24 de febrero de 2018

Restaurando sueños.

Esta madrugada el sueño iba y venía, como las olas, como las mareas. Unas veces me arropaba más tiempo y conseguía descansar  algo, otras se asemejaba a la luz de mi faro y duraba apenas un instante. 

He terminado cansado de dar vueltas y más vueltas en la cama y, al final, me he venido a la salita donde está el viejo sillón y el televisor. Poco hay que ver a estas horas: emisoras que solamente ponen música o vendedores de cosas maravillosas que siempre están de oferta y que te regalan más cosas en más ofertas si llamas antes de media hora. Sola la 2 tiene algo que pueda verse: un reportaje sobre unos trabajos en un yacimiento arqueológico en Perú.

Lo pongo pero no le presto atención, en el fondo creo que lo hago por oír una voz, una voz que no sea mi voz. De repente un fragmento de un sueño me viene a la mente, y después otro, y otro... no se si son trocitos del mismo sueño o si son sueños diferentes, lo único que tienen en común es que en todos aparece ella.

Intento ordenarlos, darle forma, continuidad, pero son fotogramas de una película sin orden ni concierto, piezas desordenadas de un rompecabezas con las que intento formar una historia. En unas está ella, desnuda en su cama, leyendo un libro, con su espalda bañada por la luz de una pequeña lámpara que hay sobre su mesita de noche. En otras aparecen mis manos acariciando su cuello, dibujando corazones en su espalda que se convierte en una playa por la que mis manos trazan líneas sin sentido. Nada tiene aparentemente sentido en este sueño.

En la tele una mujer muestra una vasija que tiene cientos de años, una vasija a la que han dado su forma original uniendo decenas de trozos encontrados aquí y allá. No están todos, faltan muchos, pero los restauradores los han suplido con otros trocitos inventados, trocitos que, sin serlo, juegan a ser las piezas reales que faltan a la vieja vasija.

 ¿Y si yo jugase a ser restaurador de sueños? Y cierro los ojos y pongo en mi mente la imagen de su cuerpo sobre su cama, su espalda desnuda... y unas veces añado el siguiente fragmento y otras, cuando no lo encuentro, creo yo uno.

Ahora, de madrugada en la soledad del faro, tengo un sueño completo. Y cierro los ojos otra vez y lo vivo, acariciando su cuello, besando su nuca, recorriendo con mis manos la playa de su espalda, probando en mis labios la sal en las olas de su cuerpo, cubriéndolo con el mío, igual que la oscuridad de la noche cubre la playa que duerme a los pies del faro.

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