12 de junio de 2019

3 arrobas.

Creo que hace una eternidad dejé este escrito aquí en el blog, pero mi torpeza buscando cosas va paralela a mi edad y ambas son cada vez mayores. Hoy lo rescato, copiado, de mi libro.



Posiblemente las cosas más importantes de esta vida no las aprendimos en el colegio, ni en el instituto; posiblemente ni las aprendieran en  la universidad aquellos que tuvieron la suerte de poder ir. Posiblemente, sólo posiblemente, las cosas más importantes de la vida las aprendimos fuera de esos sitios.
En el colegio me enseñaron que la unidad de longitud es el metro, que la de superficie se llama metro cuadrado, la de volumen metro cúbico, la de peso es el gramo y que los líquidos tienen una unidad de medida llamada litro. Con estos datos yo podía medir la distancia que había entre mi casa y la de mi mejor amigo, podía medir cuanto pesaba aquel montón de naranjas que robábamos de chiquillo, o cuánta agua desviábamos de su camino cuando cambiábamos las compuertas al hombre que regaba los campos que habían frente a mi casa. También podía saber que ésta era pequeña, demasiado pequeña, porque tenía muy pocos metros cuadrados, y que aquellos depósitos de agua para las máquinas del tren eran inmensos, porque tenían muchos metros cúbicos. Creía que podía medirlo todo, pero un día me dí cuenta que había una cosa que no sabía medir: el cariño.
¿Cuánto se puede querer a una persona? ¿Cómo medimos cuanto la queremos? Pero no había maestro que me lo explicase -El amor no se mide- Y ya no había más. Claro que se mide, y una tarde, jugando, mi abuela me enseñó que el querer también se mide. Al menos ella tenía su vara para medirlo. Era un sistema muy básico, pero inmensamente claro: -Paquito, la gente no quiere a todo el mundo igual, a unos se les quiere más que a otros, por eso hay que saber medirlo, para decírselo, para que sepan cuánto los queremos.
Mi abuela me enseñó que a las personas, a la hora de quererlas, las podemos poner en una especie de escalera. En el primer escalón están las personas a las que queremos, en el segundo a las personas a las que queremos mucho. Después, a medida que subimos, el escalón es más pequeño, caben menos personas, por eso en el tercero sólo están aquellos a quienes queremos mucho, mucho, mucho. Y mi abuela, vieja y sabia, se quedaba callada esperando que yo le preguntase por el cuarto escalón, y cuando lo hacía ella me preguntaba que cómo sería. -Muy chico, abuela- y ella sonreía y me decía que sí, y que por eso en él cabían muy pocas personas, y volvía a quedarse callada sabiendo cuál sería mi próxima pregunta. -Y a la gente que hay ahí ¿Cuánto la queremos, abuela?- Y ella me decía que 3 arrobas.
3 arrobas, el cuarto escalón. No habían más escalones ni se podía querer más a una persona. Quererte 3 arrobas era no poder quererte más, no por no querer sino porque no había un amor más grande. 3 arrobas era lo máximo que se puede querer.
Hoy, 50 años después de que la vida me dejase sin abuela y sin maestra de cosas importantes sigo midiendo mi amor por las personas con su sistema de medir cariños. Las hay quiero, hay a quienes quiero mucho, a algunas mucho, mucho, mucho... También hay unas cuantas, pocas, muy pocas, que subieron a ese cuarto escalón. Ellas saben que las quiero inmensamente... tanto, que las quiero 3 arrobas.

18 de mayo de 2019

La espina.

Hoy el día amaneció fresco y a mediodía me acerqué al bar de María, un poco para tomar algo, un poco para charlar con los amigos marineros que allí estuviesen, un mucho para verla a ella.

Rafael, José y Mariano, tres hombres que se han pasado la mayor parte de su vida en la mar, compartían una de las mesas y una botella de vino que de vez en cuando iban vaciando, sin prisa alguna, en sus respectivos vasos. En otra mesa una pareja de extranjeros hablaba en inglés mientras él miraba un mapa de carreteras, de esos que una vez desplegados cuesta (al menos a mí) la misma vida volver a plegar y ella buscaba alguna información en su móvil. Los mapas de carreteras, como tantas cosas, empiezan a formar parte de un pasado tan cercano como superado.

Me siento con mis amigos los marineros y aparece María, sin preguntar, con un vaso de vino dulce de Málaga. Tampoco necesita hacerlo, siempre, salvo que haga calor, me pido ese vino a estas horas. 

-Farero, ¿has visto lo culto que se nos está volviendo el amigo Rafael?- Y lo miro y veo que tiene un libro sobre la silla vacía que hay a su derecha. Es de Antonio Machado, el poeta sevillano cuya infancia era recuerdos de un patio de Sevilla, y un patio claro donde maduraba el limonero. Me lo acerca y me dice que desde hace unos meses anda leyendo al poeta andaluz, que le cuesta a veces leer este y cualquier libro porque lo sacaron pronto de la escuela y lo metieron en un barco, pero a pesar de ello cada noche, en vez de ponerse a ver la tele, coge un libro y lee hasta que el sueño lo vence.

Hoy, con el viento que corre a intervalos, el día parece más frío de lo que es, y María ha puesto al sol las 4 mesas que tiene fuera. Hay otra ocupada, junto a nosotros. Son gente de fuera, de la capital posiblemente. Parecen personas sencillas que disfrutan de los rayos del sol, del olor a mar y de las vistas del puerto. No tienen ese aire de superioridad que traen otros que parecen mirar por encima del hombro a la gente del pueblo, que se acercan al faro a hacerle fotos como se las hacen a una estatua o a una fuente.

Abre Rafael el libro de Machado y busca una página. Avanza, retrocede... al final recurre al índice y encuentra lo que busca. -María, ¿te sientas un momento con nosotros?, a ver que piensas tú de esto. Y tú también, farero. Y el marinero que ha cambiado las redes por los libros comienza a leernos un poema:

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas,
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...

- No, esperad, eso no es lo que quiero...  ah, ya, esto:
En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón.

Aguda espina dorada,
quien te pudiera sentir
en el corazón clavada.

Cierra su libro y se queda en silencio, todos nos quedamos en silencio esperando un comentario, una pregunta. -¿Esto que quiere decir , María?

Baja María su mirada y cuando la alza y nos vuelve a mirar parece que la ha vestido de melancolía, de tristeza casi. Y le cuenta a Rafael que ella entiende que el poeta tuvo un amor, que le hacía daño y quiso olvidarlo, que lo sacó de su corazón, y que ahora no siente nada, ni dolor, ni amor... que aquel amor, a pesar de hacerle daño, le hacía sentirse vivo, que en el fondo desearía volver sobre sus pasos y seguir sintiéndolo.

-¿Y es mejor volver a sentir el dolor que no sentir nada?

Se ha fugado el silencio de nuestra mesa y se ha sentado en la de la gente de la ciudad que ahora nos mira, no se si esperando otras respuestas, si pensando en el poema de Machado, en las palabras de María... o queriendo romper esa frontera invisible que crea el no conocernos y meterse en la conversación y decirle a Rafael qué piensan ellos.




11 de enero de 2019

La hucha de los buenos recuerdos.

Esta mañana, en la tienda de Encarna, varias mujeres hablaban de unas manualidades que andan haciendo en uno de los talleres  que el Ayuntamiento ha organizado este año. Hay tres o cuatro cursos y, en el fondo, todos tienen el mismo objetivo: ocupar parte del tiempo muerto y vacío que muchas de las personas mayores tienen, llenarlo de  entretenimiento, de cualquier actividad que las levante de un sillón en el que se pasan las horas muertas frente a un televisor que les habla de vidas privadas que sus propios protagonistas venden, de muchachas de veintipocos años que se hacen famosas porque han tenido una aventura con el hijo de alguna folclórica, de otras soledades que gente de su edad quieren romper acudiendo a un programa donde el presentador, algunas veces, ridiculiza sus vidas...

Siempre que llego a esta tienda se repite la misma escena: las mujeres primero dejan de hablar y después le dicen a Encarna que me atienda, que ellas no tienen prisa. Yo tampoco la tengo y hoy soy más terco que ellas y me quedo en una esquina del viejo mostrador, oyendo sus comentarios, convirtiéndome en espectador de una parte de sus vidas que casi nunca me dejan conocer.

Valle habla de un bote que tiene que decorar y en el que cada día debe introducir un papel en el que previamente ha escrito algo bueno que le ha pasado durante la jornada. Explica cómo va a decorarlo, donde piensa ponerlo... lo que no tienen tan claro, dice, es si cada día va a tener algo bueno que escribir y guardar. Luego, cuando el año esté tocando a su fin, lo abrirá y leerá todas las cosas buenas que le han pasado durante ese tiempo.

La idea, dice María Luisa, una vecina a la que siempre le gustó leer libros de  psicología, viene de un cuaderno en el que se apuntan tanto las cosas buenas como las malas que nos ocurren y cómo reaccionamos ante ellas en su momento. Después, pasado un tiempo, se leen. Se supone que eso debe ayudarnos a conocemos un poco más a nosotros mismos. Me empieza a interesar el tema pero mi guerra con las mujeres es una guerra perdida desde antes de empezar y, al final, se callan, hacen un gesto a Encarna y la tendera me mira. No hay más que hablar, solamente pedir lo que necesito, pagar y despedirme.

Ahora, mientras fuera la noche lo envuelve todo y la luz de mi faro juega a ser una navaja que rasga las oscuridad y lanza a los marineros guiños en forma de destellos, busco una vieja pluma y, en una repisa, descubro una hucha que lleva allí una eternidad. En verdad es una simple lata con una ranura en su parte superior por la que introducir el dinero. La agito y en su vientre suenan algunas monedas que ni recuerdo cuando las condené a aquella cárcel con forma de cilindro. Tiene pintada una playa y un sol que se oculta en el horizonte. Me acuerdo de la charla de las mujeres en la tienda de Encarna y decido cambiar la utilidad de la hucha. Desde mañana, en vez de unas monedas, meteré en ella un papelito en el que cuente algo bonito, algo positivo que me haya ocurrido. No me pongo fecha para sacarlos, puede ser dentro de una semana, de un mes, de un año... serán mis ahorros emocionales y, cuando una mala noche las penas me superen, abriré mi hucha de buenos recuerdos y los leeré uno a uno, y reviviré por unos segundos aquellos momentos. Llenaré mi corazón de bonitos recuerdos, de cosas positivas con las que comprarle un billete de ida a los malos pensamientos.

Aparece por fin mi vieja pluma y, con ella, empiezo la primera aportación a mi nueva hucha: "Esta tarde, cuando María cerró el bar y nos quedamos solos..."

14 de diciembre de 2018

Eternidades

Otra vez, después de una eternidad, he vuelto a sentarme delante de esta mesa que hace las veces de confesionario. Me acompaña la vieja lámpara, ahora con una bombilla nueva que da la misma luz y consume menos, mi vieja pluma y un folio que llevaba otra eternidad esperando ser útil perdiendo su virginidad rota por mil trazos de tinta. 
Me cuesta trabajo, después de tanto tiempo, escribir las primeras palabras. Me cuesta trabajo decidir de qué escribir. Hago un esfuerzo y pienso en mis amigos los marineros, en su guerra diaria por sacarle al mar unos cuantos peces, cada vez más escasos. En las gaviotas que siguen volando cada día sobre la playa ajenas a todo. En mi faro, impasible ante el tiempo, en María, en esta soledad que a veces se convierte en niebla que me aísla y me asusta, en mi pequeño amigo que hace otra eternidad  que no viene al faro a tomar su zumo. Esta noche todo son eternidades: Una eternidad sin escribir, una eternidad de folios blancos como la espuma de las olas, una eternidad sin servir un vaso de zumo, una eternidad sin compartir el calor de sus sábanas y de su cuerpo. Y yo, un viejo terco que las más de las veces va contracorriente, me empeño en poner fecha de caducidad a tantas eternidades. Escribiré y daré fin a esa  que lleva el folio en blanco esperando las caricias de una pluma que dibuja letras sobre su pecho como los corazones que yo dibujaba con mis labios sobre el pecho palpitante de ella. Invitaré a mi pequeño amigo y romperé esa eternidad que llevo sin invitarlo a un vaso de zumo. ¿Pero, cómo pongo fin a ese tiempo eterno que llevo sin sentir su cuerpo bajo las mismas sábanas? 
Esbozo algunas letras sobre la hoja de papel que estaba en blanco dejando a mi mano autonomía plena para hacerlo, para que escriba sin la censura de mi cerebro. El leve golpe de la pluma sobre la mesa me vuelve a la realidad y leo lo que mi mano descontrolada ha escrito: Hay eternidades que son eternas.




24 de febrero de 2018

Restaurando sueños.

Esta madrugada el sueño iba y venía, como las olas, como las mareas. Unas veces me arropaba más tiempo y conseguía descansar  algo, otras se asemejaba a la luz de mi faro y duraba apenas un instante. 

He terminado cansado de dar vueltas y más vueltas en la cama y, al final, me he venido a la salita donde está el viejo sillón y el televisor. Poco hay que ver a estas horas: emisoras que solamente ponen música o vendedores de cosas maravillosas que siempre están de oferta y que te regalan más cosas en más ofertas si llamas antes de media hora. Sola la 2 tiene algo que pueda verse: un reportaje sobre unos trabajos en un yacimiento arqueológico en Perú.

Lo pongo pero no le presto atención, en el fondo creo que lo hago por oír una voz, una voz que no sea mi voz. De repente un fragmento de un sueño me viene a la mente, y después otro, y otro... no se si son trocitos del mismo sueño o si son sueños diferentes, lo único que tienen en común es que en todos aparece ella.

Intento ordenarlos, darle forma, continuidad, pero son fotogramas de una película sin orden ni concierto, piezas desordenadas de un rompecabezas con las que intento formar una historia. En unas está ella, desnuda en su cama, leyendo un libro, con su espalda bañada por la luz de una pequeña lámpara que hay sobre su mesita de noche. En otras aparecen mis manos acariciando su cuello, dibujando corazones en su espalda que se convierte en una playa por la que mis manos trazan líneas sin sentido. Nada tiene aparentemente sentido en este sueño.

En la tele una mujer muestra una vasija que tiene cientos de años, una vasija a la que han dado su forma original uniendo decenas de trozos encontrados aquí y allá. No están todos, faltan muchos, pero los restauradores los han suplido con otros trocitos inventados, trocitos que, sin serlo, juegan a ser las piezas reales que faltan a la vieja vasija.

 ¿Y si yo jugase a ser restaurador de sueños? Y cierro los ojos y pongo en mi mente la imagen de su cuerpo sobre su cama, su espalda desnuda... y unas veces añado el siguiente fragmento y otras, cuando no lo encuentro, creo yo uno.

Ahora, de madrugada en la soledad del faro, tengo un sueño completo. Y cierro los ojos otra vez y lo vivo, acariciando su cuello, besando su nuca, recorriendo con mis manos la playa de su espalda, probando en mis labios la sal en las olas de su cuerpo, cubriéndolo con el mío, igual que la oscuridad de la noche cubre la playa que duerme a los pies del faro.

18 de febrero de 2018

Hay salida.

Hoy el sol se ha quedado dormido entre unas sábanas grises tejidas con niebla y frío. Le ha costado levantarse, salir de la cama e iluminar mi parte del mundo. Yo no, yo he madrugado y me he escapado a la marisma; una eternidad sin visitarla, sin sentir el aire por  el que solamente vuelan  los trinos de los  pájaros, sin oírlo jugar al coger consigo mismo por entre las ramas de los pinos. Niebla, frío, marisma... soledad en estado puro.

El pinar parece más denso que nunca, se diría que cada pino ha creado una réplica de sí mismo, que la niebla ha jugado a ser un dios visible y ha repetido el milagro de los panes y los peces con los pinos. Visto desde fuera se me hace un ejército que no quiere dejarme pasar, que no quiere que lo conozca. Son como esos problemas que la  vida te pone delante y que no te dejan avanzar, que lo pintan todo de colores oscuros, un laberinto sin salida aparente.

He abierto la cancela que cierra el pinar y he entrado. Sensación de frío, de estar solo y de ser observado a la vez. Busco pero no hay nadie, ni siquiera mi sombra me acompaña. Al fondo la luz, la claridad.

Lo he atravesado entero y después he vuelto por otro camino, entre otros pinos. En verdad no hay caminos ni senderos, tú haces el camino, tú decides por donde ir. He vuelto a pasar la cancela que lo delimita y desde el camino he visto un pinar diferente. Sus soldados no me pueden impedir el paso, sus sombras no me asustan, al fondo hay claridad, hay luz. Hay salida.


14 de mayo de 2017

La loca.

Hoy, en el bar de María, algunos amigos  marineros hablaban de su futuro, de dónde pasarían los últimos días de sus vidas. Triste tema de conversación cuando unos aseguran que terminarán en una residencia para ancianos y otros dudan si sus hijos los tendrán en sus casas cuando ellos ya no puedan valerse por sí mismos.  Solamente Manuel, desde su soledad, que se parece a mi soledad, se toma el tema con cierto humor.  Si yo fuese gato, dice, seguro que terminaba viviendo en la casa de la loca.

Me mira María y, por unos segundos, se me hace leer en su mirada una pregunta: Y nosotros, farero, ¿dónde viviremos nuestros últimos años? La esquivo, porque me da miedo acercarme a ella y decirle que, si quiere, envejeceremos juntos en el faro, en su casa, en una isla solitaria, en una ciudad con un millón de personas a nuestro alrededor... pero juntos. Me falta valor para decírselo, como me ha faltado valor siempre para pedírselo. 

Me siento con mis amigos de la mar, charlamos y no sé de que estamos hablando hasta que un golpe seco en mi brazo me trae de nuevo al bar, a la mesa... a la realidad. Es cuestión de tiempo que me levante y me acerque al mostrador que hace de frontera entre María y el resto del mundo, entra ella y yo, una frontera que, a escondidas, furtivamente, se saltan nuestras manos simulando quitar algo de la vieja madera, coger un vaso... 

De regreso al faro me desvío de mi camino y termino pasando por la calle donde vive Amalia, la que muchos llaman la loca de los gatos. Está en la puerta, poniendo comida a sus animales, a sus hijos adoptivos como ella les llama. Son gatos que otras personas fueron abandonando a medida que se reproducían, gatos que dejaron en la calle y que buscaban un pescado caído entre las barcas, un poco de comida que algún marinero dejaba en el puerto, junto a los muros.

Ella, Amalia, los ha ido recogiendo y dándoles comida y cariño. ¿En qué mundo vivimos, que llamamos loco a quien da cariño y protección a unos pobres animales abandonados? ¿Acaso quienes una noche los sacaron de casa y los dejaron tirados en la calle son los cuerdos? No entiendo este mundo, ni a la gente. 

La saludo, me sonríe, y me hace la eterna pregunta: -farero, ¿quieres llevarte uno para el faro? te hará compañía-. Hace años compartí soledades con uno de estos animales. Ella lo s
abe y se aprovecha, y me pregunta si no echo de menos su ronroneo, su calor sobre mis piernas en las noches de invierno.

Ahora, en la soledad del faro, recorro cada habitación, cada recodo, cada escalón...  siento que sobre esta soledad pesa una pena de muerte.



28 de abril de 2017

Tiempos.

Hoy el día ha amanecido gris, desapacible y lluvioso, como si el tiempo hubiese dado marcha atrás y hubiese regresado sobre sus pasos a los días de diciembre o de enero. No es que haga frío, es que el día emana tristeza. 
Mirando las gotas de lluvia deslizarse por los cristales de la ventana me ha venido a la cabeza otra ventana, otros cristales y otras gotas de agua, hace una eternidad, cuando un chiquillo miraba, con la misma tristeza que hoy miro yo la playa, el campo que había frente a su casa, los charcos, las nubes oscuras que lloraban y cuyas lágrimas le impedían salir a la calle a jugar con sus amigos.
Después todo cambiaba. No hacía falta estar mirando por el balcón para saber que había dejado de llover, los gritos de otros críos eran el aviso, la llamada. Era el tiempo de construir presas con piedrecillas y barro, presas que cortaban, por un breve espacio de tiempo, el agua que corría cuesta abajo formando pequeños ríos.
Los juegos de aquella infancia mía estaban marcados por los tiempos: había un tiempo de jugar a las canicas, otro tiempo de jugar a la lima, a los platillos, a los panderos... habían otros juegos que eran atemporales, que podían estar dentro de cualquier tiempo: el fútbol, el coger, la billarda...  
Hoy he hecho un viaje por esos tiempos y me he visto haciendo un pequeño hoyo en la tierra para jugar a los platillos, marcando un rectángulo dividido en siete partes para jugar a la lima, haciendo un pandero con una cola que era una sucesión de tiras de telas viejas que buscábamos Dios sabe donde, yéndonos a los campos donde habían cogido el trigo y quemado los rastrojos a comer granos tostados...
Hoy he decidido que vuelvan los tiempos a mi vida: el tiempo de escribir, el tiempo de leer, el tiempo de tomarse todo menos en serio, el teimpo de dar valor a cada segundo y, sobre todos ellos, atemporal, el tiempo de vivir. 

9 de marzo de 2017

Otra vez ellas.

Han vuelto, como cada año, pocos días antes de que llegue la primavera, con su escandaloso trinar, con sus vuelos a ras de suelo, con sus giros repentinos... son mis amigas las golondrinas.

Desde el balcón del faro las veo, como cada año, irse hacia el pueblo siguiendo el sendero, marcando sobre él giros que el pobre camino no hace. Cuesta, al menos a mí me cuesta, seguirlas con la mirada sin perderlas un instante de vista.

En los naranjos las flores de azahar están dormidas, recogidas sobre sí mismas, como gatos cuando duermen. Dicen que esperan el calor de la primavera para abrirse e inundarlo todo con su olor, pero yo creo que no, que a las flores de azahar las despiertan las golondrinas. 

Ahora empezarán a volar por las calles del pueblo, jugando al pillar, riéndose de la gente, de su andar tremendamente lente visto desde sus pequeños ojillos. Buscarán el barro en las orillas del río y volverán a las cornisas  y a los balcones a reparar sus nidos.

La primavera empieza a desperezarse. También a ella la han despertado las golondrinas.

17 de febrero de 2017

Regreso.

Casi seis meses, un suspiro en la vida, una eternidad en el corazón.
Casi seis meses sin entrar a esta habitación donde, en otros tiempos, pasaba buena parte de la noche en vela, utilizando la vieja máquina de escribir para convertir en palabras ideas y sentimientos, mirando por la ventana el reflejo de la luna llena sobre el mar, oyendo el romper de las olas contra las rocas del acantilado... rozando con la yema de los dedos, como si lo estuviese dibujando, el contorno de un faro que, un día, me regaló María. 
Hoy he vuelto a entrar. Todo sigue igual que aquella noche de finales de septiembre cuando cerré la ventana y la puerta y condené a la pobre habitación a un olvido temporal. Solamente el polvo ha entrado desde entonces y ha ido dejando una fina capa sobre la mesa, sobre el ventilador, sobre la vieja máquina de escribir... como si le fuese poniendo cada noche una fina y transparente sábana a todo.
Hoy en la habitación he hecho un pequeño zafarrancho, como aquel que hace años tuve que hacer en mi corazón. Todo a vuelto, como vuelve la marea alta a besar la playa, como vuelve la luna nueva a ser luna llena, como vuelven las golondrinas en primavera...
Si tú has vuelto al faro sabes que aquí tienes las puertas abiertas para que lo recorras, leyendo, viendo fotografías... si vienes por primera vez tienes mi más sincera  bienvenida.

28 de septiembre de 2016

Fantasias y realidades.

Hoy, en el bar de María, los pocos marineros que allí estaban se dividían en dos grupos irreconciliables. Hoy no se trataba de fútbol o de política, hoy el responsable era un programa de televisión en el que hablaban de fenómenos paranormales, de cosas extrañas que ocurren en un pueblo aragonés destrozado durante la guerra, donde dicen que se oyen gritos, aviones que se acercan, bombas que caen y estallan... sonidos de la guerra que se quedaron entre aquellas ruinas para siempre.

Discuten mis amigos marineros si es cierto, si es un timo... hasta que se van yendo todos, todos menos Ángel, un hombre que llegó al pueblo cuando era un chaval, que se casó con una mujer de aquí, que trabajó toda su vida en el puerto, que tiene tres hijos que nacieron en el pueblo pero que, a pesar de todo ello, jamás se sintió de este pueblo.

Se nos acerca callado, cabizbajo. Un minuto, dos, con sus brazos apoyados en el mostrador hasta que, sin mirarnos, nos dice que él sí cree lo de las voces, los aviones y las bombas. 

Paga a María el importe de lo consumido y, desde la puerta, nos dice que a él le pasa cuando regresa a su pueblo. Y se vuelve sobre sus pasos y, junto al mostrador, nos cuenta una historia que nadie conoce.

Por el pueblo donde Ángel vivía pasaba un pequeño río que le daba vida a la comarca: regaba sus campos, les daba de beber y, en los días de verano, servía de playa a los chavales. Hasta que un mal día alguien decidió que, 2 kilómetros río abajo, era el lugar ideal para construir un pantano. Expropiaron tierras y echaron a los vecinos porque las aguas cubrirían el pueblo.

Nos ha contado Ángel que desde la carretera nueva, si el pantano está un poco bajo de agua, se ve la torre de la iglesia, la misma torre a la que el arzobispado mandó quitar las campanas para ponerlas en la iglesia del pueblo nuevo y que, oh, misterio doloroso, se perdieron por el camino.

Este año el verano ha sido largo y seco y el pantano, dice, está más bajo que nunca. La iglesia entera está al descubierto, igual que los restos de la muralla de lo que, siglos atrás, fue un castillo. Incluso de  un par de casas de la parte alta del cerro pueden verse sus 4 paredes en pie.

Nos ha contado Ángel que ayer, desde la carretera nueva, mirando su pueblo, mitad bajo las aguas mitad asomado sobre ellas, oyó otra vez las campanas doblar llamando a misa. Escuchó los gritos de sus amigos jugando en el río, vio al viejo Eusebio cargando la yerba en el carro y al pobre de Rocinante, su burro, rebuznado porque quería irse al corral. Vio bajar por la vieja carretera a  la pareja de guardias civiles  del pueblo de al lado, haciendo su ronda a pie, con sus tricornios negros, sus capas verdes y sus fusiles al hombro. Y vio, en la minúscula plaza Mayor, la fuente con los 4 caños pariendo agua constantemente.

Me pasa cada vez que voy, farero,Yo sé que las campanas no suenan, que no están, ni los niños que eran mis amigos, ni el viejo Eusebio, ni su burro, que los guardias no puedan andar por la carretera, que la fuente dejó de echar agua hace una eternidad... pero yo los oigo y los veo farero. No sé si están dentro de mí o soy yo, que me quedé en el pueblo y no lo sé.

Se marcha Ángel más triste que nunca, no sé si pensando que se está volviendo loco, si es porque después de toda una vida sigue echando de menos su pueblo o, ¿quién sabe? si es que le da miedo no saber ya que es verdad y qué imaginado.

Es hora del volver al faro. Me despido de María, le doy un beso y, desde la puerta, la miro. Está detrás del mostrador, con su pelo recogido y con esa ternura eterna en su mirada. ¿Será María como las campanas y los niños del pueblo de Ángel, solamente un sueño, un recuerdo?

Vuelvo donde ella y me pr
egunta qué se me ha olvidado ahora. Nada. comprobar que eres real. Y me pierdo en un beso eterno.





15 de septiembre de 2016

Promesa de lluvia.

Esta tarde el viento me ha llevado a las marismas. Hacía una eternidad que no me perdía entre el silencio y la soledad de aquellos campos que, con las lluvias, juegan a disfrazarse de mares. Mares de agua embarrada, mares de tierra resquebrajada, mares de arroz verde, de arroz amarillento... la marisma no es otra cosa que eso: una tierra que juega a ser mar.

Hoy las nubes, por unos instantes, prometieron lluvia. Después han sido como esos políticos que aparecen por los pueblos poco antes de las elecciones prometiendo mil sueños y, como ellos, las nubes se han marchado sin dejar nada y llevándose mi ilusión de sentir el agua en mi cara y el olor a tierra mojada en el aire.

Hoy la marisma estaba vestida de verde, del color verde del arroz, ese arroz andaluz que después se llevarán a Valencia para volver a vendérnoslo como arroz valenciano. Que pena que no valoremos más lo nuestro. Dentro de poco volverá a cambiar sus colores, y sus tierras secas y cuarteadas se cubrirán de agua. Aquí todo cambia, todo menos esta soledad que me llama y me rodea. Solamente en primavera, cuando alguna gente de la ciudad viene con sus grandes todoterrenos a ver los flamencos rosa y las cigüeñas la marisma deja de ser un paraiso de paz, silencio y soledad. Es entonces cuando yo, si vengo, busco los caminos más apartados, aquellos donde lo único que hay cerca es la marisma.

Regreso con la tristeza que provoca la decepción, con el dolor pasajero de ver nubes oscuras que, al final, no dejaron lluvia. Me consuela mirar mi viejo mapa y saber que, el mes que viene,
seguirán ahí, y que en otoño llegarán las lluvias y volveré a ver una marisma nueva convertida en mar.


5 de julio de 2016

La mariposa que quiso conocer el mar.

No es que se llene de hombres y mujeres tendidos sobre sus toallas, ni de niños corriendo o haciendo castillos de arena, ni de sombrillas...  la playa es grande, inmensa para la cantidad de personas que acuden, pero a pesar de ello prefiero pasear por ella al amanecer, cuando, si hay alguien, es algún visitante que ha venido desde la capital y pasa las primeras horas de la mañana intentando pescar algo con su maravillosa caña con la que, las más de las veces, solamente le arranca al mar un puñado de algas.  Prefiero el olor a sal al olor a bronceadores, prefiero esquivar una pobre medusa que la mar desterró a esquivar toallas y, sobre todo, prefiero oir el romper de las olas y a las gaviotas cuando me acerco a ellas y echan a volar protestando a oir la música de un teléfono móvil convertido en radio.

Esta mañana la playa estaba sola, casi sola: no había nadie pescando manojos de algas, no habían gaviotas posadas sobre la arena, mirando cara al viento para que sus plumas no le molesten en los ojos, no estaban mis amigos los correlimos jugando al pillar con las olas... solamente ella, sola, a contraluz de los primeros rayos de sol de la mañana.

De lejos parecía una concha, una de los cientos de conchas que la mar, cuando baja la marea, deja al descubierto, y que los críos recogen como si fuesen piezas de oro que un pirata ha ido perdiendo mientras las llevaba de su barco a una cueva secreta. Ya, de cerca, he visto que era una mariposa. 

Me he parado junto a ella y por unos segundos no he sabido qué hacer. La he tocado con toda la suavidad que he podido para ver si estaba viva y, cuando lo he comprobado, me he sentado en la arena y me he puesto a mirarla. ¿Qué hará una mariposa en esta playa? ¿Se habrá perdido y, cansada, se ha posado en la arena?  ¿Habrá oído las olas y, curiosa y valiente, ha venido a ver  a los  gigantes que se han pasado la madrugada bramando?  
No sé si cogerla y llevarla al pinar,  siempre que las veo recuerdo las miles de veces que, siendo un crío, me decían que si las cogía perdían el polvo que tienen en sus alas y ya no podían volar nunca más. Pero dejarla aquí es condenarla a morir, a ser la comida de algún ave, a ser el juguete temporal de algún chaval, a ser engullida por el mar cuando suba la marea...

Tal vez sea cruel pero decido dejar a la mariposa en la arena, ¿quién soy yo para marcarle su destino, para cambiárselo, para impedir que vea el mar, que lo escuche, que lo huela?  Tal vez la pobre mariposa tenga sus minutos de vida contados pero ella ha venido hasta la orilla de este mar, ella morirá, posiblemente, viendo y sintiendo cosas que la inmensa mayoría de mariposas ni siquiera han soñado.

Regreso de mi paseo y la playa sigue sola, sin niños que buscando tesoros encuentren una mariposa, sin gaviotas, sin correlimos... solamente ella, frente al mar.




25 de junio de 2016

Vacaciones

Hace años, en la cornisa del balconcillo del faro, a un grupo de golondrinas se le ocurrió construir sus nidos. Es verdad que dan ciertos problemas pero, en el fondo, tenerlas aquí, compartiendo el faro conmigo, es un regalo impagable que la naturaleza me hace
cada primavera. Con ellas casi no necesito despertador porque cada mañana, antes de que salga el sol, ellas saludan a la vida con sus grititos, con sus cantos, con sus vuelos sin sentido. Las personas deberíamos  aprender de las golondrinas y despertarnos cada mañana con esas ganas de vivir con las que ellas lo hacen. Pero ellas son simples golondrinas, animales incapaces de pensar, de razonar, y nosotros, dice el cura, somos la obra maestra de Dios.

Hoy, al pasar junto al colegio del pueblo, el silencio en el patio del recreo me ha hecho sentir que era otoño. Algunas veces, camino del bar de María, o del puerto, paso junto al colegio. Me gusta, si es la hora del recreo, oir a los críos gritar persiguiéndose unos a otros, reirse, verlos jugar. Pero hoy el patio del colegio era un poco como mi faro cuando, en otoño, se marchan las golondrinas. No hay niños persiguiéndose unos a otros, gritando, cambiando de repente su trayectoria como lo hacen en el aire mis golondrinas. Hoy el patio del colegio, es la  cornisa de un balcón de un faro de la que se marcharon todas las golondrinas.


27 de diciembre de 2015

Casi una eternidad.

Ha sido casi un año y ahora, viendo mi faro por dentro, me parece que ha sido un siglo lo que ha durado esta ausencia. En este tiempo, alguna vez, muy de tarde de en tarde, lo he visto desde lejos las más de las veces, solamente una vez, una tarde gris que se disfrazó de otoño, llegué hasta él. Ni siquiera intenté abrir la puerta, me limité a mirarlo, muy de cerca, pero desde fuera, rocé levemente alguna de sus piedras y volví a alejarme de él sin saber muy bien por qué lo hacía, por qué no entraba.

Me ha costado cierto trabajo abrir la puerta, después de tantos meses la cerradura se había quedado dormida, esperando el cosquilleo de la llave que la despertase. Dentro el aire es húmedo y frío, como  si el mar hubiese entrado a pasar la noche y hubiera dejado al marcharse parte de sí mismo. 

Tengo que abrir ventanas y cambiar este aire que lleva aquí meses prisionero por otro que me traiga el olor a sal, tengo que abrir las ventanas para que entre la luz del sol, para que la cocina, la escalera... el faro entero se llenen del sonido de las olas y las gaviotas. Pero antes enciendo las luces y me paseo por cada rincón, pasando la yema de mis dedos por los muebles, por las paredes, por la vieja válvula solar que salvé del olvido, por los marcos de las ventanas. No sé si con ello mi cuerpo busca situarse de nuevo donde siempre estuvo o si mi corazón quiere decirle a cada cosa, a cada parte del faro, que nunca las olvidé, que estoy aquí con ellas.

¡Dios! que cantidad de recuerdos se agolpan de repente, sin orden, pisándose unos a otros, locos por salir, como aquellos críos en el colegio cuando llegaba la hora del recreo, como las gaviotas cuando se asustan en la playa y todas emprenden el vuelo a la vez.

Casi un año, casi un siglo... casi una eternidad sin ver a María.