final todo acaba bien. En este caso por acabar bien se entiende volver a una carretera asfaltada aunque sea  sin señales de tráfico ni postes kilométricos que te informen de nada. Y como toda carretera ésta termina pasando por un pueblo. A partir de aquí  vuelve la normalidad y unos minutos más tarde una recta interminable me lleva al faro de Penedo da Saudade, junto a Sao Pedro do Moel.
Es una torre cuadrada de mampostería con la linterna pintada de rojo, muy parecido al de Montedor, con una altura de 32 metros y un  plano focal de 55 construido en 1.912 y automatizado en 1.980. 
Este faro, pese a tener un alcance de 30 millas, no representa un punto especialmente importante de la costa sino que se encuentra a mitad de camino entre las luces de Cabo Mondego y la de la isla  Berlanga. Y precisamente a Cabo Mondego trasladaron en 1.921 la óptica original de este faro cuando la cambiaron por una más potente.
 A ambos lados de la torre, que está a pie de carretera, se encuentran dos construcciones con la casa del farero, almacenes y demás.
Ahora la carretera hasta el próximo destino si es un paseo. A 25 km. Está Nazaré, localidad antaño marinera y hoy volcada, tal vez demasiado, en el turismo. Aquí, en otro fuerte, está  uno de los faros menos visibles de este viaje ya que de él solamente es posible ver su linterna pintada de rojo.
El faro está en un pequeño saliente  de la costa al que se llega por una carreterita que, en 300 metros, salva un desnivel de 50 metros. Al final de ella, de frente, el fuerte de San Miguel, construido en 1.577 y sobre sus muros el faro que, en este caso, se limita prácticamente a la linterna. Fue instalado en 1.903, también es de fundición de hierro, con 8 metros de altura y con el plano focal a 50 metros sobre el nivel del mar. También posee sirena de niebla.

La pequeña fortaleza tiene por su lado derecho una escalera primero de piedra y después metálica que baja por la pared del acantilado hasta un mirador que hay bajo el faro y bajo el mismo fuerte. La bajada impresiona y hay que hacerla con sumo cuidado aunque tanto la sensación como las vistas merecen la pena.
Y una vez visto este faro toca descansar. Tengo hotel en el mismo Nazaré. Después de una buena ducha un paseo al elevador (justo enfrente del hotel) para subir al barrio alto desde el que hay unas vistas preciosas de la playa al anochecer. La pena, si acaso, que el elevador es un vagón moderno, estéticamente frío y sin el menor encanto, muy lejos del que había hace unos años. Me vienen a la cabeza los tranvías de Lisboa y me asusta pensar que dentro de unos años sufran la misma tragedia.