Esta mañana han debido venir críos a la playa y la arena está llena de sus pequeñas huellas. Habrán estado jugando al coger porque las marcas que han dejado sus pisadas vienen y van, sin sentido, en cualquier dirección, girando algunas veces sobre sí mismas, cruzándose por encima de otras, como los recorridos que hacen las golondrinas cuando, al comienzo de la primavera, vuelan como locas por el puerto, por las calles, por encima de las azoteas.

Ahora, de noche, en la soledad del faro, pienso en esas huellas de críos que vi. La marea está alta y muchas de ellas las habrán borrado las olas para siempre. Mañana parecerá que nunca estuvieron allí y en la arena no habrá nada que recuerde a quienes las dejaron. Habrá otras que los borre el viento. Será un proceso más lento pero igual de efectivo.
Hay en una emisora de televisión un documental sobre las Tierras Altas de Soria. Existen en ella unos recorridos para ver unas huellas que dejaron los dinosaurios hace millones de años. Que diferencia con estas de la playa. Ellos, los dinosaurios, no dieron mil vueltas dejando la marca de su pisada en el suelo, pasaron por allí, sin más.
Me he despertado de madrugada y me ha venido a la cabeza un recuerdo de hace muchos años, y después he visto que el corazón de las personas es un terreno misterioso en el que quienes pasan por nuestra vida dejan su huella. Hay algunas que se borran casi de inmediato, otras que duran un tiempo, otras que jamás se borran. No depende del tiempo que estuvieron, sino de la intensidad con la que lo hicieron. Pasan por nuestras vidas personas cuyos pasos discurrieron junto al mar y las olas de la primera marea alta los borraron. Otras huellas las borró el viento de los años. Pero hay otras que debieron pisar de otra manera, o tal vez en otro terreno, y ahí están, después de toda una vida, imborrables, como las de esos dinosaurios de hace millones de años.
5 comentarios:
Precioso escrito.Un placer leerte
Muchas gracias Anna. Un saludo desde el faro.
Tiempo ha que no visitaba tu blog. Uno se lía más de la cuenta con un sinfín de cosas que, a veces, te desvían de ese sendero en el que Platón aconsejaba no dejar crecer la hierba.
Esas huellas del alma.
Salud.
Esta noche me sentía bastante triste y por casualidad he encontrado tu blog y he leído tu reflexión sobre las huellas en la arena. Gracias a tus palabras me iré a dormir feliz. Te seguiré leyendo, farero. Buenas noches desde tierras de secano.
Un poco tarde pero te agradezco tu comentario. Si mis palabras te sirvieron para dormir feliz yo me alegro. Aquí tienes tu faro... y tu playa.
Un saludo.
Publicar un comentario