Una hora regalada.


Alguien sacó el tema y de una manera u otra todos vinieron a dar su opinión. Esta vida suele estar llena de contrasentidos, de situaciones y acciones contradictorias, y hablar de qué iban a hacer con esa hora que los gobernantes les iban a regalar era un ejemplo claro de ello cuando los hombres que lo discuten se pasan media vida sentados en el puerto charlando con otros hombres, paseando, pescando en el espigón, esperando en la puerta de la lonja la llegada de algún barco, porque no tienen trabajo ni nada mejor con lo que matar el tiempo.

Una hora más de sueño. ¿Qué regalo es ese? ¿Qué ganamos en esta vida durmiendo una hora más? Y mis amigos marineros discuten y se ríen, y al final llegan a la conclusión de que todo esto na vale para nada, al menos no para ellos, porque sus relojes son el sol, la luna y las mareas, y estos no tienen manecillas ni botones para adelantarlos ni atrasarlos y adaptarlos a sus necesidades.

Uno de los marineros me mira e intenta meterme en la conversación. - ¿ Y tú, farero, atrasarás esta noche el reloj cuando sean las 3 para dormir una hora más?

Posiblemente lo sepan, pero les cuento que el reloj del faro ya no es el que era, que cambia solo a la hora de invierno o de verano, que el faro entero está cada día más controlado por un ordenador, que algún día, cuando yo deje de ser el farero no habrán más fareros en este faro... Y que mi reloj, ese que cuelga de una cadenita y que tiene un aspecto tan de viejo como yo, será mañana cuando lo atrase.

Dejo a los hombres de la mar enfrascados en una discusión que se asemeja a un círculo y me acerco a María para despedirme, para desearle buenas noches, para darle un beso, para pedirle que ella tampoco atrase el reloj esta noche.

-¿Entonces cuando lo hago?

- Yo te avisaré.

Ha amanecido un domingo soleado y tranquilo, con una mañana que tiene una hora más de sol porque se la han robado a la tarde para dársela a ella. Y es empezando a caer la tarde cuando María cierra el bar, cuando nos quedamos solos con la única compañía de dos tazas de café y una radio que nos susurra canciones de manera íntima y exclusiva. Miro un reloj de una marca de refrescos que María tiene colgado de una pared y que sigue marcando la hora antigua. -Aun no la he cambiado farero, marca las 7, pero son las 6, y la gente me tiene loca con la dichosa hora, y todo por hacerte caso.

-Si marca las 7 es que son las 7, déjalo así, además, a las 8 debo irme.

Me gusta sentir entre las mías sus manos siempre frías, fingir que pretendo darles calor cuando en verdad lo que deseo es sentirlas y acariciarlas, y me gusta sentir en mis labios sus labios, y oír en el más leve de los susurros sus te quiero, y su corazón acelerado...

Nos sorprende la luz de un farol entrando por la ventana. Vuela el tiempo entre besos y caricias y fuera la tarde se ha convertido en casi noche. Miramos el reloj, marca las 8, y María se entristece de repente. -Son las 8, debes marcharte. Y tengo que contradecirla y recordarle que aun no ha atrasado ese reloj para ponerlo en hora, y que son las 7, y que aun falta una hora para marcharme... Y María sonríe y una lluvia de besos refresca mi cara.



La tienda de los chinos.


Tenía que llevar un encargo a su hermano y el domingo por la mañana, un buen amigo, se empeñó en que le acompañase a un pueblo cercano, un pueblo más grande que este. Allí viven más personas, pero no vive María, tiene más vida, pero no tiene mar, tiene un cine, pero no tiene faro, tiene estación de autobuses, pero no tiene puerto. Ahora, además, tiene una tienda inmensa de la que todos hablan, unos la elogian, otros la critican, una tienda que han abierto unos chinos. Íbamos hablando de ella cuando de repente me acordé: Ayer me quedé sin aceite y Encarna, la mujer de la tienda, los domingos abre hasta mediodía.

Nadie sabe bien cuando llegaron ni que bagaje traían, pero han montado una tienda en la que venden casi de todo. Habíamos oído hablar de ella y al pasar casualmente por su puerta mi amigo no lo dudó un segundo. -Mira farero, la tienda esa de los chinos, vamos a entrar, además, así puedes comprar el aceite, cuando lleguemos al pueblo Encarna ya habrá cerrado.

No es que este otro pueblo tenga muchas cosas que ver, pero cualquiera de ellas me hubiera hecho más ilusión que la tienda, prefería las de los 20 duros, pero decidí hacer un pequeño esfuerzo y contentar a mi buen amigo José.

Tiene la tienda un mostrador a la entrada y, sentada detrás de él, una mujer china a la que es difícil calcularle una edad. A su lado una serie de pequeños monitores en los que ve todos y cada uno de los pasillos de la tienda me recuerdan por un momento a esas películas americanas en las que un vigilante uniformado toma café y come Donuts mientras controla a través de las pantallas una zona de seguridad en la que siempre consigue entrar el buen ladrón protagonista. Si en lugar de a ese vigilante, pienso para mi, pusieran a esta mujer difícilmente el ladrón bueno y superpreparado robaría nada.

Ciertamente hay casi de todo, recipientes de plástico, juguetes, jarrones, relojes y figuras imposibles de no ver y que me pregunto si algún día llegará alguien con el suficiente mal gusto como para comprarlos, material eléctrico, bebidas, comidas... y chinos, niños chinos. Van detrás de ti por esos pasillos tan estrechos que deberían ser de dirección única, se paran si te paras para mirar algo, te observan si coges el objeto que sea. Una mujer que no encuentra algo pregunta a quien supongo será el padre de estos críos y el hombre le responde. No sé la mujer, pero yo hubiese seguido buscando, no he entendido nada. Si no los viese juntos pensaría que estos niños son el mismo niño que se mueve a la velocidad de la luz y está en todas partes, si no fuese porque varía la estatura y supongo que también la edad, pensaría que estos niños son mellizos, o trillizos, o cuatrillizos. Miro a través de los estantes y detrás de unos cuadernos con dibujos de Shin Chan en su portada hay otro niño con una camiseta verde que no había visto hasta ahora. ¿Quintillizos? No, no es que distinga al pequeño de los demás pequeños, es la camiseta la que me sirve de referencia.

-El aceite, farero.

Salimos y la mujer china que está detrás del mostrador supera a los camaleones. Es capaz de mirar los 6 monitores, cobrar, poner pilas a un juguete, comprobar que quien sale de la tienda no se lleva nada sin haberlo pagado previamente y ver donde está cada uno de los niños.

Al otro lado de la calle hay un pequeño bar y en su puerta un par de mesas rodeadas de 4 sillas cada una que incitan a sentarse y tomar algo. Sentados oímos a alguien quejarse de los chinos de la tienda, de su aislamiento del resto del pueblo, de su competencia desleal con sus precios, con sus horarios, con sus productos chinos... Un hombre parece tener claras sus ideas: Son chinos, venden cosas chinas que las compran en almacenes de otros chinos, sólo dan trabajo a chinos... pues que les compren los chinos.

Entrando al pueblo mi amigo José reduce la velocidad del coche y, para saber el camino a tomar, me pregunta si me acerca al faro. -No, déjame mejor en el puerto, tengo que pedirle a María un poco de aceite, Encarna ya tiene cerrado.

El ladrón de recuerdos


Alguna vez, hablando de los recuerdos que cada uno tenemos, mi amigo Carmelo me decía que nuestra vida no es la que hemos vivido, sino la que recordamos, que lo demás, las cosas que olvidamos para siempre son partes de nuestra vida que desterramos. Yo, alguna vez, viendo a los críos recortando con sus tijeras del colegio un dibujo, una fotografía de una revista, me he imaginado a nuestra mente haciendo lo mismo, recortando cosas, guardándolas en nuestra alma y tirando el resto a un cubo de basura llamado olvido.

Hace ya tiempo que Carmelo no es el hombre que era. Al principio nos reíamos cada vez que se dejaba algo olvidado en el café de María, cuando al salir de su casa se detenía un segundo pensando por donde tenía que marchar hacia el puerto. Con el paso del tiempo Carmelo dejó de reírse de sus olvidos y una tarde, sentado en el puerto, dejó caer dos lágrimas de sus ojos porque no sabía a que había ido allí.

Sus hijos lo llevaron a la ciudad y volvieron con la confirmación de lo que todos sospechábamos y temíamos. Ha ido olvidando las caras de sus amigos y algunas veces, cuando lo saludamos, nos pregunta quienes somos. Ya no sale a la mar ni lo dejan ir solo a ninguna parte, ha olvidado las calles del pueblo y los caminos que antes lo llevaban al puerto, al café, a la playa o al faro.

Esta tarde, Andrea, la hija mayor de Carmelo, lo ha llevado al mar de María. Tiene que ayudarle a sentarse, le acerca el vaso y le habla de la gente del pueblo, pero el alzheimer se está adueñando de su cabeza y alimentándose de sus recuerdos, y cada día se hace más grande, más fuerte, y sus recuerdos menguan cada noche, poco a poco, como la luna en el cielo. Algunas veces su mente se revela y por nos segundos gana gana la batalla, y es entonces cuando Carmelo sonríe y asiente con la cabeza, cuando un recuerdo se enciende de repente y el devuelve un poco de vida.

Aquí, en la soledad del faro, no puedo dejar de pensar en ese ladrón de recuerdos que es esta enfermedad, y me asusta pensar que un mal día se adueñe de mi miente y me robe los míos y olvide el olor a sal en el aire, el sonido de las olas en las madrugadas de insomnio, el camino al bar de María, su boca, sus ojos, su dulce y casi triste sonrisa...


Mercedes Sosa.


Ha muerto Mercedes Sosa, parece como si la vida quisiera quitarnos por sistema a aquellas personas que son capaces de hacernos sentir. Tenía 74 años y hace unas horas ha perdido su batalla con la enfermedad. Ha muerto su cuerpo, sólo su cuerpo, pero las personas somos mucho más que un simple cuerpo, y su espíritu, sus canciones, sus ideales seguirán vivos.

Mercedes Sosa había nacido en 1935 en San Miguel de Tucumán y ha sido la cantante folclórica más reconocida y premiada de Argentina. Comenzó su carrera cuando solamente tenía 15 años. Defensora de los derechos humanos fue censura por la dictadura militar argentina entre 1976 y 1983 y se exilió en Europa.

Durante su carrera Mercedes Sosa ganó un disco de platino por "Gestos de amor" en 1994 y tres premios Grammy Latino. Fue distinguida con múltiples reconocimientos por su labor en defensa de los derechos humanos y las libertades.

Hoy os dejo este vídeo de "Alfonsina y el mar", canción que siempre me atrajo y cuya música formó parte de este blog durante mucho tiempo.

Para vosotros un saludo, para ella mi agradecimiento y cariño.

El vídeo de la semana.

Estamos acostumbrados a, cuando en las televisiones hablan de toros, verlos en una plaza, en un encierro, en una de esas llamadas fiestas en algún pueblo, siempre rodeados de gente, siempre asustados, siempre sufriendo.

A mi, cuando llega el invierno, me gusta irme al campo, pasado un pueblo sevillano llamado Gerena. Allí hay un par de ganaderías bravas. Me gusta ver allí a los animales, sin gente que los acorrale, sin banderillas ni toreros. Si alguna vez podéis hacedlo, es una manera muy diferente de verlos.

Aquí os dejo un vídeo donde podéis haceros una idea.

Por cierto, desde hace un par de días este blog es sitio anti taurino, respetando las ideas de cada uno invito a quienes tengáis blog y os parezca conveniente a copiar el enlace que figura debajo de mi bandera andaluza y ponerlo en el vuestro.

Saludos.

Otoño.


Nos quedamos solos en la puerta de su café y, con la excusa de que sería el primero del otoño invité a María a cerrar y dar un paseo.

Hay, a la salida del pueblo en dirección contraria al mar, una alameda que comienza donde la carretera y que la bordea durante unos metros, pero después se separan y una y otra toman caminos diferentes, como los amantes que dejan de serlo, que han dejado de estar enamorados. La carretera hacia el llano, buscando otro pueblo, la alameda hacia lo que en otros tiempos era el cauce de un arroyo.


Nos acompaña un sol de bronce que se resiste a dejar de dar calor, que desafía a la tarde de otoño. De vez en cuando una brisa que viene del mar nos sorprende y refresca, y agita las ramas de los árboles y hasta intenta, traviesa, levantar a María la falda, pero ella la sujeta colocando una mano sobre su pierna, y sonríe, tal vez por haber sido más rápida que el viento, tal vez porque me ha visto mirar de reojos si la brisa lograba su objetivo.

Supongo que ha sido un golpe de este viento marinero el que ha hecho que los árboles nos regalen una lluvia de hojas amarillas. Hemos mirado sin decir nada hacia arriba, María con los ojos entornados, y por unos instantes me he visto saliendo de la iglesia con ella del brazo, y los árboles se han convertido en amigos que nos lanzaban granos de arroz con forma de hojas medio secas. Mi mano ha buscado a tientas su mano y la ha hecho prisionera, una prisionera que no ha opuesto resistencia alguna, que se ha rendido incondicionalmente y a la que he puesto una camisa de besos y que después, de repente, se ha liberado para posarse en mi cuello y dejar mi boca entregada a su boca.

Regresamos en silencio, oyendo el canto de algún pájaro, escuchando el viento en las ramas de los árboles, el sonido acompasado de nuestros pasos camino del pueblo. Comienza el sol a ceder ante una tarde que tiene prisas por reinar antes de que llegue la noche y la deshaga, y María, que siente frío, acurruca su cuerpo contra el mío, y me mira a los ojos, y su cara se ilumina con esa sonrisa llena de melancolía y ternura.

Sigue el silencio hasta casi llegar al pueblo y allí, junto a la primera calle, María de detiene y me mira otra vez a los ojos y me hace una invitación imposible de rechazar. -Te invito a un café. Arriba, en casa.




Alvaro Hernández, el héroe de Tordesillas.


Es de esos hombres que hacen grande a la Humanidad, de los que con su comportamiento logran que uno se sienta orgulloso de ser un ser humano. Hombres como él, con su manera de entender la vida, los derechos de unos y otros, la forma de divertirse y lo que es y no es sufrimiento son los que logran libertades e igualdad.

Hoy, este hombre, debe pasear por su pueblo orgulloso de su hazaña y quejándose de la tremenda injusticia sufrida, y es que hace unos días, en Tordesillas, en una "fiesta" catalogada como "fiesta de interés turístico nacional" lanceó desde su caballo a un toro. Había muchas más personas persiguiendo, rodeando y clavando lanzas al animal, pero ninguno tuvo su maestría. Este valeroso hecho sin duda alguna merece un premio, pero el jurado se lo ha denegado por haber herido al animal en una zona asfaltada cuando las normas dicen que debe ser sobre tierra, para que el animal tenga más opciones de defenderse. Hay injusticias que claman al cielo.

La alcaldesa de Tordesillas, Milagros Zarzuelo creo que se llama, dice que el animal no sufre. Yo he visto algunos vídeos sobre la manera en la que todo esto sucede y no me cabe la menor duda de que la alcaldesa tiene toda la razón. ¿A quien se le ocurre pensar que un toro acorralado al que persiguen decenas de hombres a caballo, clavan lanzas que sacan de su cuerpo para volver a clavarlas y al que un puntillero apuntilla una y otra vez hasta que el animal muere puede sufrir? Está claro, clarísimo, que el toro no sufre. Además, como dicen por aquellos lares, el animal está en igualdad de condiciones. Decenas de hombres a caballo con lanzas, un toro... ¡Pero si esto es la igualdad hecha imagen!

En Tordesillas, los amantes de esta fiesta de interés nacional además de valientes y generosos con los animales son humildes. Este año los vídeos que podemos ver sobre la lucha igualitaria entre animales se han grabado a escondidas o simulando ser aficionados a dicha fiesta. Ellos, los defensores de esta acción, no quieren que los medios de comunicación vayan y cuenten con imágenes lo que hacen, su humildad no les deja. Son tan valientes, tan civilizados, tan humanos, tan humildes...

Estas imágenes pueden herir la sensibilidad de algunas personas.

Vídeo de la semana: Patrick Swayze

Creo que hoy sobran comentarios o explicaciones al vídeo de la semana, yo no tengo nada que escribir y vosotros nada que leer, solamente pulsar y ver y oír el vídeo.

La España del euro.


Muchas veces hemos oído ese término, "la España del euro" pero... ¿Cómo es en realidad esa España? Pues si cogéis una moneda de 2 euros y miráis la cara donde está el mapa veréis un país pequeño con unas fronteras practicamente imposibles de ver. Ahora yo os regalo una España 20 veces más grande, aquí ya se ve mejor, se ve la frontera con Francia, la de Portugal... incluso yo diría que a alguien se le ha ido la mano y casi ha dado la independencia a Galicia.

Mi padre.


Tenía la radio encendida pero yo, mirando por la ventana abierta de par en par, prestaba más atención al sonido de las olas que se deshacían sobre la playa y al graznar de las gaviotas que se perseguían en el aire que a las canciones y los comentarios de la emisora. Oí casi sin oírlo al presentador nombrar a Gila y mi cuerpo se volvió como si en lugar de su voz fuese el mismísimo humorista en persona quien estuviese entrando en la habitación. Una leve y casi triste sonrisa debió pintarse en mi boca cuando comenzó el monólogo.

Han pasado las horas, la noche ocupó el sitio de la tarde y ahora la madrugada mira de reojos al horizonte buscando temerosa un amanecer que la devorará poco a poco. He vuelto a la ventana y una frase ha hecho nido en mi mente, la oí esta tarde en la radio, ya la había oído otras veces, pero hoy la he entendido de una manera diferente. "Cuando yo nací mi madre no estaba en casa" dice Gila, y me vuelvo y me miro en el espejo. Cuando yo nací mi madre no estaba en casa, ni en el pueblo, ni siquiera estaba en este mundo.

Yo no nací de mujer alguna, no me alimentó su cuerpo, ni su vientre fue mi morada durante nueve meses. Nací de la mente de un hombre, de su necesidad de expresar y compartir cosas, ideas, sentimientos. Un hombre como tantos y tantos hombres, posiblemente con alguna cualidad y sin duda alguna con muchos defectos. Yo nací siendo ya un viejo farero.

Mi padre ama la soledad, el mar, los faros y la noche, y quiso para mi todo eso que él quería, por eso me hizo farero, pero sabe mi padre que la soledad es buena solamente si es deseada, que duele cuando es impuesta, y puso a un paseo de mi faro un pueblo, un puerto. Sabe mi padre que un corazón no es feliz sin amor, que las personas necesitan sueños e ilusiones, y una tarde puso un café en el puerto, y en él a una mujer de la que enamorarme. Hay más mujeres en el pueblo, pero ninguna es ella.

Algunas veces alguien me confunde con él, piensa que soy él, o que él es yo, otras hay personas que aseguran que somos iguales, que en mí hay mucho de él, que soy un reflejo de quien me creó. Se equivocan, si lo viesen conduciendo, protestando por todo, o si supieran de sus continuos y tremendos despistes, de sus olvidos, de esos prontos que lo pierden, de su impaciencia, de lo difícil que le resulta expresar sus sentimientos... entonces comprenderían que él y yo no somos el mismo, ni somos iguales, posiblemente ni mínimamente parecidos.

Yo nací siendo un viejo farero, paciente, sensato, enamorada, sensible muchas veces... él me hizo así. Cuando yo nací mi madre no estaba en casa.


Bola extra.


Hay en el bar de María una máquina casi tan vieja como yo, y cada vez que estoy allí y alguien echa una moneda para jugar una partida, la música, el sonido del choque de la bola contra los reboteadores y el ruido del marcador se convierten en una cantinela mágica que viene del pasado y me arrastra a otros tiempos.

Era un chaval y las tardes de lluvia nos encarcelaban unas veces en casa, otras en los billares de Eladio. Tenía este hombre un bar y anejo a él un salón inmenso donde habían un par de mesas de billar en el centro bajo cuatro pantallas que colgaban del techo con tubos fluorescentes y que la mayoría de las veces parpadeaban y se les oscurecían los extremos y los muchachso golpeaban con los tacos del billar hasta que unas veces se quedaban encendidos y otras amenazaban con caerse encima de las mesas. Eladio, si los veía, gritaba y decía que era cosa de las reactancias, o de los cebadores que estaban malos, y que como a la mesa le pasase algo la pagaban.

A a la entrada del local tenía tres futbolines a los que tarde o temprano le faltaba una bola que algun chaval se llevaba, y al fondo una mesa de pin pon con un tablero al que Eladio iba dando una mano de pintura cada cierto tiempo y sobre el que pintaba unas líneas blancas, finas y rectas. Supongo que fueron las cortas ganancias que dejaba el local y sus deseos de tenerlo lo mejor posible lo que obligaron a Eladio a sustituir la primera redecilla rota de esta mesa por otra que en realidad era un trozo de red de pesca, a la que siguieron otros trozos de redes, unas veces vedes, otras azules...

A lo largo de la pared izquierda, frente a la entrada al bar, estaban las máquinas de petacos. Habrían cuatro o cinco y a mi me gustaba una en especial, una a la que me era más fácil sacarle una partida gratis. Un dure tres partidas. Con el tiempo le cogí las medidas a la hora de tirar de aquel mango para lanzar la bola y que entrase por el sitio donde más puntos daba, a moverla para salvarla sin llegar a hacer falta, a tirar a las dianas que sumaban puntos extras y a colarla en un agujero en el que era casi imposible introducirla y cuyo premio, con la luz roja encendida, era una bola extra.

Algunas veces jugábamos una especie de torneo en el que el único objetivo era conseguir más puntos que los demás, pero a mi me gustaba sacarle una partida extra, ganarle a la máquina, jugarsin tener que pagar por ello, y para conseguirlo había que superar cierta cantidad de puntos. Cada partida tenías 5 bolas para lograrlo, pero algunas veces, pocas, pero algunas, la máquina te daba una bola extra. Era algo asi como una ampliación de las esperanzas, de las ilusiones y las posibilidades de conseguir esa partida, un regalo, un empujoncito que te acercaba un poco más a tu objetivo.

Otro sonido seguido de risas y gritos de ánimo me han traído al presente y he visto al chaval que juega con la máquina feliz, ha obtenido una bola extra, un regalo, un poco más de tiempo para vivirla, y yo, con la partida de la vida cada vez más cerca de su final me acerco lentamente al mostrador, a María, y cuando veo su leve sonrisa y sus ojos clavados en los míos sonrío sin que ella ni nadie sepa el motivo. ¿Qué pensaría esta mujer si le dijese que la vida ha vuelto a darme una bola extra al conocerla a ella?


El vídeo de la semana.

Este vídeo que os dejo hoy se compone, como casi todos los vídeos, de imágenes, fotografías en este caso, y música. La mayoría de las fotografías son preciosas, la música ya es más complicada de calificar porque, ¿Cómo definir "Entre dos aguas" del genial Paco de Lucía?

Ahora, si queréis disfrutar, desconectad la música de fondo, abajo, al final de la página, y poned en marcha el vídeo para oir a un andaluz universal, Paco de Lucía.

El vídeo de la semana.

¿Cúantas veces nos hemos quejado de los semáforos, de las rotondas, de la señal que nos impide girar donde deseamos? Yo creo que después de ver esto las normas de circulación, por más que nos fastidien, son una bendición.

Por cierto, ¿Tendrán seguro?

El niño que se hizo un hombrecito.


Posiblemente si mi amigo Alberto hubiese visto sentarse a un fantasma a su lado y pedirle algo de beber a María no habría puesto una cara de más asombro que la que puso esta tarde cuando su hijo lo hizo.

Tiene el chaval ya 20 años, pero para mi amigo su hijo sigue siendo su niño. Cuando el muchacho se marcha a algún sitio Alberto siempre termina su despida con la misma frase: Ten cuidado… y no vengas muy tarde. Después, en su casa, el hombre se va a la cama como si no le importase lo más mínimo que su hijo esté fuera, pero algunas veces se sincera más de lo que él mismo quiere y confiesa que no pega ojo, que permanece despierto, pendiente de la puerta, y cuando lo oye llegar se relaja, se da la vuelta y se duerme.

Algunas veces estando tomando una copa de vino dulce o una cerveza en el bar de María ha llegado el chaval y se ha sentado con nosotros. Unas veces es el padre, otras María y otras yo quien le pregunta que va a tomar, y el muchacho siempre se pide un zumo, un refresco, pero hoy Raúl ha dejado boquiabierto a su padre cuando para responder ha mirado las cervezas que teníamos en la mesa y señalando los vasos ha dicho dos palabras: Una cervecita.

No ha sabido Alberto que decir y su hijo no se ha atrevido a mirar a su padre directamente y ha preferido buscar la complicidad de María con una leve y nerviosa sonrisa.

-¿Una cerveza? – Pregunta nerviosa y tontamente mi amigo, y el muchacho, con sus 20 años, le dice que si prefiere se pide un zumo. Y mi amigo se pierde en una nube de recuerdos, y se me hace que está viendo a su niño andar solo por primera vez, y comenzar a trotar por todas partes, y su primer día de colegio… Y mi amigo mira a su hijo y ve que es ya un hombrecito, que sigue siendo su niño, pero que ya es un hombrecito.

No sé si son los nervios, la tensión que está pasando o simplemente la sed y las prisas, pero el muchacho se bebe la cerveza rápidamente, se despide, ha quedado para ir a la ciudad. Y mi amigo le dice que tenga cuidado, que no venga muy tarde… Y después mira el vaso vacío de su hijo y vuelve sus ojos al chaval.

Cuarto creciente.


Notó su voz vestida de tristeza y quiso hablar de cosas banales, cosas sin importancia, intentado distraerla con alguna conversación que la alejase de aquellos pensamientos, pero no supo hacerlo.

Cada vez que iban a estar unos días sin verse ella sentía la misma angustia, el mismo miedo. Esta vez la ausencia sería mucho más larga, él se marchaba a la mar para muchos días, pasarían un mes sin verse, sin poder hablar, sin poder decirse que se querían y ella, una vez más, tenía miedo.

-Venga, ¿qué te pasa?

-Nada, lo de siempre, que te voy a echar mucho de menos, y que son muchos días, y tengo miedo de que te olvides de mí.

La vida sigue su camino y dos días después el partió en un amanecer que parecía el comienzo de una noche eterna. Pasaron los días y la luna se hizo inmensa, ella se asomaba a su ventana y al mirarla se preguntaba si él la estaría viendo también, si estaría ya dormido, o si estaría en algún puerto, en algún café. Él miraba la misma luna reflejada en el mar y cuando las olas rompían su reflejo para dejarlo volver instantes después se imaginaba viendo de nuevo la luz del faro, viendo el puerto, viéndola a ella.

Comenzó la luna a hacerse cada noche más pequeña, de la misma manera que cada noche era menor el tiempo que los separaba, y volvió la luna a su cuarto creciente, del mismo modo que crecían sus recuerdos y sus ansias por volver a abrazarla.

Regresó el barco con los marineros, regresó él y se fueron sus miedos. -¿Ves? No te he olvidado, es imposible, te quiero.