23 de julio de 2012

El mundo de los faros.

Esta noche nace un nuevo blog. Un sitio dedicado a los faros, a su historia, a su evolución a través del tiempo, a los hombres que dedicaron su inteligencia a hacerlos mejores y a los hombres que dedicaron su vida a cuidarlos para así cuidar las vidas de otros. 

El mundo de los faros es el nombre de mi nuevo blog y evidentemente estáis todos invitados a visitarlo. A partir de ahora intentaré llevar ambos blogs adelante: este volverá a ser el sitio que era en un principio, el lugar donde el viejo farero habla de la vida, de sus amigos marineros, de la soledad, de María, de la vida.  En el nuevo blog irán los temas relacionados solamente con los faros. Intentaré  hacer las cosas bien y comenzar por el principio, llevar un orden cronológico e ir contando la historia de los faros desde sus albores hasta hoy, será un blog dedicado exclusivamente a los faros, al mundo de los faros. Procuraré que los artículos sean entretenidos (tendréis al final de cada uno la opción de valorarlos en ese sentido) y que a quienes les atrae en mayor o menor medida este tema se sientan un poquito más atraídos por los faros.

Espero que perdonéis  cualquier deficiencia que encontréis en el nuevo sitio, esto de diseñar un blog no es precisamente lo mío, pero prometo ir mejorándolo poco a poco.

Se supone (ya os digo que esto no es mi fuerte) que  esta noche el blog  entra en funcionamiento y yo me lo tomaré como si fuese un faro que enciende su luz por primera vez cuando se esté poniendo el sol.

Gracias.

El viejo farero.

18 de julio de 2012

El niño que escribía poemas.

La primera vez que estuve frente al mar tenía 12 años. Tal vez porque ya había visto su color en el atlas de Aguilar donde tenía marcado el recorrido del Nautilus en sus "20.000  leguas de viaje submarino" su color me resultó conocido. Tal vez porque lo había visto en aquella vieja serie titulada "Viaje al fondo del mar" donde el almirante Nelson comandaba  otro  submarino, en este caso llamado Sibiu creo recordar, su inmensidad no me sorprendió. Ni siquiera el sonido de las olas rompiendo en la playa fue nuevo porque lo había oído en la tele muchas veces. Lo que nunca había hecho, ni en la tele, ni en los libros, ni siquiera en sueños era percibir su olor. Tal vez por eso la imagen más antigua, la primera de todas las imágenes que tengo del mar no es una imagen, es un olor: el olor a salitre, el olor a las algas entre las rocas, el olor a mar de las piedras que cogía de la playa y acercaba a mi cara para olerlas.  Aun hoy, más de 40 años después de aquella mi primera visita al mar, cada vez que llegó a sus orillas cierro los ojos y aspiro hasta llenar mis pulmones y mi alma de aquel olor a salitre, a algas, a mar inmenso. Tal vez por eso prefiera pasear junto a él en invierno, cuando el aire no está lleno de olores a bronceadores y cada partícula que aspiro es una partícula de aire marino.

Hace unos días he encontrado un viejo cuaderno que mi madre guardó durante cerca de  40 años entre sus cosas como si fuese un tesoro y que cuando ella falleció me  traje a casa. Su portada está llena de pegatinas. Son fotografías de motos, de una colección llamada Pepsi Motos Grand-Prix  y de la que no tengo el más mínimo recuerdo. Dentro, en unas páginas que una vez fueron blancas y ahora están teñidas por el ocre amarillento con el que el tiempo tiñe las cosas,  una colección de poemas que, según la fecha, escribí un par de años después de aquel primer viaje al mar.  ¿Os imagináis los versos que podía escribir un chaval de 14 años, 14 años de entonces?  De todos ellos he escogido uno que a pesar de los años siempre he recordado, el único posiblemente que recordaba. Tenía 14 años y ya el mar estaba en el fondo de mis escritos. Hoy os dejo un poema muy especial, no porque el poema lo sea en sí mismo, sino porque tiene casi 4 décadas, porque lo escribió un chaval de 14 años que ya soñaba con el mar. 




Mi barquilla.


Mi barquilla marinera
que la mar me arrebató
está encallada en la arena
entre rocas, bajo el sol.
Por la noche van las olas 
y la besan en la quilla,
que al verse mi barca sola

llora como una chiquilla.
Mi barca mira hacia el mar
cuando el sol se está poniendo,
¡ay, cómo rompe a llorar
mi barquilla con el viento!
Las  olas, con tantos besos
su nombre le están borrando,
mi barca llora por eso 
cuando el sol la está mirando. 
En el mástil de su vela
las gaviotas se posan
y mi barquilla recuerda 
cientos de bonitas cosas.
Mi barca perdió sus remos
que se fueron entre espumas.
Barquilla, ya no podemos
traernos de la mar fortunas,
barquilla, yo ya no quiero,
salir al mar con ninguna.
Y tú sola, mi olvidada,
que estás dormida en la arena
con tus tablas deterioradas
miras con ojos de pena
tu proa desmantelada
de tu nombre "Macarena".
Y los hilos de mis redes
cuando ya se marcha el día,
cuando el cielo pierde su azul,
lloran porque tú no vienes...
y yo no tengo alegrías
desde que me faltas tú.



El viejo farero...  hace casi 40 años.

14 de julio de 2012

Faro de Trafalgar: 150 años de servicio.


Siglo y medio guiando a los hombres de la mar, 150 años en servicio. Cerca de 55.000 noches poniendo su luz al servicio de los demás. Es el faro de Trafalgar y mañana  15 de julio se celebra el 150 aniversario de su puesta en marcha.
Al salir del aparcamiento donde he dejado el coche un hombre charla con otros que están retirando arena de la carretera. Me voy para arriba –dice- que tengo visita dentro de un rato. Es el farero con el que he quedado dentro de unos minutos. Lo saludo, me presento y subimos en el coche que la Autoridad Portuaria de Cádiz le pone a su servicio.
Visto desde cerca el faro de Trafalgar se asemeja a un proyectil gigante en posición vertical esperando ser lanzado a los cielos. La puerta de la calle da a una entradita y a continuación a una sala de grandes proporciones que tiene cierto aire de patio techado. A ella 
dan las distintas dependencias de la casa y sobre una de las paredes hay un viejo teléfono, de aquellos que tenían un disco con los números y unos pequeños orificios donde se metía el dedo y se hacía girar hasta un tope. Al fondo de esta sala se ve el comienzo de la torre y la puerta por la que se accede. La escalera es estrecha, de obra, y mientras sube va girando en el sentido de las agujas del reloj sobre un hueco cerrado por el que desciende el antiguo mecanismo de relojería que hacía girar la óptica.
 La escalera termina en la cámara de servicio, amplia y bien iluminada, y desde aquí una pequeña escalera metálica nos lleva a la linterna. La altura a la que hemos subido es aproximadamente la de un edificio de 11 plantas pero el esfuerzo merece la pena. Independientemente de que te interese la base de la óptica, verla por dentro, ver el sistema de giro o las lámparas las vistas desde el balcón son impresionantes: El camino de casi un kilómetro que me ha traído al faro, la playa de la Marisucia y la luz del sol reflejándose en ella, el mar, los restos de la antigua torre almenara, la inmensa playa de Zahora…  y todo  desde un punto de vista único. En el exterior de la linterna las cámaras que un día instalaron con dinero procedente de la Unión Europea para observar los cambios en esta última playa y que ahí se quedaron, como un muerto que se quedó con los ojos abiertos mirando y sin ver.
El faro se encuentra en el cabo que le da nombre, en un tómbolo declarado monumento natural  en 2.001 y perteneciente al término municipal de Barbate, en la provincia de Cádiz. Frente a él, en octubre de 1.805 se desarrolló la famosa Batalla de Trafalgar que enfrentó a la escuadra franco-española del almirante Villeneuve y a la inglesa comandada por Nelson y en la que más de 70 galeones terminaron en el fondo del mar entre el Cabo y Cádiz. 
Mucho antes, en tiempos de la dominación romana existía en el lugar un templo consagrado a la diosa Juno, hija de Saturno y hermana y esposa de Júpiter, que incluía un altar para sacrificios en su honor. Siglos después, en el IX, los musulmanes construyeron una torre vigía cuyos restos aun permanecen junto al faro y que durante muchísimos años fue el punto de referencia para identificar el Cabo. Frente a él  se encuentran los bajos de la Aceitera  que obliga a los barcos de gran tonelaje a doblar el Cabo a una distancia mínima de 8 kilómetros y a los pesqueros de Barbate a ceñirse a menos de 100 metros de la costa, de ahí la expresión: “Cabo de Trafalgar, todo a tierra o todo a mar”.

En 1.847 se propuso la instalación de un faro de 2º orden sobre la antigua torre vigía con características de eclipse de 30 en 30 segundos, pero no sería hasta 1.856 cuando comienzan los estudios para construir el faro y 2 años más tarde se aprueba el proyecto. El encargado de llevarlo a cabo es el ingeniero Eduardo Saavedra con quien colaboraron 3 alumnos de la Escuela de Caminos: Rafael Navarro, Antonio de Palacios y Manuel García. Algo quedó de aquel primer proyecto y para la construcción del faro se utilizó parte de los materiales de la torre almenara que había sido derribada casi en su totalidad en 1.860.
El 15 de julio de 1.862 se enciende por primera vez utilizando una lámpara de aceite de oliva y más tarde de petróleo, su alcance era de 19 millas.  Unos años más tarde  un sistema de incandescencia por vapor aumentó su alcance hasta las 31 millas.  La torre tuvo en principio forma troncocónica con una altura de 29,5 metros, sobre ella una cornisa de 0,80 metros daba paso a una parte cilíndrica cuya altura es de 1,85 encima de la cual descansa la linterna lo que daba al faro una altura total de 34 metros situando su plano focal a  51 metros. El diámetro exterior de la torre era de 5,70 en su base y 4,70 bajo la cornisa. La casa para los fareros es de planta rectangular y medía 18x17 metros teniendo acceso directo desde el fondo de la misma al interior de la torre.
A principio de los años 20 del siglo pasado se decide ampliar el alcance del faro y en 1.926 se instala una óptica de la firma BBT de 900 mm. de distancia focal hecha en bronce y vidrio.  El tremendo peso de la nueva óptica unido a los fuertes vientos de la zona puso en peligro la estabilidad de la torre por lo que hubo que reforzarla con una envoltura de 50 centímetros de grosor, de fábrica de ladrillo y un enlucido de mortero hidráulico de 3 centímetros según un proyecto de Julio Mururúa.
En 1.929 Carlos Iturrate realiza un nuevo proyecto de refuerzo colocando unos contrafuertes en forma de nervios verticales que convergen en arcos apuntados, lo que le da su aspecto tan característico y diferenciador del resto de faros españoles.
Cuando se instaló esta maquinaria en 1.926 giraba gracias a un sistema de relojería impulsado por una pesa cuyo recorrido iba desde la linterna hasta la base del faro. Para volver a subirla había que darle cuerda a mano cada 5 horas (el tiempo que tardaba en caer). Posteriormente se automatizó con un motor eléctrico que se encargaba de darle cuerda al mecanismo cuando la pesa llegaba al final de su recorrido. Hoy en día la óptica gira gracias a un motor eléctrico y lo hace sobre flotador de mercurio. En el interior de la óptica hay 2 bombillas halógenas con una potencia de  1.000 cada una,  de la marca General Electric, una de ellas, la que está en funcionamiento,  en posición vertical y la otra de reserva un poco inclinada. Las dos lámparas están montadas sobre un sistema que en caso de fallo de la primera aquel gira y coloca la lámpara de reserva en posición vertical activando su encendido.
El alcance actual del faro de Trafalgar es de 22 millas y sus  características nocturnas  son dos destellos más uno cada 15 segundos.
Para llegar al faro existe una carretera pero unos 800 metros antes hay una barrera que impide el paso a los vehículos ajenos al servicio. Lo ideal es dejar el coche en los aparcamientos de los últimos bares que existen, no tiene pérdida, y desde ahí echar el paseo. A nuestra izquierda dejaremos primero las dunas de arena que el levante mueve continuamente y que con frecuencia cubren la carretera, poco más adelante la playa de la Marisucia, llamada así por la gran cantidad de algas que la marea y los temporales arrastran hasta ella. Después una  leve subida nos deja a los pies del faro desde donde parte un sendero hecho con  listones de madera que baja a la playa y después de rodear el edificio nos lleva a los restos de la antigua torre  y que en determinados puntos posee miradores.

No puedo terminar esta entrada sin agradecer a la Autoridad Portuaria de Cádiz el haberme permitido acceder al faro. También mi agradecimiento más sincero al farero de Trafalgar, otro hombre que no quiere popularidad, por haberme enseñado el faro y la linterna por dentro, por haberme dejado ver el mar desde donde lo ven ellos y por dejar que me sienta farero por unos minutos.









El viejo farero.

13 de julio de 2012

Hay Señoras y "señoras".



Esta Señora es Elsa Fornero, ministra de Trabajo del gobierno italiano. Al anunciar los recortes que su gobierno iba a llevar a cabo rompió a llorar.


Esta otra "señora" es Andrea Fabra. Su apellido ya lo dice todo. Es diputada del Partido Popular y ayer, al anunciar el señor Rajoy los recortes a los parados  españoles rompió en aplausos mientras decía: ¡Muy bien, muy bien... que se jodan!


Estos son algunos de los casi 5 millones de españoles que deberían joderse, pero no pueden: ya están jodidos.

12 de julio de 2012

5 faros de Asturias. Luarca.


Imaginad que hemos subido a la linterna de un faro. Nos asomamos, vemos el mar más o menos cerca y después miramos al suelo, a una treintena de metros del pie de la torre. ¿Qué veremos? Posiblemente lo más lógico sería responder que veríamos rocas, y es que a los faros solemos imaginarlos al borde de un acantilado  en el extremo de un cabo, pero hay linternas desde las que, a 30 metros de la torre, lo que hay es la arena de una playa, como ocurriría si fuese el de Nules o el de Trafalgar. En el de Marbella serían bloques de pisos, si miramos desde el faro de Castell de Ferro, en la provincia de Granada, lo que tendríamos alrededor sería un monte casi desertizado con 500 metros entre nosotros y el mar, desde el faro de Málaga, al que llaman la Farola, veríamos a nuestros pies  aparcamientos  y el puerto de la ciudad. También veríamos arena y un puerto, en este caso fluvial, si lo hacemos desde el faro de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda, pero si desde donde miramos es desde la linterna del faro de Luarca lo que tenemos a unos cuantos metros son dos cosas: una la carretera que lo rodea como si la abrazase,  rozando sus muros, la otra   el cementerio. Y es que  posiblemente, este faro tenga una de las ubicaciones más originales de todos los faros españoles.

El mejor modo de entrar a Luarca es haciéndolo desde la antigua nacional, la 634. Si venimos desde la parte oriental de Asturias 2 kilómetros antes de Luarca hay un cruce donde podemos seguir recto o tomar el desvío a la derecha. Por ambos caminos la distancia a Luarca es de 2 km, el desvío de la derecha pasa por Villar, pequeña población con numerosas casonas de indianos, pero la importancia de este faro para Luarca es tal que el indicador no pone “Villar” sino “Luarca (por el faro)”.  Pocos pueblos de este país tendrán una entrada más bonita pues al final de la Punta Mocicón la carretera hace una curva que dibuja una raqueta y que nos abre un balcón al Cantábrico y, según vamos girando a la izquierda rodeando el faro, al puerto, a Luarca y al cementerio donde reposan los restos de Severo Ochoa.

El faro de Luarca se encuentra situado en un lugar llamado La Atalaya y entre los siglos XVI y XVIII existió aquí un fuerte cuya misión era la defensa de la villa codiciada por ingleses y franceses. Cerca del faro aun se conserva la Mesa, lugar donde los miembros del gremio de Navegantes y Mareantes se reunían para discutir problemas relacionados con su actividad. Una de las cuestiones a resolver era, en los días en los que el estado de la mar era dudoso, si salir a faenar o no. Para ello pintaban una barca en un extremo de la mesa y una casa en el otro. Los hombres que pensaban que se podía salir a la mar se colocaban junto al dibujo de la barca, los que creían que faenar era peligroso ese día se colocaban junto al dibujo de la casa. Si eran mayoría los que se colocaban en el lado de la barca cada cual decidía si salía a faenar o no, pero si eran mayoría los que se colocaban junto a la casa la prohibición de salir a faenar era tajante y todos tenían que respetarla. Unos azulejos en la pared exterior de la lonja de Luarca recuerdan y explican este sistema democrático usado por los marineros de esta villa.

Las primeras señales luminosas para guiar a los hombres de la mar en esta zona fueron unos fuegos que se encendían al pie de la Torre Vieja, del siglo IX, después se edificó la ermita de la Virgen Blanca, que sigue en pie junto al faro. En una de sus ventanas se encendía una luz costeada por el gremio de Navegantes y Mareantes. El actual faro fue inaugurado el 15 de noviembre de 1.862 y su óptica tuvo un coste de 5.278 pesetas.

El edificio primitivo era de forma rectangular con tejado de pizarra, buhardilla, pintura blanca en la fachada y remate de sillería en las esquinas. Más tarde se alargó el cuerpo principal en dirección opuesta a la torre pero manteniendo el mismo aspecto totalmente integrado en la estética de Luarca.

La torre de este faro se encuentra semiadosada a  la fachada Oeste y es la original de mediados del siglo XIX, es prismática, de sección cuadrada, cada una de las otras 3 fachadas de la torre posee una vidriera en forma de arco de medio punto enmarcadas en piedra que iluminan la escalera de acceso a la linterna. La altura total del faro es de 10 metros y su plano focal es de 54 sobre el nivel del mar. Entrar a esta torre, ver la impresionante escalera de caracol abierta, de fundición de hierro,  las cristaleras y a través de ellas Luarca, el puerto, el Cantábrico es un regalo impagable. Por unos instantes te quedas boquiabierto, asombrado, mirándolo todo y sin saber qué decir. La tentación de tocar la escalera, de subir por ella es inmensa, pero el interior de la torre, la luz que la llena, te retienen, todo lo haces despacio, empapándote de algo que de manera inconsciente sabes que, muy posiblemente, sea único.

La linterna está rodeada por un balconcillo cuadrado, con barandilla de hierro. La óptica que cobija consta de un aparato catadióptrico fijo de forma circular y una lámpara de 500 watios cuya luz, al no girar la óptica, se enciende y apaga ofreciendo 3 ocultaciones cada 8 segundos y teniendo un alcance de 20 millas. El sistema de ayuda se completa  con una Sirena Pintsch que en los días de niebla emite la letra “L” con un alcance de 10 millas. Para casos de emergencias el faro cuenta con un grupo electrógeno de la firma alemana Freeport.

Aquí termina este relato de mi viaje por estos 5 faros asturianos, un recorrido de esos que son sencillamente inolvidables, no por lo largo, ni por la lejanía, sino porque son vivencias que te llenan, que te calan hasta lo más honde de tu ser. No ha sido solamente entrar a 5 faros, ni tampoco que estos faros estén en una tierra que me tiene enamorado, ni tan siquiera que uno de ellos sea el de Cudillero, todo  un mito para mí y donde ni en sueños imaginaba poder entrar algún día,  ha sido también (y sobre todo) la persona que me los ha ido enseñando, la persona que me ha contado mil cosillas sobre ellos, sobre su mantenimiento… la misma persona, un farero de verdad, que me invitó a café en su faro y que se despidió de mí con un abrazo amigo. De todo esto solamente me queda una pequeña espinita clavada: no poder decir su nombre y no poder darle públicamente  las gracias por haberme hecho semejante regalo. Si me lees, amigo farero, sabes que todo esto lo digo de corazón.

A Belén Menéndez, mi amiga asturiana, si puedo darle las gracias (no me lo has prohibido, que conste) por interceder por mí y hacer posible esta experiencia. Un beso Belén y un abrazo desde el Sur. Tenemos pendiente un café.

8 de julio de 2012

Ayudar a Gonzalo.


Gonzalo no es un personaje más en estas historias del farero, ni vive en ese pequeño pueblo que no tiene nombre y que se asoma a un mar que no viene en los mapas. Él no conoce a Miguelito ni ha subido nunca a la linterna de un faro… ni sueña con ser farero.

Gonzalo vive en Utrera, un bonito pueblo de Sevilla que está a veintitantos kilómetros de la capital. Y es que Gonzalo es un niño real, un crío de carne y hueso que a sus 8 años disfrutaba jugando al fútbol y al que todos sus amigos quieren una inmensidad, porque este crío no tiene compañeros de clase, ni de colegio: él es tan bueno que solamente tiene amigos.

Un mal día la meningitis anidó en su cuerpo, después no sé si fue un fallo humano, una dejadez, el reducir gastos en el hospital eliminando pruebas… pero las consecuencias fueron las peores: El cerebro de Gonzalo ha quedado tremendamente dañado porque lo mandaron a casa sin comprobar que todo estaba bien y, cuando regresaron con él al hospital ya era tarde. Ahora este crío está ausente del mundo.

Si Gonzalo tiene un tesoro éste tiene nombre de mujer: María José, su madre. Luchadora incansable eternamente a su lado. Duerme (cuando duerme, a ratos y con los oídos en alerta) junto a su hijo y ella se encarga de todo, de todo lo que está en su mano, pero la madre de Gonzalo no es Dios y, económicamente,  las circunstancias en su casa no son buenas. 

El pequeño necesita rehabilitación, fisioterapia, un logopeda que lo enseñe de nuevo a algo tan básico y elemental como es tragar saliva… la inmovilidad de Gonzalo es total y cada vez que ha de acudir a una de estas sesiones o al médico la madre tiene que llevarlo en su carrito. Os aseguro que atravesar un pueblo de punta a punta en Sevilla en esta época del año a la hora que sea, empujando un carrito con un chaval de 8 años es un calvario, para él y para la madre, además todo esto cuesta dinero, un dinero que la familia no tiene y que los amigos y vecinos están poniendo en la medida que pueden; son malos tiempos en todas partes. La gente de Utrera está dando un ejemplo de solidaridad y de humanidad, Canal Sur le dedicó casi una hora a entrevistar a la madre en un programa dedicado a ayudar a quien lo necesita pero esta ayuda va a ser necesaria durante mucho tiempo,  y hace falta que se impliquen más personas. 

Conozco personalmente al crío y a su familia y quisiera pediros una ayuda para ellos, por dos motivos: uno es que lo necesitan, el otro que se lo merecen: Gonzalo es un niño de 8 años al que cortaron las alas y entre todos podemos (y debemos) echar una mano para que vuelva a volar.

Evidentemente nadie está obligado a nada, pero a mí me gustaría que quien pueda colabore en la medida de lo posible. Quien lo desee pueda ingresar su ayuda en esta cuenta:

Entidad: Caja Rural, Utrera.
Titular: Gonzalo Bruque Álvarez.
C.C.C.  3020  0001  52  2032372613

A los blogs amigos os pido que dejéis, si lo consideráis oportuno,  esta entrada a ver si entre todos ayudamos un poquito a Gonzalo. A todos mil gracias por haber leído hasta aquí y a quienes colaboréis un millón de gracias más.

4 de julio de 2012

5 faros de Asturias. Cabo Busto.


El faro de Cabo Busto no es exactamente uno de esos lugares donde parece que se termina el mundo pero para las almas solitarias posee el encanto de tener la casa más cercana a kilómetro y medio. Cuando después de dejar la autovía del Cantábrico atraviesas Busto la modesta carretera solamente tiene un destino: el faro. Es realmente bonito verlo al fondo y, poco a poco, ir acercándote a él.

El faro de Cabo Busto fue inaugurado el 1 de abril de 1.858 dentro del Primer Plan de Alumbrado con la finalidad de cubrir un amplio sector de penumbras existente entre Cabo Peñas y Estaca de Bares, en Galicia.

El edificio original tenía forma rectangular, con una sola planta, el enlucido de las fachadas era de color blanco y los remates de esquinas, zócalos y contacto con el techo de piedra lisa. El tejado era de pizarra natural, a juego con las cubiertas tradicionales de la zona. En 1.920 se reforma y se amplía el edificio al que se le da forma de “U” instalando en la parte nueva dos viviendas que dan a la cara Sur.

La torre primitiva estaba situada en el centro de la fachada Norte, adosada al edificio. Su forma era cuadrada y estaba rematada por una barandilla de hierro y torreón decagonal sobre el que se situaba la linterna. En  una reforma posterior, en 1.962, la torre  fue sustituida por la actual, un prisma cuadrado sin el menor encanto.

Tanto la primera linterna que tuvo este faro como su óptica eran  de la casa francesa Sautter y funcionaba con una lámpara de aceite de oliva primero y más tarde parafina y petróleo hasta 1.917 en que se electrificó. Aquella óptica constaba de un sector rojo y fue sustituida por otra aeromarítima de la firma Pintsch en 1.935 y, más tarde, en 1.962. La que existe hoy en día consta de un montante sobre flotador de mercurio y su aparato catadióptrico tiene una distancia focal de 375 mm. Y durante un tiempo tuvo paneles aéreos. La luz se la proporciona una lámpara de 1.500 watios y otra de reserva que entra en funcionamiento si falla la principal, para ello cuenta con 2 grupos electrógenos diesel que fueron cedidos por el Plan Marshall después de la 2ª Guerra Mundial. La linterna, totalmente acristalada, mide 2,25 metros de diámetro y 2,60 de altura.

Las características luminosas de este faro son grupos de 4 destellos cada 20 segundos. Su plano focal se eleva a casi 95 metros sobre el nivel del mar y a 10 sobre el terreno y su alcance es de 21 millas.



En el Libro de este faro constan anotaciones de que antes de la Guerra Civil, en tiempos de la República, uno de los fareros de entonces hacía las veces de maestro y hasta el faro acudían algunos niños de Busto a recibir sus clases.















































*Los datos técnicos referentes al faro han sido tomados del libro "Faros del litoral asturiano", de Belén Menéndez Solar.



El viejo farero.

1 de julio de 2012

ESPAÑA