12 de octubre de 2017

SEGUNDA EDICIÓN.

Después de mucho tiempo y después de planteármelo mil veces y darle mil vueltas, después de oír una  y otra vez el consejo de que lo hiciera ha llegado la hora y, la segunda edición de mi libro, está en la imprenta.

Dentro de dos o tres semanas tendré entre mis manos los nuevos ejemplares, copias de aquellos que hace ya 7 años vieron la luz de Sevilla y, después, volaron a diferentes puntos de España, incluso de América del Sur, para ser leídos debajo de otras luces. Está la imprenta embarazada de soledades, de relatos, de historias que, dentro de nada, parirá, y estoy yo nervioso, contando los días, como el hombre que va a ser padre, porque un libro, en cierto sentido, es como un hijo.

Un día os decía que haber vendido el último ejemplar me creaba una sensación parecida a cuando llegamos mi hija y yo ante el Faro de Cabo Silleiro, el último faro de nuestra ruta, el que nos decía que aquel viaje había llegado a su fin. Era por un lado la alegría de haber hecho realidad un sueño y por otro la tristeza de que aquellas emociones, aquellos nervios, se habían terminado porque el viaje también se había terminado.  Después, muchas veces, he tenido esas sensaciones enfrentadas cada vez que alguien contactaba conmigo para preguntarme si había alguna forma de conseguir un ejemplar de En la soledad del faro y yo tenía que decirle que no. Por un lado otra vez la alegría, en este caso la de saber que habían personas que lo buscaban, que querían tenerlo, por otro la tristeza de tener que decirles que ya no era posible. Hasta hoy.

Son solo 100 ejemplares, otros 100 haces de luz que buscarán otros 100 destinos, 100 libros que, desde ya, están esperando unos ojos que recorran sus líneas y unos corazones dispuestos a compartir lo que un viejo farero, en la soledad de su faro, escribió.

14 de mayo de 2017

La loca.

Hoy, en el bar de María, algunos amigos  marineros hablaban de su futuro, de dónde pasarían los últimos días de sus vidas. Triste tema de conversación cuando unos aseguran que terminarán en una residencia para ancianos y otros dudan si sus hijos los tendrán en sus casas cuando ellos ya no puedan valerse por sí mismos.  Solamente Manuel, desde su soledad, que se parece a mi soledad, se toma el tema con cierto humor.  Si yo fuese gato, dice, seguro que terminaba viviendo en la casa de la loca.

Me mira María y, por unos segundos, se me hace leer en su mirada una pregunta: Y nosotros, farero, ¿dónde viviremos nuestros últimos años? La esquivo, porque me da miedo acercarme a ella y decirle que, si quiere, envejeceremos juntos en el faro, en su casa, en una isla solitaria, en una ciudad con un millón de personas a nuestro alrededor... pero juntos. Me falta valor para decírselo, como me ha faltado valor siempre para pedírselo. 

Me siento con mis amigos de la mar, charlamos y no sé de que estamos hablando hasta que un golpe seco en mi brazo me trae de nuevo al bar, a la mesa... a la realidad. Es cuestión de tiempo que me levante y me acerque al mostrador que hace de frontera entre María y el resto del mundo, entra ella y yo, una frontera que, a escondidas, furtivamente, se saltan nuestras manos simulando quitar algo de la vieja madera, coger un vaso... 

De regreso al faro me desvío de mi camino y termino pasando por la calle donde vive Amalia, la que muchos llaman la loca de los gatos. Está en la puerta, poniendo comida a sus animales, a sus hijos adoptivos como ella les llama. Son gatos que otras personas fueron abandonando a medida que se reproducían, gatos que dejaron en la calle y que buscaban un pescado caído entre las barcas, un poco de comida que algún marinero dejaba en el puerto, junto a los muros.

Ella, Amalia, los ha ido recogiendo y dándoles comida y cariño. ¿En qué mundo vivimos, que llamamos loco a quien da cariño y protección a unos pobres animales abandonados? ¿Acaso quienes una noche los sacaron de casa y los dejaron tirados en la calle son los cuerdos? No entiendo este mundo, ni a la gente. 

La saludo, me sonríe, y me hace la eterna pregunta: -farero, ¿quieres llevarte uno para el faro? te hará compañía-. Hace años compartí soledades con uno de estos animales. Ella lo s
abe y se aprovecha, y me pregunta si no echo de menos su ronroneo, su calor sobre mis piernas en las noches de invierno.

Ahora, en la soledad del faro, recorro cada habitación, cada recodo, cada escalón...  siento que sobre esta soledad pesa una pena de muerte.



28 de abril de 2017

Tiempos.

Hoy el día ha amanecido gris, desapacible y lluvioso, como si el tiempo hubiese dado marcha atrás y hubiese regresado sobre sus pasos a los días de diciembre o de enero. No es que haga frío, es que el día emana tristeza. 
Mirando las gotas de lluvia deslizarse por los cristales de la ventana me ha venido a la cabeza otra ventana, otros cristales y otras gotas de agua, hace una eternidad, cuando un chiquillo miraba, con la misma tristeza que hoy miro yo la playa, el campo que había frente a su casa, los charcos, las nubes oscuras que lloraban y cuyas lágrimas le impedían salir a la calle a jugar con sus amigos.
Después todo cambiaba. No hacía falta estar mirando por el balcón para saber que había dejado de llover, los gritos de otros críos eran el aviso, la llamada. Era el tiempo de construir presas con piedrecillas y barro, presas que cortaban, por un breve espacio de tiempo, el agua que corría cuesta abajo formando pequeños ríos.
Los juegos de aquella infancia mía estaban marcados por los tiempos: había un tiempo de jugar a las canicas, otro tiempo de jugar a la lima, a los platillos, a los panderos... habían otros juegos que eran atemporales, que podían estar dentro de cualquier tiempo: el fútbol, el coger, la billarda...  
Hoy he hecho un viaje por esos tiempos y me he visto haciendo un pequeño hoyo en la tierra para jugar a los platillos, marcando un rectángulo dividido en siete partes para jugar a la lima, haciendo un pandero con una cola que era una sucesión de tiras de telas viejas que buscábamos Dios sabe donde, yéndonos a los campos donde habían cogido el trigo y quemado los rastrojos a comer granos tostados...
Hoy he decidido que vuelvan los tiempos a mi vida: el tiempo de escribir, el tiempo de leer, el tiempo de tomarse todo menos en serio, el teimpo de dar valor a cada segundo y, sobre todos ellos, atemporal, el tiempo de vivir. 

9 de marzo de 2017

Otra vez ellas.

Han vuelto, como cada año, pocos días antes de que llegue la primavera, con su escandaloso trinar, con sus vuelos a ras de suelo, con sus giros repentinos... son mis amigas las golondrinas.

Desde el balcón del faro las veo, como cada año, irse hacia el pueblo siguiendo el sendero, marcando sobre él giros que el pobre camino no hace. Cuesta, al menos a mí me cuesta, seguirlas con la mirada sin perderlas un instante de vista.

En los naranjos las flores de azahar están dormidas, recogidas sobre sí mismas, como gatos cuando duermen. Dicen que esperan el calor de la primavera para abrirse e inundarlo todo con su olor, pero yo creo que no, que a las flores de azahar las despiertan las golondrinas. 

Ahora empezarán a volar por las calles del pueblo, jugando al pillar, riéndose de la gente, de su andar tremendamente lente visto desde sus pequeños ojillos. Buscarán el barro en las orillas del río y volverán a las cornisas  y a los balcones a reparar sus nidos.

La primavera empieza a desperezarse. También a ella la han despertado las golondrinas.

17 de febrero de 2017

Regreso.

Casi seis meses, un suspiro en la vida, una eternidad en el corazón.
Casi seis meses sin entrar a esta habitación donde, en otros tiempos, pasaba buena parte de la noche en vela, utilizando la vieja máquina de escribir para convertir en palabras ideas y sentimientos, mirando por la ventana el reflejo de la luna llena sobre el mar, oyendo el romper de las olas contra las rocas del acantilado... rozando con la yema de los dedos, como si lo estuviese dibujando, el contorno de un faro que, un día, me regaló María. 
Hoy he vuelto a entrar. Todo sigue igual que aquella noche de finales de septiembre cuando cerré la ventana y la puerta y condené a la pobre habitación a un olvido temporal. Solamente el polvo ha entrado desde entonces y ha ido dejando una fina capa sobre la mesa, sobre el ventilador, sobre la vieja máquina de escribir... como si le fuese poniendo cada noche una fina y transparente sábana a todo.
Hoy en la habitación he hecho un pequeño zafarrancho, como aquel que hace años tuve que hacer en mi corazón. Todo a vuelto, como vuelve la marea alta a besar la playa, como vuelve la luna nueva a ser luna llena, como vuelven las golondrinas en primavera...
Si tú has vuelto al faro sabes que aquí tienes las puertas abiertas para que lo recorras, leyendo, viendo fotografías... si vienes por primera vez tienes mi más sincera  bienvenida.

28 de septiembre de 2016

Fantasias y realidades.

Hoy, en el bar de María, los pocos marineros que allí estaban se dividían en dos grupos irreconciliables. Hoy no se trataba de fútbol o de política, hoy el responsable era un programa de televisión en el que hablaban de fenómenos paranormales, de cosas extrañas que ocurren en un pueblo aragonés destrozado durante la guerra, donde dicen que se oyen gritos, aviones que se acercan, bombas que caen y estallan... sonidos de la guerra que se quedaron entre aquellas ruinas para siempre.

Discuten mis amigos marineros si es cierto, si es un timo... hasta que se van yendo todos, todos menos Ángel, un hombre que llegó al pueblo cuando era un chaval, que se casó con una mujer de aquí, que trabajó toda su vida en el puerto, que tiene tres hijos que nacieron en el pueblo pero que, a pesar de todo ello, jamás se sintió de este pueblo.

Se nos acerca callado, cabizbajo. Un minuto, dos, con sus brazos apoyados en el mostrador hasta que, sin mirarnos, nos dice que él sí cree lo de las voces, los aviones y las bombas. 

Paga a María el importe de lo consumido y, desde la puerta, nos dice que a él le pasa cuando regresa a su pueblo. Y se vuelve sobre sus pasos y, junto al mostrador, nos cuenta una historia que nadie conoce.

Por el pueblo donde Ángel vivía pasaba un pequeño río que le daba vida a la comarca: regaba sus campos, les daba de beber y, en los días de verano, servía de playa a los chavales. Hasta que un mal día alguien decidió que, 2 kilómetros río abajo, era el lugar ideal para construir un pantano. Expropiaron tierras y echaron a los vecinos porque las aguas cubrirían el pueblo.

Nos ha contado Ángel que desde la carretera nueva, si el pantano está un poco bajo de agua, se ve la torre de la iglesia, la misma torre a la que el arzobispado mandó quitar las campanas para ponerlas en la iglesia del pueblo nuevo y que, oh, misterio doloroso, se perdieron por el camino.

Este año el verano ha sido largo y seco y el pantano, dice, está más bajo que nunca. La iglesia entera está al descubierto, igual que los restos de la muralla de lo que, siglos atrás, fue un castillo. Incluso de  un par de casas de la parte alta del cerro pueden verse sus 4 paredes en pie.

Nos ha contado Ángel que ayer, desde la carretera nueva, mirando su pueblo, mitad bajo las aguas mitad asomado sobre ellas, oyó otra vez las campanas doblar llamando a misa. Escuchó los gritos de sus amigos jugando en el río, vio al viejo Eusebio cargando la yerba en el carro y al pobre de Rocinante, su burro, rebuznado porque quería irse al corral. Vio bajar por la vieja carretera a  la pareja de guardias civiles  del pueblo de al lado, haciendo su ronda a pie, con sus tricornios negros, sus capas verdes y sus fusiles al hombro. Y vio, en la minúscula plaza Mayor, la fuente con los 4 caños pariendo agua constantemente.

Me pasa cada vez que voy, farero,Yo sé que las campanas no suenan, que no están, ni los niños que eran mis amigos, ni el viejo Eusebio, ni su burro, que los guardias no puedan andar por la carretera, que la fuente dejó de echar agua hace una eternidad... pero yo los oigo y los veo farero. No sé si están dentro de mí o soy yo, que me quedé en el pueblo y no lo sé.

Se marcha Ángel más triste que nunca, no sé si pensando que se está volviendo loco, si es porque después de toda una vida sigue echando de menos su pueblo o, ¿quién sabe? si es que le da miedo no saber ya que es verdad y qué imaginado.

Es hora del volver al faro. Me despido de María, le doy un beso y, desde la puerta, la miro. Está detrás del mostrador, con su pelo recogido y con esa ternura eterna en su mirada. ¿Será María como las campanas y los niños del pueblo de Ángel, solamente un sueño, un recuerdo?

Vuelvo donde ella y me pr
egunta qué se me ha olvidado ahora. Nada. comprobar que eres real. Y me pierdo en un beso eterno.





15 de septiembre de 2016

Promesa de lluvia.

Esta tarde el viento me ha llevado a las marismas. Hacía una eternidad que no me perdía entre el silencio y la soledad de aquellos campos que, con las lluvias, juegan a disfrazarse de mares. Mares de agua embarrada, mares de tierra resquebrajada, mares de arroz verde, de arroz amarillento... la marisma no es otra cosa que eso: una tierra que juega a ser mar.

Hoy las nubes, por unos instantes, prometieron lluvia. Después han sido como esos políticos que aparecen por los pueblos poco antes de las elecciones prometiendo mil sueños y, como ellos, las nubes se han marchado sin dejar nada y llevándose mi ilusión de sentir el agua en mi cara y el olor a tierra mojada en el aire.

Hoy la marisma estaba vestida de verde, del color verde del arroz, ese arroz andaluz que después se llevarán a Valencia para volver a vendérnoslo como arroz valenciano. Que pena que no valoremos más lo nuestro. Dentro de poco volverá a cambiar sus colores, y sus tierras secas y cuarteadas se cubrirán de agua. Aquí todo cambia, todo menos esta soledad que me llama y me rodea. Solamente en primavera, cuando alguna gente de la ciudad viene con sus grandes todoterrenos a ver los flamencos rosa y las cigüeñas la marisma deja de ser un paraiso de paz, silencio y soledad. Es entonces cuando yo, si vengo, busco los caminos más apartados, aquellos donde lo único que hay cerca es la marisma.

Regreso con la tristeza que provoca la decepción, con el dolor pasajero de ver nubes oscuras que, al final, no dejaron lluvia. Me consuela mirar mi viejo mapa y saber que, el mes que viene,
seguirán ahí, y que en otoño llegarán las lluvias y volveré a ver una marisma nueva convertida en mar.


5 de julio de 2016

La mariposa que quiso conocer el mar.

No es que se llene de hombres y mujeres tendidos sobre sus toallas, ni de niños corriendo o haciendo castillos de arena, ni de sombrillas...  la playa es grande, inmensa para la cantidad de personas que acuden, pero a pesar de ello prefiero pasear por ella al amanecer, cuando, si hay alguien, es algún visitante que ha venido desde la capital y pasa las primeras horas de la mañana intentando pescar algo con su maravillosa caña con la que, las más de las veces, solamente le arranca al mar un puñado de algas.  Prefiero el olor a sal al olor a bronceadores, prefiero esquivar una pobre medusa que la mar desterró a esquivar toallas y, sobre todo, prefiero oir el romper de las olas y a las gaviotas cuando me acerco a ellas y echan a volar protestando a oir la música de un teléfono móvil convertido en radio.

Esta mañana la playa estaba sola, casi sola: no había nadie pescando manojos de algas, no habían gaviotas posadas sobre la arena, mirando cara al viento para que sus plumas no le molesten en los ojos, no estaban mis amigos los correlimos jugando al pillar con las olas... solamente ella, sola, a contraluz de los primeros rayos de sol de la mañana.

De lejos parecía una concha, una de los cientos de conchas que la mar, cuando baja la marea, deja al descubierto, y que los críos recogen como si fuesen piezas de oro que un pirata ha ido perdiendo mientras las llevaba de su barco a una cueva secreta. Ya, de cerca, he visto que era una mariposa. 

Me he parado junto a ella y por unos segundos no he sabido qué hacer. La he tocado con toda la suavidad que he podido para ver si estaba viva y, cuando lo he comprobado, me he sentado en la arena y me he puesto a mirarla. ¿Qué hará una mariposa en esta playa? ¿Se habrá perdido y, cansada, se ha posado en la arena?  ¿Habrá oído las olas y, curiosa y valiente, ha venido a ver  a los  gigantes que se han pasado la madrugada bramando?  
No sé si cogerla y llevarla al pinar,  siempre que las veo recuerdo las miles de veces que, siendo un crío, me decían que si las cogía perdían el polvo que tienen en sus alas y ya no podían volar nunca más. Pero dejarla aquí es condenarla a morir, a ser la comida de algún ave, a ser el juguete temporal de algún chaval, a ser engullida por el mar cuando suba la marea...

Tal vez sea cruel pero decido dejar a la mariposa en la arena, ¿quién soy yo para marcarle su destino, para cambiárselo, para impedir que vea el mar, que lo escuche, que lo huela?  Tal vez la pobre mariposa tenga sus minutos de vida contados pero ella ha venido hasta la orilla de este mar, ella morirá, posiblemente, viendo y sintiendo cosas que la inmensa mayoría de mariposas ni siquiera han soñado.

Regreso de mi paseo y la playa sigue sola, sin niños que buscando tesoros encuentren una mariposa, sin gaviotas, sin correlimos... solamente ella, frente al mar.




25 de junio de 2016

Vacaciones

Hace años, en la cornisa del balconcillo del faro, a un grupo de golondrinas se le ocurrió construir sus nidos. Es verdad que dan ciertos problemas pero, en el fondo, tenerlas aquí, compartiendo el faro conmigo, es un regalo impagable que la naturaleza me hace
cada primavera. Con ellas casi no necesito despertador porque cada mañana, antes de que salga el sol, ellas saludan a la vida con sus grititos, con sus cantos, con sus vuelos sin sentido. Las personas deberíamos  aprender de las golondrinas y despertarnos cada mañana con esas ganas de vivir con las que ellas lo hacen. Pero ellas son simples golondrinas, animales incapaces de pensar, de razonar, y nosotros, dice el cura, somos la obra maestra de Dios.

Hoy, al pasar junto al colegio del pueblo, el silencio en el patio del recreo me ha hecho sentir que era otoño. Algunas veces, camino del bar de María, o del puerto, paso junto al colegio. Me gusta, si es la hora del recreo, oir a los críos gritar persiguiéndose unos a otros, reirse, verlos jugar. Pero hoy el patio del colegio era un poco como mi faro cuando, en otoño, se marchan las golondrinas. No hay niños persiguiéndose unos a otros, gritando, cambiando de repente su trayectoria como lo hacen en el aire mis golondrinas. Hoy el patio del colegio, es la  cornisa de un balcón de un faro de la que se marcharon todas las golondrinas.


27 de diciembre de 2015

Casi una eternidad.

Ha sido casi un año y ahora, viendo mi faro por dentro, me parece que ha sido un siglo lo que ha durado esta ausencia. En este tiempo, alguna vez, muy de tarde de en tarde, lo he visto desde lejos las más de las veces, solamente una vez, una tarde gris que se disfrazó de otoño, llegué hasta él. Ni siquiera intenté abrir la puerta, me limité a mirarlo, muy de cerca, pero desde fuera, rocé levemente alguna de sus piedras y volví a alejarme de él sin saber muy bien por qué lo hacía, por qué no entraba.

Me ha costado cierto trabajo abrir la puerta, después de tantos meses la cerradura se había quedado dormida, esperando el cosquilleo de la llave que la despertase. Dentro el aire es húmedo y frío, como  si el mar hubiese entrado a pasar la noche y hubiera dejado al marcharse parte de sí mismo. 

Tengo que abrir ventanas y cambiar este aire que lleva aquí meses prisionero por otro que me traiga el olor a sal, tengo que abrir las ventanas para que entre la luz del sol, para que la cocina, la escalera... el faro entero se llenen del sonido de las olas y las gaviotas. Pero antes enciendo las luces y me paseo por cada rincón, pasando la yema de mis dedos por los muebles, por las paredes, por la vieja válvula solar que salvé del olvido, por los marcos de las ventanas. No sé si con ello mi cuerpo busca situarse de nuevo donde siempre estuvo o si mi corazón quiere decirle a cada cosa, a cada parte del faro, que nunca las olvidé, que estoy aquí con ellas.

¡Dios! que cantidad de recuerdos se agolpan de repente, sin orden, pisándose unos a otros, locos por salir, como aquellos críos en el colegio cuando llegaba la hora del recreo, como las gaviotas cuando se asustan en la playa y todas emprenden el vuelo a la vez.

Casi un año, casi un siglo... casi una eternidad sin ver a María.

20 de enero de 2015

La teoría de la relatividad.

Hoy el pueblo parecía que estaba irritado, que no quería ver a nadie por sus calles, y había pedido ayuda al viento, al frío y a una lluvia casi horizontal que barrían el puerto, la plaza y las calles, que doblaban cada esquina buscando calles nuevas por las que volar, como las golondrinas cuando regresan del Sur y se persiguen unas a otras en un frenético vuelo casi a ras de suelo.

Refugiados, escondidos de las golondrinas con forma de viento y lluvia, tres o cuatro amigos marineros veían en el bar de María un programa de la 2 que hablaba del espacio, de las estrellas, de distancias imposibles de imaginar y que Luis, el más viejo de todos, no terminaba de entender.

- Vamos a ver, ¿200 años luz cuántos kilómetros son? 
- Luis, eso no hay quien lo calcule. Si en un segundo recorre más de 300.000 imagínate en 200 años.

Y Luis se levanta, abrumado con tanta cifra, con tanta distancia inabarcable, con tantos mundos fuera de nuestro mundo. Es María, siempre María, quien le dice que ella tampoco lo entiende, que se pierde, que prefiere cosas más de aquí, más sencillas. Me mira Luis y, con un gesto, señala el televisor. -200 años luz, farero, eso sí que es estar lejos. Y nos quejamos nosotros cuando tenemos que ir a la capital.

Apaga María el televisor y nos sentamos junto a los marineros, y alguien se pregunta qué es realmente lejos, qué es mucho, qué es poco...  y María nos habla de la relatividad de las cosas, de su propia teoría de la relatividad, y para que Luis la entienda le recuerda el día que su vieja moto apareció con el faro roto. -¿Te acuerdas Luis? te iba a dar algo, y por más que Antoñito te decía que era solamente un faro tú no dejabas de maldecir. Tres meses después fue lo de tu hijo: cuando José el vasco llamó por la emisora y dijo que los habían rescatado, que estaban todos bien pero que el barco se había hundido ¿qué dijiste? - El barco es lo de menos.

Ahora, en la soledad del faro, me han venido a la cabeza las palabras de María. Lo cerca y lo lejos que está de mí, lo breve que es el tiempo cuando estoy a su lado, lo largas que son las horas cuando estamos separados. Veo los destellos, uno cada 10 segundos. 10 segundos de oscuridad, un suspiro. 10 segundos: una eternidad cuando se busca la luz entre las sombras de la noche, cuando espero el roce de sus manos, cuando miro sus ojos esperando que su mirada se cruce con la mía, cuando el último amigo se está despidiendo de nosotros y nos deja solos.

30 de agosto de 2014

Retorno.

Mañana comenzarán a retornar a sus ciudades del interior y  el pueblo volverá a su vida serena y tranquila, con marineros que arreglan sus artes de pesca, con mujeres que los esperan nerviosas cuando salen a la mar, con niños que vuelven al colegio, con el bar de María casi vacío y con el camino del faro solo. Dejarán de llegar cada mañana a la plaza del pueblo, al puerto, con sus cámaras de fotos modernas y caras, con sus teléfonos móviles, que dejaron de usarse para hablar y ahora solamente sirven para enviar mil fotos hechas en la mesa del bar, junto a la barca arrumbada, ante el faro, solamente para enseñar a los que no vinieron que ellos sí lo hicieron, para presumir de dónde están. Qué pena me causan quienes viajan con el único fin de decir que han viajado, quienes se hacen la foto no para llevarse un recuerdo de donde estuvieron, sino para pavonearse de que lo hicieron.
No tardarán mucho en llegar los días grises, el frío, las noches de lluvia, mi faro reflejado en los charcos del camino por las mañanas, mi faro aislado del mundo, yo dentro de mi faro y el viento silbando en las ventanas, queriendo entrar para hacerme compañía. Volveré cada mañana al bar de María con la excusa de tomar mi copita de anís dulce de Cazalla, con la secreta intención de verla, de sentir en mis manos el roce de las suyas y en mis ojos la mirada triste y profunda de sus ojos. Volveré cada noche a sentarme delante de la candela de la chimenea a mirar las lenguas de fuego que acarician los troncos y los van envolviendo y  quemando como un mal amor. Volveré a echarla de menos como la echo de menos cada minuto que no estoy a su lado.  Y cada noche volveré a pensar en aquella frase que hace tiempo me dijo: sobran “míos” y faltan “nuestros”, y cada mañana, camino del pueblo, volveré a decirme que tengo que decírselo, que tengo que contarle que cuando se suman dos soledades la soledad deja de existir.



9 de junio de 2014

El río enamorado.

Hoy, viendo en la televisión de Andalucía un programa sobre el Guadalquivir me he acordado de María. Vive este río con Sevilla la misma tragedia que yo con ella: la vida se empeña en separarnos. El río de Sevilla ya no pasa por Sevilla, lo alejaron de ella. Tan sevillano se sentía que, algunas veces, rompía las cadenas de su cauce y se iba a pasear por sus calles, por la Alameda de Hércules, por la Campana... no le era suficiente besar su calle Betis, quedarse dormido bajo el Puente de Triana, ser el espejo de la Torre del Oro...  yo, en la distancia, entiendo a un río que se desbocaba por tal de abrazar a su amada porque, muchas veces, yo he dejado mi faro y he roto algunas cadenas para ir donde ella, para sentir sus manos, su mirada.

Dice la voz que narra la historia del Guadalquivir que al pasar Sevilla el río se ensancha en las marismas, que se abre en  brazos que forman islas, lucios, esteros...

Ahora, en la soledad del faro, pienso en el programa sobre el río de Sevilla y me veo a mí mismo, cada tarde al marcharme del bar de María, aceptando cualquier excusa para retrasar la partida, para estar un minuto más junto a ella, y comprendo al Guadalquivir cuando extiende sus brazos de agua para aferrarse a los juncos de la orilla, a los cañaverales, queriendo retener su marcha hacia el mar, queriendo quedarse un ratito más cerca de Sevilla.

Decía la voz que las mareas del Atlántico entran por el río y llegan hasta la presa de Alcalá, más allá de Sevilla, haciendo que los troncos que lleva la corriente vuelvan sobre sus pasos. Como yo más de una vez vuelvo sobre los míos cuando, camino del faro, he dejado atrás las últimas casas del pueblo y "me acuerdo" de repente de algo que no dije a un amigo en el bar, de algo que tenía que pedir y no pedí. Y hago como el Guadalquivir, volver lo más cerca posible: él de Sevilla, yo de María.  No es la marea, es que el río se enamoró de la ciudad y no quiere irse y dejarla. 

¡Ay Guadalquivir! que tragedia más dolorosa nos une.


28 de mayo de 2014

Un semidiós esclavo.

Esta tarde, cuando el sol estaba a punto de ocultarse tras el horizonte, mirándolo me he acordado de Don Luis, mi viejo maestro, cuando nos contaba que, en otros tiempos, los hombres creían que la Tierra era el centro del universo y todo, incluso el sol, giraba en torno a ella. Don Luis idolatraba al sol, al "astro rey" como le gustaba llamarlo, al dios Ra de los egipcios. Nos da calor, decía, da vida a las plantas, hace madurar la fruta, deshiela las nieves de  las montañas y hace correr los ríos... está en el cielo y, como el otro dios, lo vé todo: lo que hay en nuestro pueblo, sus campos, sus casas, lo que sucede en el otro lado de mundo...

Ahora, de madrugada, el silencio de la noche me ha despertado. El viento se echó cuando las sombras se convirtieron en una sábana oscura que cubrió el mar, la playa, los campos y los cielos. Las olas llegan como asustadas a la orilla y casi no se atreven a romper sobre la playa, se deslizan sigilosas por la arena y regresan al mar como un ladrón que quiere ser invisible. Incluso las que llegan a las rocas de los acantilados lo hacen con mimo, con ternura.

Me he asomado al balcón del faro y he visto algunas estrellas, las luces de los barcos que andan faenando y, a lo lejos, las  del pueblo. Está la noche tan en calma y yo tan despierto y solo que he decidido bajar a la playa y pasear por ella con la única luz de una pequeña linterna, porque hay luna nueva y el cielo está oscuro y es negro como la pena, como la soledad impuesta, y me he acordado de mi viejo maestro y de su semidiós el Sol. ¿Qué tierras estará iluminando ahora? Y al pensarlo me he dado cuenta que el sol no es tan poderoso, que es un diós esclavo del tiempo, de un ritmo impuesto por algo más grande que él, que no puede elegir qué quiere ver ni qué tierras quiere alumbrar.

Sentado en las rocas he mirado al faro, a mi faro, a su linterna, a su luz, esa que todos ven como un guiño veloz y que, en realidad, no se apaga en toda la noche. Pobre sol, tan poderoso, tan centro de todo, tan semidiós y nunca ha visto mi faro encendido de noche. Ningún faro encendido en la oscuridad de la noche.

La luz, unos segundos de oscuridad, otra vez la luz, la oscuridad... las estrellas en el cielo, la luz de mi faro girando, besando por una fracción de segundo cualquier cosa que esté a su alcance. Yo en la soledad de la playa viéndolo y el sol al otro lado del mundo, viendo otras tierras, otros mares y sin ver nunca mi faro encendido en la oscuridad. Un dios al que las leyes del  Universo prohibieron ver los faros en la noche. Y yo, un simple mortal, me siento el ser más afortunado del mundo, porque puedo  ver el mar de día como lo hace el sol, ver mi faro de noche, vivir en él, subir a la linterna y bañarme en su luz cuando todo alrededor es oscuridad.

26 de febrero de 2014

El Cabo Silleiro de mi libro.

A veces sucede que el final de un camino, de una etapa, se convierte en una mezcla de alegría y de tristeza. Alegría por haber llegado, por haber alcanzado la meta propuesta, por haber superado todos los problemas que surgieron en el camino, tristeza porque ese sueño deja de ser un sueño y se convierte en una realidad, porque el motivo que nos movía a seguir luchando por alcanzarlo desaparece. Es una moneda con sus dos caras que gira lentamente y que, alternativamente,
va dejando ver cada una de ellas. Me pasó hace 5 años, cuando en la ruta por los faros de España llegué a Cabo Silleiro, cerca de Bayona, en Pontevedra.  Habían sido muchas noches buscando información en los mapas, en páginas de internet, buscando la localización de cada uno de ellos, los accesos, las distancias, organizando los recorridos de cada día... Cabo Silleiro era el último, después de 16 días y más de 2.500 kilómetros aquel faro gallego ponía punto final a nuestra ruta de faro en faro. Llegar a su puerta y verlo aquella mañana de niebla fue sentir la satisfacción de un sueño cumplido, sentir que todas aquellas horas en vela  los días previos al viaje, todos los kilómetros, todos los problemas que surgieron y se resolvieron habían merecido la pena.  Pero era sentir, también, que el viaje, la ilusión de llegar a un nuevo destino, se había terminado. Tal vez sea lo malo de convertir los sueños en realidad: que dejan de ser sueños y se convierten en vivencias, en recuerdos. Por eso el vacío que deja el sueño realizado hay que llenarlo con un sueño nuevo.

Ahora, con mi libro, han vuelto a mí los mismos sentimientos, las mismas sensaciones y las mismas emociones. Hace unos días cogí la caja donde dormían los últimos ejemplares para coger unos cuantos y tenerlos a mano para, cuando se vendieran, enviarlos. Abrir la caja fue como ver la cancela del Faro de Cabo Silleiro: el viaje estaba tocando a su fin. 6 ejemplares, solamente 6.  Pasaron por mi cabeza fotogramas de  momentos claves en toda esta historia: el mensajero con las tres cajas procedentes de la editorial, el momento de abrir la primera y tocar, casi con miedo, el primer ejemplar... el primero regalado, el primero vendido... el que con su venta cubría los gastos, el primero que dió beneficios, algún correo de alguien que lo había leído y lo tenía en su mesita de noche... y la tristeza de ver que solamente quedaban 6.

He apartado uno para mí, de recuerdo, porque muy posiblemente no habrá otra edición, he reservado otro para la madre de mi amiga Belén, a quién se lo debo. Otros 3 están reservados para otros tantos amigos que me lo han pedido, y queda uno, el último, el Cabo Silleiro de mi libro. Después de tantos miedos a que no se vendiese, de tantas ilusiones cada vez que alguien me pedía uno, de tantas y tantas cosas, hoy que el libro se ha agotado me siento un poco vacío, como si un hijo se hubiese hecho mayor y se hubiese ido de casa a empezar su propia vida.

Quiero dar las gracias a todas las personas que de una u otra manera han hecho posible que estos días sienta todas estas cosas que siento: 

Paula, mi mujer, que siempre me apoyó para hacer realidad el sueño de editar el libro.
Mari Carmen, mi madrileña preferida, que me hizo el inmenso regalo de sus palabras en el prólogo.
Charo, mi buena amiga, que aportó la mitad del dinero necesario sin saber si algún día lo recuperaría.
María José, que desde Cáceres me animó continuamente a emprender y terminar el camino de editarlo.
Saray Schaetzler, la primera persona que habló de él en su blog desván de palabras y pensamientos.
Lourdes, con su generosa crítica en su blog Libros que voy leyendo.
Ana, mi amiga de Bermeo, que regaló un ejemplar a José María Íñigo y lo promocionó.
Y a todas y cada una de las personas que lo han adquirido.

A todos, un millón de gracias por hacer posible que aquel sueño se hiciese realidad.